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Enseñar la Historia


En una ronda de preguntas que hicieron nuestros periodistas a varios ciudadanos por las calles de Medellín, escogidos al azar, todos estuvieron de acuerdo en que la enseñanza de la historia de Colombia volviera a las aulas de escuelas y colegios. Sin embargo, cuando se les formularon preguntas sobre esa misma historia, unas básicas, otras más especializadas, la tónica general fue de desconocimiento, adobado unas veces con disculpas ingeniosas y otras con reconocimiento llano del vacío cultural.

Fue un ejercicio periodístico habitual, sin valor de encuesta numerosa ni del cual se pueda derivar una categoría generalizada de desconocimiento de la historia nacional por parte de la mayor parte de la población. Pero sí es un indicador de un vacío de formación integral en la sociedad.

De hecho, muchas personas ni siquiera sabían que desde 1984 la enseñanza de la Historia dejó de ser obligatoria en la educación básica y media, pues quedó integrada en el área de Ciencias Sociales junto con otras, como Geografía y Educación Cívica. Algunos colegios privados la conservaban en sus planes de estudios, pues tenían esa posibilidad.

Pues bien, en los últimos días de diciembre se acaba de sancionar la Ley 1874 de 2017, que introduce modificaciones a la Ley General de Educación, del año 1994, y dispone el restablecimiento de la enseñanza de la Historia en la educación básica y media. En buena hora ha sido aprobada esta norma, cuya iniciativa fue de la senadora Viviane Morales.

Dice la nueva Ley que la enseñanza de la Historia tendrá tres propósitos principales: 1) Contribuir a la formación de una identidad nacional que reconozca la diversidad étnica cultural de la Nación colombiana. 2) Desarrollar el pensamiento crítico a través de la comprensión de los procesos históricos y sociales de nuestro país, en el contexto americano y mundial. 3) Promover la formación de una memoria histórica que contribuya a la reconciliación y la paz en el país.

Una mirada de buena fe llevaría a un consenso sobre esos tres puntos. El tercero, a propósito, ya estaba incluido en la otra ley que instituye, también como obligatoria en los colegios, la llamada “cátedra para la Paz” (Ley 1732 de 2015). Y coincidirá también en el tiempo, con el funcionamiento de la Comisión de la Verdad Histórica del Conflicto Armado, que aunque circunscrita a un período determinado de los últimos 60 años, definirá una visión pretendidamente objetiva de una etapa crucial y dolorosa de la historia nacional.

La cátedra de Historia tendrá que esperar, no obstante, la conformación de una Comisión Asesora del Ministerio de Educación para la Enseñanza de la Historia en Colombia, y luego de que esta sesione, la reglamentación del propio Ministerio para especificar las condiciones de la materia en el pénsum académico.

“Los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla”, es una manida frase que se atribuye bien a Napoléon, bien a Simón Bolívar, bien al filósofo hispano-estadounidense George Santayana. Y que, aunque certera, tampoco es inexorable, pues incluso pueblos de buena formación cultural, histórica y cívica incurren de nuevo en errores del pasado. Pero así y todo, nadie tendría razones válidas para oponerse a enseñarles historia a los jóvenes colombianos. Una enseñanza que supere la memorística y la simple relación de batallas, guerras, líderes políticos o militares de la Historia. Debe elaborarse un relato asumible en el pénsum escolar que anime a los muchachos a continuar por su cuenta, una vez abandonen las aulas, a cultivar el estudio de una Historia que no se ciña solo a una narración de violencias que parecen nunca acabar.


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