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Gaitán, lección por aprender


El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán Ayala, 70 años después, es una herida que no se ha cerrado por completo. La muerte del líder liberal abrió paso a odios que ni la misma Violencia política logró sepultar. Queda aún un país, de enormes distancias entre centro y periferia, que debe recoger las lecciones de aquel incendio social que partió la historia de Colombia en dos, con el ánimo de construir, hoy, su integración, inclusión, modernidad y civilidad, sobre todo desde la perspectiva de la no eliminación física entre compatriotas.

Parece de perogrullo, pero es así, porque numerosos colombianos aún caen víctimas a diario de la intolerancia no solo ideológica y política sino también social y cultural. Se estima que durante aquella jornada estremecedora de El Bogotazo, y en los años inmediatos en los cuales liberales y conservadores se descosieron a plomo y machete, murieron 300 mil personas y que, a la fecha, los fenómenos de violencia que desencadenó dejan cerca de 1 millón de muertos.

Gaitán es ante todo el símbolo de esa intolerancia que ha desgarrado el tejido social de Colombia por toda su geografía: la aniquilicación del contrario, el exterminio de quienes representan ideas diferentes, desde todas las orillas. Esos tres disparos que acabaron con la vida del caudillo a la 1:05 de la tarde del viernes 9 de abril de 1948, en la Avenida Séptima con la calle 14, se multiplicaron luego en miles, en millones de detonaciones que le han costado al país desangres e imposibilidad de consolidar una convivencia irrestricta, sólida.

El rostro pálido y enfundado en odio de Juan Roa Sierra, asesino de Gaitán, y el contraste de la humanidad desplomada del abogado y penalista que adoraban las masas, ambos en medio de una turba que arrasó el comercio y el mobiliario público, no solo en Bogotá sino en decenas de municipios del país, es la postal lúgubre a partir de la cual tenemos el deber moral y ético de reinventarnos política y socialmente sin asomo alguno de violencia y agresión física contra otros ciudadanos.

Aquel magnicidio, en la presente campaña presidencial y frente a las elecciones y demás procesos políticos venideros de la nación, debe servirnos para la introspección y la reflexión colectiva sobre el enorme costo de la violencia ejercida por guerrillas, paramilitares, mafias y algunos agentes del Estado, ajenos a la ley, que no ha traído más que ciclos repetidos de negación, fragmentación y agresión entre actores sociales de todas las condiciones.

La muerte de ese líder magnético y polémico, que encarnó esperanzas de cambio para sectores populares, desató una radicalización de la que Colombia apenas se repone con lentitud y que exige intensificar el trabajo por recuperar la legitimidad del Estado, por afianzar la descentralización y a la vez la integración centro-periferia y por ampliar espectro y pensamiento políticos.

La muerte de Gaitán fue, como lo describiera ayer en este diario el escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal, un remezón que se sintió a lo largo y ancho de la patria, “por donde había dejado la huella de su verbo”. Oratoria candente.

La del líder que advirtió que, si sobrevenía su asesinato, las aguas en Colombia demorarían 50 años en regresar a su nivel. Pasadas siete décadas son muchos los cuestionamientos sobre nuestra solidez y solvencia democráticas y que, resueltos a partir de ese magnicidio, deben servir para despejar el futuro del país.


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