editorial | Publicado el

Arturo Guerrero


Una Fiesta para releer eternamente

El mejor indicio de que una fiesta está buena es no querer irse. Cuando música, baile y confidencia toman vuelo, uno busca que esa noche sea perpetua. El contento quita el sueño y cada cual es el centro de la galaxia.

De ahí que sea un acierto nombrar el evento de los libros como una fiesta. No feria, porque una feria es de vanidades o de transacciones comerciales. Y los libros, como la poesía, no se venden porque no se venden.

Claro que no es suficiente haber atinado con el nombre del evento paisa de esta semana. Es preciso ante todo suscitar el arribo de libros perdurables y de autores que los hayan sudado. Esto es, de clásicos, de obras del canon.

Los conceptos de clásico y canon tienen el inconveniente de que el juez que dictamina su nómina es el tiempo. La historia decanta el genuino valor de las letras, y esta operación suele tomar varias generaciones.

Por paradoja, cada momento y cada sociedad tienen hambre de visionarios que les suministren gotas del alma desde una perspectiva ignorada. El alma es un prisma inagotable. Se despliega con colores y brillos apegados a la volubilidad humana.

El sabio Nicolás “Colacho” Gómez Dávila, cada vez más citado aquí y allá, propuso en uno de sus escolios una pista para conformar el canon: “A la literatura pertenece todo libro que se pueda leer dos veces”.

Este criterio le saca el cuerpo al absolutismo del tiempo como guardián de la calidad. En la actual semana de septiembre, dos veces célebre por Allende y Bin Laden, alguien puede estar escribiendo o presentando en la Fiesta un libro para leer dos veces.

Ese tomo, todavía incógnito, podría cumplir el requisito del mismo Colacho –¡qué alias de compositor vallenato!- para ser aceptado como clásico: “Solo debemos leer para descubrir lo que debemos releer eternamente”.

Releer eternamente es más que leer dos veces. Es no querer irse de la fiesta porque hay éxtasis. Porque uno baila con la más bella aunque esta esté ausente. Es saber que si ella no vino, algún día vendrá para seguir bailando eternamente.

De modo que los más sentidos libros, los compuestos para la humanidad entera, no se agotan en Grecia, Francia, Rusia ni en países de habla inglesa. Quizás estén siendo ejecutados hoy entre nosotros por autores esmerados en agregar una página a la literatura universal.


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