editorial | Publicado el

Arturo Guerrero


La invencible música de año nuevo

El desquite de la música vieja es el fin de año. La radio sabe que en estas nostalgias la gente quiere escuchar el pasado. Entonces sacan a la luz del sonido la batería de éxitos del siglo pasado. Y aciertan: todos se embelesan arrugando el alma a propósito de las canciones del cerebro ido.

En esas notas figuran las semillas de las emociones. Suenan a infancia, a cariños muertos, a mundos perfectos. Las voces de los intérpretes no envejecen. Al contrario, resucitan cada vez que levantan el polvo de los años al que le basta ser soplado con suavidad para enardecer los recuerdos.

Cada persona tiene la edad de la música que lo constituye. Por eso saberse la letra de boleros, tangos y despechos es peligrosamente delator. ¡Qué le vamos a hacer! El sedimento acumulado de las emociones marca la década de nuestra educación inconsciente. Hasta la muerte nos acompañará ese ademán lacrimoso.

Por eso en el fin de año la religión del pesebre no sería nada sin las tonadas que nos enseñaron a querer, sufrir y añorar. El insuperable cuadro del melodrama colombiano se halla en la ‘play list’ de diciembre y enero. Allí se delata la clase de amor que gozamos y que padecemos.

Siempre hay muertos y pérdidas en las canciones viejas. En ellas se deletrea el alfabeto de la desolación nacional. ¿Quiere usted saber de qué naturaleza es su temple espiritual? Sufra los quejidos de la música navideña y encontrará allí el manantial emponzoñado.

El elenco de acordeoneros y cumbiamberos del XX es un muestrario de caminantes que dejaron mujeres engañeras o engañadas en cada pueblo. De esas cenizas está hecha la pesadumbre de aquellos niños que temblaban de pavor ante las estatuas de cristos, vírgenes y santos punteadas de sangres.

La catadura de esta música es testaruda. Pasa de año a año sin un rasguño. Tiene que ser interpretada por las mismas voces que la compusieron o que la hicieron éxito. No sirven las imitaciones posteriores. Nadie suena La pollera colorá como el propio Wilson Choperena. No admite imitadores, tiene marca registrada.

No solo es asunto de timbre o registro vocal. Guitarras, cuatros, clarinetes, trompetas son también voces. O al revés, las voces son instrumentos. La música amalgama todos sus ingredientes en una única melcocha sonora que acaricia o escalda el alma. Así se hace invencible.


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