editorial | Publicado el

Juan Camilo Quintero


Reflexión sobre una cortada de pelo

Hace un par de semanas, el país quedo perplejo con un video que circulaba en redes sociales, en el cual se podía apreciar a un par de menores de edad forcejeando con otra compañera, también menor de edad, mientras la amenazaban con cortarle el pelo. A medida que pasan los segundos, las imágenes se van haciendo más estremecedoras. Nos damos cuenta que las jóvenes están en las afueras de una institución educativa, vemos además que hay otras compañeras a su alrededor, pero lo más grave es que la violencia verbal no para, y entendemos que allí, a la vista de todos, es inminente que ocurra un incidente que lamentablemente termina en tragedia. Una de las compañeras de la alumna atacada intervino para ayudarla y al hacerlo recibió una puñalada.

Las reacciones no se hicieron esperar. En redes las amenazas contra las agresoras rápidamente fueron en aumento. Las autoridades hicieron presencia, clamaron por justicia, e incluso se llegó a solicitar que se iniciaran acciones contra los espectadores impávidos del hecho tan lamentable. Las agresoras pidieron perdón vía Facebook, y terminaron por entregarse a las autoridades.

La joven apuñalada –la única que en la “soledad” de escena se atrevió a actuar-, por fortuna, pudo salir sin complicaciones físicas del hospital, atenuando de alguna manera esa tragedia. Pocos días después se hizo una jornada de desagravio contra el Inem, sus estudiantes, y la estigmatización que de ellos se hizo. Seguramente en pocos meses nadie recordará el caso del Inem de El Poblado, o será solo una anécdota más, en ese anecdotario siniestro que hemos escrito durante las últimas décadas en nuestra ciudad.

Hace poco escuche a Víctor Gaviria decir que durante la investigación para La mujer del Animal, relato de horror sobre la génesis de nuestras violencias, lo que más lo había impactado era el silencio cómplice de la sociedad cuando alguien es sometido a las rutinas de la violencia y el maltrato.

Creo que esto aplica muy bien en este caso y muchos otros. Creo también que no se trata de salir a buscar responsables. Este es un problema multidimensional y es muy peligroso volverlo unidimensional. Los cómplices de esta clase de hechos somos todos y como sociedad debemos plantear soluciones.

La responsabilidad es entonces del sistema educativo que deja solos a estos jóvenes, y los forman más en lo técnico que en lo ético, pero también de los padres que, sumidos en la vida laboral, no siempre les dedicamos a nuestros hijos las horas necesarias para su formación. La responsabilidad es tanto de los compañeros que veían lo que pasaba, como de las autoridades que brillaron por su ausencia.

Si vamos a hacer un juicio que no sea buscando responsables sino más bien haciendo una reflexión en torno a cómo nos comportamos y al ejemplo que estamos dando desde nuestro papel en la sociedad. Más que buscar culpables hagamos un meaculpa, para que todo esto no pase a engrosar el olvido. Ese sería un paso pequeño, pero de seguro ayudaría a construir una sociedad en la cual la vida sea, como es, un valor supremo.


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