opinión | Publicado el

Samuel Castro


Prometeo Chilango Museo, de Alonso Ruizpalacios

Se hablaba en las clases de humanidades hace unas décadas (lo recuerdo, yo mismo lo escuché) sobre cierto complejo de inferioridad de los latinoamericanos, que impedía que pensáramos en grande. Era una justificación, más cobarde que razonable, para que nos contentáramos con poco: el hospital a medio hacer, la carretera que se queda en planos, las películas con mal sonido. Al ver Museo y percibir la permanente inquietud de Juan Núñez, su desazón continua ante esa vida “de segunda” (y el hecho de que viva en Ciudad Satélite, que originalmente fue pensada como expansión urbana exclusiva para la clase media, aumenta el sentimiento), cabe pensar que Alonso Ruizpalacios nos cuenta su versión del robo arqueológico más memorable que haya ocurrido en México, con el único propósito de provocarnos. ¿Qué es esa bobada de pensar que nuestras historias, las que nos contamos en las reuniones familiares, las de nuestras calles y páginas de prensa amarilla, no pueden ser tan grandiosas, o estar narradas con la misma belleza, a veces pomposa, con la que Estados Unidos y Europa cuentan las suyas? ¿Por qué negarnos a hacer una película de robos, o una película de acción, o lo que fuera, a nuestra propia y única manera?

Juan Núñez, ese eterno estudiante de veterinaria que interpreta bellamente Gael García Bernal, cuya vida no va hacia ninguna parte, ha decidido ejecutar el plan que llena sus sueños desde hace tiempos. Es la única forma que encuentra de hacer algo memorable, pues hasta en las congregaciones de sus parientes no es más parte del centro de atención (por lo cual se vengará de una forma cruel) y no tiene ya el respeto de su padre, que no puede ocultar la decepción que le produce verlo todos los días bajo el mismo techo. Contará para lograrlo con Benjamín, encarnado por Leonardo Ortizgris, que también se luce en su papel del amigo medio bobo, de apoyo irrestricto, cuya narración en off de la película le imprime una nota de melancolía muy parecida a la de aquella voz que hacía comentarios sociales en Y tu mamá también, de Alfonso Cuarón. Sin embargo, lo de Ruizpalacios es más el coqueteo con el sinsentido, ese baile constante de Latinoamérica con, no ya un realismo mágico, sino un absurdo completamente creíble.

Ruizpalacios es capaz de crear secuencias hipnóticas, como aquellas en las que Juan toma y admira la máscara de jade que hace parte de las piezas robadas, o la de más tarde en el relato, que involucra a una voluptuosa vedete. Pero su don radica en lograr que esas secuencias sean completamente orgánicas. No hay temor acá de usar una fotografía llamativa o tiros de cámara sofisticados, o esa música grandilocuente, con ecos de llamados aztecas a la guerra. Porque Alonso, como Juan, sabe que vale más quemarse con el sol que vivir una vida arrastrada, justificando nuestra pobreza argumental, nuestra falta de ambición con una supuesta identidad latinoamericana que luce hoy, en manos de tanto “artista incomprendido por las masas”, como una pieza de museo.


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