editorial | Publicado el

Luis Fernando Álvarez


LISTAS CERRADAS O VOTO PREFERENTE

El tema se plantea con respecto a la forma como deben elaborarse las listas de candidatos para cuerpos colegiados. Hasta el momento la discusión sólo se ha planteado en términos de mecánica electoral, olvidando que tiene un significado más profundo, relacionado con los fundamentos de la participación democrática en las sociedades occidentales.

El sistema de listas cerradas requiere que el elector deposite su voto por una lista elaborada por el respectivo partido o movimiento político, que mediante procedimientos de escogencia como consultas o convenciones, decide quiénes y en qué orden integrarán las listas. De esta manera resultarán elegidos aquellos que ocupen los primeros renglones, mientras quienes figuren en renglones secundarios, se juegan un futuro político incierto de manera inmediata, pero con esperanzas de alcanzar un renglón destacado en procesos electorales futuros.

El voto preferente implica, que aunque el partido o movimiento político confeccione la respectiva lista, finalmente el electorado escogerá el nombre de la persona por quien desea depositar el voto, de manera que en última instancia, independiente del renglón que se ocupe en la lista, resultarán elegidos los candidatos que obtengan la más alta votación individual.

Independiente de este aspecto mecánico, es necesario indagar sobre las razones para preferir uno u otro método. Existen argumentos válidos en pro y en contra de cada uno. Hay quienes prefieren el sistema de voto preferente porque recoge la voluntad real del electorado, mientras que la lista cerrada se presta para un “juego de bolígrafo” por parte de las directivas de cada partido. Otros prefieren el sistema de listas cerradas, argumentando que la democracia se fundamenta en el sistema de partidos y que para elecciones plurinominales el electorado debe tener claridad sobre el movimiento o partido que va a apoyar, pues el voto preferente lo único que hace es despertar intereses caudillistas y personales.

Además de los anteriores argumentos, todos ellos de índole electoral, es importante destacar que la democracia es un juego de escogencia en medio de una lucha interna entre la razón y la pasión, cuyo objetivo fundamental deber consistir en fijar mecanismos de inclusión y sistemas de solidaridad, necesarios para superar las brechas y contradicciones entre los miembros de la colectividad. Desde este punto de vista, la historia ha demostrado que no es sano, ni deseable, por lo menos a largo plazo, que en tratándose de elecciones plurinominales, prime el liderazgo individual, sino que por el contrario, deben instaurarse instituciones que faciliten y permitan el fortalecimiento de partidos y movimientos capaces de jugar un papel importante en términos de inclusión y superación de brechas y fraccionamientos sociales.

Así las cosas, es claro que el sistema de listas cerradas es más democrático, incluso en términos éticos, pues compromete la responsabilidad de los grandes grupos políticos, obligados a actuar de conformidad con el interés general, para evitar que pierdan protagonismo y trascendencia y sean dejados a un lado por las bases, creando un peligroso espacio para el ascenso de populismos de izquierda o derecha.


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