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Lula declina


Hasta el último minuto esperó Luiz Inácio “Lula” da Silva para anunciar que, finalmente, y ante la inevitabilidad de los precedentes judiciales que le afectan y que no pudo eludir, desistía de su candidatura presidencial, para ceder el lugar a quien era su fórmula vicepresidencial, el exministro de Educación y exalcalde de Sao Paulo, Fernando Haddad. Las elecciones se realizarán el próximo 7 de octubre (primera vuelta), y el 28 del mismo mes, si hay segunda vuelta.

Lula está encarcelado en una dependencia policial de Curitiba, pues tiene varias condenas por delitos de corrupción, impuestas hasta ahora en dos instancias judiciales. Aunque está a la espera de un último recurso ante el Tribunal Supremo Federal de Justicia del Brasil, que es el que tendrá la palabra final en la definición de su situación procesal, ya el pasado mes de agosto el Tribunal Electoral, máxima autoridad en materia de habilitación de candidaturas presidenciales, había dictaminado que Lula estaba inhabilitado para inscribirse como candidato presidencial, por tener encima condena penal en segunda instancia.

Aunque el retiro de Lula estaba más que previsto, la noticia recorrió el mundo, pues a pesar de sus peripecias judiciales, sigue siendo considerado un referente de la izquierda no solo del continente americano. Tal es su peso que hace varias semanas un comité de Derechos Humanos de la Onu, en lo que puede considerarse una injerencia en asuntos internos del país y una presión indebida sobre la justicia brasileña, exhortó a que se permitiera a Lula continuar con su candidatura a pesar de estar no solo procesado y condenado, sino detenido. Es legítimo preguntarse si tales pronunciamientos de ese comité de la Onu -que no son jurídicamente vinculantes, pero sí políticamente relevantes- se producirían tratándose de candidatos que no pertenezcan a partidos de izquierda. Tal parece que, al igual que sucede con la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, la tendencia ideológica y la pertenencia a un lado del espectro político determinan la premura y prioridad que se concede a los pronunciamientos y a las medidas requeridas a los Estados.

Por otra parte, las encuestas de opinión arrojaban hasta ahora una amplia favorabilidad de Lula. Él y su Partido de los Trabajadores eran conscientes, con seguridad, de que la candidatura no tenía opciones legales de salir avante pero jugaron con el tiempo para intentar mantener esa fuerza electoral para el candidato que lo sustituyera. Haddad no tiene tanto arrastre en las encuestas y le resta menos de un mes para superar al candidato de ultraderecha, Jair Bolsonaro, herido la semana pasada, pero que sigue en campaña y cuyas propuestas ponen a temblar al continente.

Haddad juega contra el tiempo pero tiene activos y fortalezas que le pueden permitir repuntar electoralmente. Sustituirá a un caudillo de enorme arrastre popular e inevitablemente tendrá que soportar su sombra. Pero al no estar implicado en los escándalos de corrupción de Lula, de Dilma Rousseff ni del propio Partido de los Trabajadores, y al acreditar experiencia de gobierno, puede ofrecer alternativas para una población que hoy se ve desmoralizada por los múltiples malos indicadores económicos, políticos y sociales. Latinoamérica espera que el gigante suramericano recupere el rumbo y retome el camino de la gobernabilidad y de los valores que indica su escudo nacional: orden y progreso.


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