opinión | Publicado el

Ana Cristina Restrepo Jiménez


Efectos secundarios

No es usual que quienes buscan curarse de una enfermedad se pregunten por los efectos secundarios del medicamento que los aliviará. En la política sucede lo mismo.

¿Cuáles serían los posibles efectos secundarios de la “gran curación”, la retoma del poder de Álvaro Uribe recargado con la clase política tradicional?

En Antioquia sí que conocemos los efectos secundarios del discurso de la seguridad democrática: la mano firme para “dar en la cara, marica”, y el corazón grande para disfrazar de magnanimidad lo que en realidad son derechos (la comunidad LGTB no necesita “favores” sino su reconocimiento como ciudadanos). Todo vale: desde visitar magistrados antes de las elecciones, evidente tergiversación de la separación de poderes, hasta los quites providenciales a cuestionamientos sobre la visita del candidato de Uribe a Duda Mendonça en Brasil (Odebrecht), y crímenes de Estado (según reportes de la ONU, desde 2004, la política de estímulos por bajas disparó las cifras de falsos positivos).

Dicho proceder tiene efectos entre la ciudadanía. Uno de los más preocupantes es el re-empoderamiento de los guapos de esquina, los que se definen por el “es mejor pedir perdón que permiso”. Los que pisan fuerte en las urnas: “Somos machos, somos muchos”.

¿Qué dice sobre nuestra “high society” la cancelación del almuerzo de Gustavo Petro en un club social? ¡Es obvio que todo recinto privado, para carnetizados, desde El Campestre hasta un club de tejo, puede reservarse el derecho de admisión! El problema es otro: revivir la posibilidad de convertir el poder del Estado en un club, en doblegarlo al servicio de intereses privados, de quienes no disciernen entre derechos y privilegios.

Revisemos el argumento que nadie dice en voz alta: el asco. Más vale la libreta de secuestrables en el bolsillo de paño inglés de Diego Londoño White, que los pies de un exguerrillero en unos zapatos Ferragamo. Indigna que a Petro adhiera una guerrilla desmovilizada (y apabullada en las urnas), pero no hay reparos en untarse de “la crema” –y mermelada– de la corrupción nacional, experta en esquivar los estrados judiciales. Asiste la razón a Salomón Kalmanovitz sobre la propuesta anti-corrupción del candidato de Uribe: “Con miles de políticos sub judice que lo apoyan y esperan nombramientos y contratos a cambio es imposible cumplir su promesa”.

Mi voto será “trémulo”, como dice Mauricio García Villegas. Envidio la frialdad de aquellos que jamás dudan en las urnas. Wislawa Szymborska los dibuja en el poema ‘Hay quienes’: “Ponen el sello en las verdades absolutas, arrojan a la trituradora los hechos innecesarios, y a las personas desconocidas [...]”.

Nuestra democracia jamás había estado tan sana. El domingo no solo votarán uribistas y petristas: ¡Todos, diversos, extremos, centros, indecisos, tenemos que caber en este país!

Uno de los candidatos ha recibido el beneplácito de personajes de talla mundial, como J. M. Coetzee y Thomas Piketty. Más que el lobby que sirve a una campaña electoral, dichos apoyos ubican a ese aspirante en la mira de la comunidad internacional: además de un Congreso desfavorable, tendría encima los ojos del planeta.

Al otro candidato no lo controlaría nadie: en su bolsillo estarán grandes medios, el poder Legislativo. Ya advirtió lo que hará con las cortes. Ni hablar de la Contraloría. Eso no es secundario.


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