editorial | Publicado el

Óscar Domínguez


Hola, soledad

Tienen la libertad por cárcel y el viento por prisión perpetua. Son el circo del sol con plumas. Monalisas del paisaje, por donde vuelan siempre es domingo. La soledad es un pájaro que contiene todos los pájaros (y no sé a quién estoy plagiando)

No tienen futuro ni pasado. Viven en eterno presente, como los gatos. Me recuerdan a Marilyn Monroe solo con su perfume Chanel encima. Nos indemnizan a los mortales de todas las mujeres bellas que nunca conocimos.

El prosaico nombre común no les hace justicia: barranqueros. Algún cerebro no fugado les mejoró el currículo plumífero y los rebautizó la soledad, o, soledad, simplemente.

Cuando las llaman por alguno de sus nombres científicos, Momotus aequatorialis, por ejemplo, no se dan por aludidas, siguen su imponente desfile.

Andan solas como los valientes de las películas del oeste. Ellas mismas son su propia espléndida compañía. Parecen solteras perpetuas, una forma de regalarse la libertad y su parienta rica, la independencia.

Cuando llega el momento de prolongar la especie se mandan telegramas a través del viento, hacen el amor y “habemus” críos. Luego vuelven a sus sabáticos cada cual por su lado, el método que patentaron para evitar la fatiga de metal que produce la vida en pareja.

Tienen voz. Los ornitólogos Hilty y Brown, autores de “Aves de Colombia” tradujeron sus trinos. El barranquero bocón, canta oonk y cuoonk; el barranquero coronado canta juu-duut, como los búhos, o hrruuu. Más ternura para dónde. Los ornitólogos de la Sociedad Antioqueña de Otorrinolaringología, perdón, Ornitología, SAO que tienen el oído de Beethoven antes de quedarse sordo, juran en sus libros que los barranqueros del Chocó vocalizan “a menudo con reclamos graves y profundos como quien dice jurú”, como los llaman.

Cuando pasan sobre el Zoológico Santa Fe, los pavos reales protestan y exigen, a la manera del Rey Sol, que no les oculten el sol. El hacedor de pájaros se gastó su ingenio en la soledad.

Podrían alimentarse de su propio ego. El hambre no se hizo para ellas. Aunque se procuran el alimento entre el follaje, nadie se las imagina con semejante traje de plumas anidando o rebuscando el bitute en tierra. Que alguien de la SAO les sugiera que deben levantar su prole en las alturas, a tono con su aristocracia. Suelen hacernos visita de médico en nuestra pajarera. No son de las que llegan y se abalanzan sobre el plátano a arrasar con todo, como los lagartos de los cocteles.

Cuando llega la soledad sus colegas alados tocan la retirada. Ni de fundas se dejarían tomar fotos a su lado. Quedarían en ridículo.

No es tímida la soledad. Posa para los fotógrafos con o sin pedigrí. Me mira como a un bicho raro pero me permite tomarme selfis con ella. ¿No es esto el paraíso? Hola, soledad, ven, no tardes tanto


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