editorial | Publicado el

Ana Cristina Restrepo Jiménez


“Las aguas de la Historia”

“La revuelta de los comuneros fue claramente una llamada de atención sobre esa condición de súbditos del rey que no desean cambiar el orden de cosas, que quiere preservar el statu quo, por eso algunos ingenuamente la consideran el fermento de la Independencia, cuando en realidad era justamente una especie de Perestroika, una suerte de llamada de atención sobre una región que necesitaba quizá un protagonismo mayor por parte de las autoridades españolas, pero que no quería abandonar su lecho, pues allí se sentía razonablemente cómoda”, escribe Enrique Serrano en el libro ‘¿Por qué fracasa Colombia?’.

He visto lectores al borde del delirio después de leer estas palabras, hay quienes las refutan con hechos históricos, otros lo tildan de revisionismo. Cualquiera sea la interpretación, resulta inevitable evocar este tipo de escritos si nos pensamos hoy, como ciudadanos, y nuestra relación con la libertad.

Nos ofendemos si nos tachan de cómodos o mansos (como nos define Serrano en sus últimos libros). Pero reconozcámoslo: en esta campaña presidencial nos ha sobrado mansedumbre para defender las ideas liberales.

Al ritmo conformista del “casi ganamos” o del “perder es ganar un poco”, Colombia (que nace, crece, se reproduce y envenena a punta de encuestas) está dispuesta a meterle reversa a grandes conquistas, como la Constitución del 91. “Todavía nos dejamos asustar de bobos que usan la figura del “comunismo” como si se tratara del coco para amedrentar niños. “¡Ahí viene el castrochavismo: ¡búúúúú!”.

Ni pena les da.

Mientras la Fiscalía le advierte a Medellín que no hay cárcel para tanta gente, Iván Duque intenta revivir el debate en torno a la penalización de la dosis personal (¿pensará refundar la colonia penal de Araracuara para que los reclusos cultiven su propia hierba?). Parece que no entendemos las implicaciones que tiene el hecho de que un candidato se declare en contra de la interrupción voluntaria del embarazo o que manifieste su intención de unir los seis tribunales en uno.

¿Mejor malo conocido que bueno por conocer?

A juzgar por las encuestas, nos gusta malo y desconocido.

Por supuesto que sí hay por quién votar; nuestra tragedia actual es que, por primera vez en muchos años, los candidatos de ideas medianamente liberales estén compitiendo entre ellos. “La idea de la independencia, creo yo, le vino a desgano a la nación colombiana [...] y es que nunca comprendió, por lo menos tempranamente, para qué era la independencia”, concluye Enrique Serrano.

Desde las urnas electorales hasta la furia del río Cauca: estamos a punto de naufragar en ‘las aguas de la Historia’, aquellas que corren entre discursos mesiánicos y planos de construcción (la “ruta crítica”, la épica de la gran ingeniería, no hace parte de nuestra vida, mucho menos de nuestra democracia).

Dijo el filósofo que “lo más difícil de aprender en la vida es qué puente hay que cruzar y qué puente hay que quemar”. “Las aguas de la Historia” insisten en demostrar que en Colombia preferimos pasar chapoteando debajo del puente... a riesgo de ahogarnos.


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