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“Gracias Colombia”: Cristo José


La calma y la alegría del niño Cristo José Contreras, liberado ayer tras una semana de cautiverio, contrastaron con la angustia de su familia y sus paisanos, que recibieron el apoyo general de los colombianos para que, como ocurrió, el pequeño regresara del secuestro al que fue sometido por ilegales sin identificar. El plagio y el retorno, conmovedores, hicieron brotar un repudio general contra ese delito abominable.

La tranquilidad del menor, además de sorprender, abrió un compás de esperanza y ánimo para los habitantes de la región del Catatumbo, una de las más azotadas del país por las bandas criminales y los grupos residuales de guerrilla. El mensaje de la madre del pequeño tuvo ese significado, dado que hizo alusión directa al sufrimiento de la población civil en esta zona de Norte de Santander.

Hubo una confluencia, un concurso fuerte y decidido de voluntades en torno a este episodio que desde hace una semana estremeció a los colombianos por la forma en que se produjo —dos desconocidos armados se llevaron al niño en una motocicleta— y debido a que se trataba de un chico inocente e indefenso.

Pero la ciudadanía, a medida que gana conciencia sobre la inutilidad del conflicto armado y sus actores, reaccionó de inmediato y protestó ante la evidente atrocidad del hecho. Se puso en escena, además, la vulnerabilidad de nuestra infancia, semana a semana golpeada en diferentes regiones y circunstancias por la criminalidad y el maltrato.

El regreso de Cristo José, que padeció la inhumanidad del cautiverio en una zona selvática donde sufrió incomodidades y mala alimentación, sirve para alertar a las autoridades de gobierno y policía, y a las instituciones del Estado, sobre la urgencia de velar y cumplir los derechos especiales que amparan a los niños.

Con una frescura pasmosa y reconfortante, el niño dio gracias a Colombia por la movilización y solidaridad social que despertó su secuestro. Miles de compatriotas condenaban y no entendían que fuese posible el rapto del pequeño, por su corta edad y por las secuelas que podría tener para su salud física y sicológica. Todo ello en una semana en la cual se dieron otras gravísimas agresiones contra la infancia: el homicidio de una menor en Magdalena y un tiroteo contra un bus que llevaba a un club infantil de fútbol, en Antioquia.

Algunas personas criticaron la visita del presidente Iván Duque a la familia de Cristo José, por lo que podía contener de ánimo propagandista, pero la realidad es que ese espaldarazo no solo alentó a los parientes del niño y les dio fe, sino que estimuló a la Fuerza Pública, en Catatumbo, para que respondiera y resolviera con prontitud un episodio tan lamentable.

El regreso del niño ocurrió en medio de la algarabía y del júbilo ciudadanos, al tiempo que la noticia le daba la vuelta al mundo. Ese secuestro captó la atención nacional e internacional y se convirtió en retrato de las condiciones de inseguridad y maltrato que rodean a nuestra infancia.

Se observaba desde la Vicepresidencia de Colombia que los niños deben ser el centro de la sociedad. Garantizar sus derechos no puede convertirse en frase manida y vaciada de sentido. Quién más sino los niños pueden encarnar un cambio de actitudes y mentalidades de esta sociedad.

El milagro de vida y libertad de Cristo José emociona y, sobre todo, pone al país de cara al reto mayúsculo que tiene de proteger su infancia.


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