opinión | Publicado el

Arturo Guerrero


Orden de suplicantes

Hay quienes no pueden vivir sin miedo. Sin meterles miedo a los demás, tal vez como duplicado de sus propios y escondidos miedos. Necesitan hacer invivible el país para poder vivir hasta los topes de su antojo.

El miedo público es producido por los enemigos. Si un enemigo cesa, es urgente inventar o construir otro. O resucitar al muerto para que siga esparciendo el miedo. La literatura abunda en el tema de los bárbaros, esos facinerosos que desde las fronteras aguardan la ocasión de entrar a desbaratar las comodidades generales.

La editorial Letra a letra lanzó el sábado anterior en la Fiesta del Libro de Medellín tres nuevos cuadernos de poesía. El último de ellos –número 15- es “La mirada del huésped”, de José Zuleta Ortiz, hijo de Estanislao, filósofo antioqueño. A propósito de las gárgolas o figuras grotescas de la catedral parisina de Notre Dame, incluye un poema miedoso:

“Tal vez todo sea miedo. El miedo nos hace industriosos./ El miedo nos vuelve fieros. El miedo nos convierte en suplicantes./ Somos miedo. Queremos ahuyentarlo produciendo miedo./ He ahí las gárgolas metiendo miedo a los malos espíritus,/ protegiendo la casa de Dios”.

Industriosos, fieros, suplicantes y productores de más miedo: cada cual escoja el adjetivo o los adjetivos que lo retraten. Incluso el diablo tiene sus miedos que son esos perros de piedra y cachos, que escupen agua venida del cielo. ¿También tendrá miedo Dios?

En todo caso, somos miedo. Por miedo nos aferramos al dinero, a las industrias que lo multiplican. La fiereza igualmente proviene de ese temblor insaciable. Nos criminalizamos para sofocarlo, por necesidad de matar la semilla que nos punza.

Estos rudos, sin embargo, son minoría. La mayor parte de la gente se vuelve suplicante. Nacieron sin garras, fueron bien acunados, los protegió un hogar. Heredaron aversión por la adrenalina del que insulta, desenfunda, aniquila. Aturdidos, bajan la vista e imploran por una explicación. Quedan heridos en sus alas de buen salvaje.

Este país está lleno de suplicantes. Aturdidos, hoy no pueden creer que algunos prefieran resucitar la guerra que es la industria de los muertos al por mayor. Miran hacia dios en busca de protección. Pero, ¿qué harán si de pronto Dios en su casa está temblando de miedo, debajo de las gárgolas?.


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