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Maduro “ha tentado” la duda


En un país acorralado por el hambre que trae el desabastecimiento de una economía deprimida, con planes de gobierno fallidos uno tras otro —si es que en verdad ha habido estrategias de fondo para reinventar y revivir a Venezuela—, es posible que haya sectores de un descontento tal que se atrevan a intentar un ataque a su gobierno. Ya los hubo por parte de militares disidentes. Pero en una nación sometida a un régimen que se resiste a restablecer las garantías democráticas, que cierra las puertas a la oposición y la comunidad internacional, necesitado de cortinas de humo, es posible la trama maquiavélica de un magnicidio fallido, para “amenazar” y a la vez perpetuar a esa misma dictadura.

El supuesto plan frustrado el sábado pasado, para asesinar al presidente Nicolás Maduro, se ofrece en ese nivel hipotético, oscuro, incierto. Las pruebas aportadas hasta ahora por el mismo Maduro, además de su tono incendiario y amenazante, carecen de la solidez judicial y pericial, probatoria e investigativa, que permitan dar por cierto este ataque que se desbarató sobre dos drones, en pleno vuelo.

Incluso las delegaciones diplomáticas en el país vecino se resisten a darlo como un hecho probado, y de verdad inquietante, frente a los escenarios de violencia que pueda empezar a recorrer la situación desesperada y polarizada de una Venezuela que se desperdiga hoy con su gente en retirada entre los vecinos de la región.

Suenan más que irresponsables y provocadoras las declaraciones del presidente de Venezuela que buscan involucrar al ya expresidente Juan Manuel Santos en este supuesto plan criminal que, según detallan los pronunciamientos desde el Palacio de Miraflores, se gestó en una finca en Chinácota, Norte de Santander, de la mano de exmilitares y diputados de la depuesta Asamblea Nacional de Venezuela, por supuesto opositores: Juan Requesens, capturado la noche del martes por el servicio de inteligencia, y Julio Borges, quien se exilió en Bogotá en febrero pasado y a quien, ayer, el Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela (TSJ) ordenó capturar.

Es este último elemento el que ahora preocupa a la oposición, porque la excusa de un atentado nebuloso, con dos drones y explosivo plástico C4, podría desatar el agravamiento de la represión y la persecución de figuras claves de la oposición. Una excusa más para que Maduro siga atornillado al poder, en evidente control, mediante sus áulicos, de todas las ramas del poder, y con unas fuerzas militares que aunque fisuradas aún en su mayoría se apegan a las lisonjas y prebendas que les prové el régimen.

Mientras se establece la veracidad del ataque, contenido gracias a los francotiradores y los inhibidores de señal de la guardia de Maduro, que habrían neutralizado los drones de los que se conocen apenas un par de imágenes confusas, la oposición aboga por una salida pacífica, concertada y democrática, antes que caer en acciones violentas que lleven al país por el despeñadero tan cercano de una confrontación civil desastrosa.

Maduro ya puso en la mira a dos exoficiales, Juan Caguaripano (detenido) y José Monasterio Venegas, apresado en las últimas horas, además de otras dos personas que gravitan entre Bogotá y Miami. Todo ello para apelar a la figura refrita en su discurso de un “complot de las oligarquías con el imperio”.

Cierto o no, Maduro ya tiene una nueva caja de resonancia para atravesar el discurso mediático del hemisferio en condición de víctima y ofendido, pero no en el deslucido papel del presidente-dictador que ha llevado a Venezuela a la peor crisis de su historia reciente.


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