opinión | Publicado el

Humberto Montero


H2O

Ciudad del Cabo se convertirá el próximo 11 de mayo en la primera gran urbe del mundo en quedarse seca. Si la lluvia no lo remedia, esa es la fecha escogida para cerrar todos los grifos de la principal ciudad surafricana, acuciada por una pertinaz sequía. Ese día, según las previsiones, los embalses que nutren de agua a sus habitantes estarán a un 13,5 % de su capacidad, lo que imposibilita la extracción, y todo el mundo tendrá que hacer fila en uno de 180 puntos de agua localizados por toda la ciudad para recibir su ración de 25 litros al día.

Puede que esta cantidad les parezca suficiente. Sin embargo, una sola descarga del inodoro supone nueve litros de agua y una ducha de dos minutos consume 20. Una lavadora programada en el ciclo más corto y económico gasta casi 70 litros a los que habría que sumar dos litros por cabeza para beber, otros dos para cocinar y otros dos para lavarse las manos de cuando en cuando a lo largo del día. Sumen y verán que nuestro consumo per cápita diario excede con creces los 50 litros. Y eso sin malgastarla. Sin lavar los coches, regar las plantas y jardines, o asear a los millones de mascotas que habitan también en las ciudades.

Desde el pasado 1 de febrero, Ciudad del Cabo vive ya en estado de racionamiento. Aún están abiertos los grifos, pero si la compañía proveedora del agua detecta un consumo diario superior a 50 litros por persona, la multa puede alcanzar los 700 euros.

Si nada lo remedia, el caos se apoderará de una ciudad que vive eminentemente del turismo. Cinco millones de personas visitan sus atractivos naturales, desde las playas hasta la cercana Table Mountain, y disfrutan de los vinos y de la gastronomía local. Pero sin agua será muy complicado que los hoteles presten los servicios básicos y se espera que al menos un millón de habitantes huya de la sequía.

La culpa la tiene el dichoso cambio climático. Los últimos tres años han sido los más secos desde que se tienen registros, con tan solo 153,5 milímetros de lluvia acumulada en 2017. Desde siempre las primeras precipitaciones llegaban en abril. Ahora, la temporada de lluvias arranca en junio y se ha reducido hasta agosto.

Pero la culpa no es solo del calentamiento global, sino de la excesiva urbanización que ha duplicado la población de la mayor ciudad de Sudáfrica en tres décadas y ha elevado su consumo de agua a 600 millones de litros diarios cuando todos los acuíferos cercanos juntos no tienen más que 140 millones. La falta de inversiones ha hecho el resto, con el 40 % del agua perdiéndose en fugas y robos. Mientras los políticos se llenan los bolsillos, con el presidente Zuma a la cabeza, los seis millones de contribuyentes no dan abasto para pagar las ayudas a 18 millones de personas dependientes y arreglar todas las tuberías del país austral.

El drama de Ciudad del Cabo debe de servirnos de advertencia para el futuro más inmediato. A mediados de siglo seremos más de 9.000 millones de seres humanos. Con ese ritmo de desperdicio de agua potable será imposible dar de beber a toda la población y no tardarán en llegar las grandes migraciones y los conflictos por un bien tan preciado.

Sin embargo, hay esperanza. El consumo lineal –que produce, utiliza y tira a la basura– está dando paso al modelo de economía circular, basado en el reciclaje y la reutilización de los recursos. Desde el agua, que con un tratamiento simple y barato puede tener un segundo ciclo de uso agrícola, a los plásticos, los electrodomésticos o los residuos de toda clase. A cada uno de nosotros nos corresponde gastar menos recursos y apretar a nuestros servidores. Para no acabar haciendo fila durante horas frente a un camión de agua.


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