opinión | Publicado el

P. Hernando Uribe


Dos caminos, dos señores

Los caminos son dos, amor y ausencia de amor (Confucio). Asombra ver tan simple el camino de la vida. El gran filósofo chino contaba en su haber con el don de lo simple, perfecta armonía con Dios, la simplicidad absoluta. Viajero incansable, nació para vivir roturando el camino de la simplicidad del amor.

Anhelo saber qué sentimiento embargaba el corazón del vidente que escribió como en frenesí: “Fue el mar tu camino, y tu senda la inmensidad de las aguas” (Salmo 77, 20). Milagro constante del amor.

Me extasío contemplando a Jesús que viene a sus discípulos “caminando sobre el mar”, algo tan insólito que lo confunden con un fantasma que los llena de miedo hasta ponerlos a gritar. Mas él les dice: “Ánimo, soy yo, no teman” (Mateo 14, 27). Jesús ha venido a enseñarnos el camino de la simplicidad del amor. Que es él.

A veces me detengo a contemplar a la gente que camina. Sus pasos de acogida, atención, confianza y solidaridad me llenan de felicidad, y me digo en secreto como si encontrara un tesoro: esta gente tiene la osadía de vivir recorriendo el camino del amor. Confucio lo sabía.

Criatura de amor, qué gusto avanzar por el camino del amor. Dios es amor, y por ser amor sale de sí mismo a crear criaturas de amor. La creación entera es obra del amor divino. Por eso, Jesús oraba así (Juan 17,21): “Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros”.

Más concreto y realista que Confucio es Jesús. “Nadie puede servir a dos señores... a Dios y al Dinero” (Mateo 6, 24). Dos señores, dos caminos, de antagonismo total, amor y ausencia de amor. El dios Dinero deshumaniza al hombre volviéndolo cosa entre las cosas. Mas el Dios verdadero lo dignifica, más aún, lo humaniza haciéndolo partícipe de su condición divina.

El dios Dinero, ausencia de amor, se manifiesta así: ocho millonarios tienen la misma riqueza que la mitad de la población mundial, y, según Joseph Stiglitz en “El precio de la desigualdad”, “el 1 % de la población tiene lo que el 99 % necesita”.

Al hombre del siglo XXI le corresponde el divino arte de elegir el camino del amor. “Ama y haz lo que quieras”, acertadísima afirmación la de S. Agustín. Amor a mí mismo, la autoestima; amor a los demás, el servicio; amor al cosmos, el cuidado esencial; y, sobre todo, amor a Dios, vivido admirablemente por Jesús: “Yo y el Padre somos uno”.


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