editorial | Publicado el

Jorge Ramos


EL DEDAZO, VERSIÓN 2017

Debo confesar que durante años estuve obsesionado con el fenómeno político del dedazo en México. De joven no podía entender cómo un presidente podía pasarle el poder a su sucesor mientras millones de mexicanos veían el cínico espectáculo sin protestar y como si fuera lo más normal. Ahora Enrique Peña Nieto ha hecho lo mismo. La única diferencia es que su destapado, José Antonio Meade, no tiene asegurada la presidencia.

Los priistas no han aprendido nada. En la selección de Meade no existió ni la menor pretensión democrática. No hubo votaciones ni convenciones. Nada. Peña Nieto sacó su dedo y escogió a Meade. Él, religiosamente, le pidió al Partido Revolucionario Institucional “háganme suyo”. La caballada lo abrazó y, a cambio, ahora le toca a Meade defender un partido responsable de fraudes históricos, de las masacres de Tlatelolco y de Tlatlaya, y del encubrimiento de propiedades como la Colina del Perro y la Casa Blanca, entre muchas otras cosas.

¿Trabajar con alguien como Peña Nieto no te hace su cómplice?

La primera pregunta que hay que hacerle a Meade es si investigará, de manera independiente, a Peña Nieto y a su esposa por la compra de una casa de 7 millones de dólares a un contratista del gobierno. Me imagino la respuesta.

Me imagino, también, la resistencia de Meade para criticar a un gobierno en el que han asesinado a más de 93 mil mexicanos, en el que desaparecieron a 43 jóvenes de Ayotzinapa y en el que la impunidad rasca el 100 %. Meade, aunque fuera un santo, nunca podrá zafarse de ese abracito de lado, con palmaditas, que le dio Peña Nieto cuando se anunció que iba por la presidencia.

Una amiga que conoce bien a Meade me llamó para decirme que es una persona muy capacitada. Quizás, pero el punto no es ese. Lo escogieron de una manera antidemocrática, y está mortalmente ligado a Peña Nieto.

Hace 18 años que no había un dedazo en México. El último fue en 1999 cuando el presidente Ernesto Zedillo aprobó la candidatura de Francisco Labastida. En esa ocasión, por lo menos, hicieron un teatrito: Labastida ganó más votos que su contrincante dentro del mismo partido pero, aun así, hubo que esperar la bendición tradicional del presidente.

Lo asqueroso del dedazo de Peña Nieto es que ni siquiera buscó el apoyo de otros. ¿Para qué?

Me recuerda tanto los dos dedazos de Carlos Salinas de Gortari: primero por Luis Donaldo Colosio y luego por Ernesto Zedillo. Burdos y totalmente personales.

Lo que está muy claro es que en México todavía existe un grupito que cree que puede perpetuarse en el poder mediante sus contactos personales y con las prácticas más oscuras. Seguramente ya llevo muchos años en el extranjero y se me ha olvidado cómo funcionan las cosas en México, pero en Estados Unidos, por ejemplo, sería impensable que un candidato ganara la nominación de su partido —Demócrata o Republicano— solo porque así lo quiso el presidente en turno. Ni el presidente Donald Trump habría podido hacer eso.

Para Peña Nieto, este dedazo era la mejor opción. Su principal preocupación es que el próximo presidente lo vaya a investigar por corrupción o por no proteger los derechos humanos, y ser el primer ex presidente mexicano en la cárcel. Por eso necesitaba a un candidato incondicional y, aparentemente, lo ha encontrado en Meade.

Sin embargo, tal vez ni eso salve a Peña Nieto. Primero, su candidato tendría que ganar, y eso está por verse. Segundo, los candidatos presidenciales en México son famosos por traicionar a quien los escogió. Y tercero, las faltas de Peña Nieto son tan grandes que nada ni nadie podrá defenderlo. Ya es hora de que los expresidentes empiecen a sentir un poquito de miedo.

Esta terrible falta de cultura democrática no es exclusiva del PRI. Si cualquier otro partido en México da un dedazo —o incluso peor, un autodedazo— habrá que denunciarlo con la misma fuerza.

El dedazo es la mayor señal de arrogancia del viejo sistema político. El primero de julio del 2018, los mexicanos decidirán si quieren más de lo mismo. Y el PRI ya nos dio un adelanto.


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