opinión | Publicado el

Arturo Guerrero


Chiribiquete y los abuelos artistas

Las pinturas en la roca de los tepuyes de Chiribiquete son la biblia de Colombia. Los antepasados de hace doscientos siglos escribieron y dibujaron sus tablas de la ley en lo más duro de la región más escondida.

Esos edificios coronados de hierba eran y son irreales. Solo las deidades lograban trepar allí para otear la grandeza de su obra y para tirar truenos. Quién sabe, a lo mejor llegaban volando en aves del paraíso o en bólidos desde otros astros.

A los míseros mortales, cruzados no hacía mucho por el estrecho de Bering, les quedó únicamente la opción de tiznar porciones lisas de las paredes. No les era suficiente cazar, temblar, aparearse, estrenar la vida. Necesitaron signar su espíritu.

Echaron una botella al mar, que para ellos era una raya a la selva. Se pintaron a sí mismos parados en dos pies, minoritarios en medio de la muchedumbre de seres de tierra con cuatro pies y seres del aire con largos cuellos, detenidos en tierra.

Dibujaron encierros, tal vez efímeros puesto que el nomadismo les impedía asentar cultivos o cautiverios de presas. Se esmeraron en geometrías, simetrías y cuadrículas. Un desproporcionado murciélago negro les debió de servir para conjurar el terror de la soledad cósmica.

Los pictogramas son el tesoro máximo de esta geografía traspapelada. Claro que existe contabilidad de flora endémica, aves, peces, anacondas. Se sabe incluso de tribus sin contacto con el resto de la humanidad, porque así lo quieren. El aporte de este corazón amazónico al oxígeno del planeta es incalculable.

Con todo, el esfuerzo por capturar el universo completo, patente en los dibujos de los muertos, es la suma de naturaleza y cultura más antigua del país. Cada pintura es un lienzo, un baile, un retrato del cielo y de la tierra, un diseño de la inmensidad creado por el ojo de aquellos abuelos artistas.

De esos trazos venimos, secretamente, pero venimos. Las rocas son los huesos de nuestra cultura. Son nuestro sustrato pétreo. Lo que más perdura, lo terco, aquello que nos constituye sin que sepamos que nos constituye.

De ahí que sean el tesoro mayor de Chiribiquete. Por fortuna no han sido borrados. Resistieron eras geológicas y ultrajes humanos. No es obligatorio entenderlos porque son un arte, el primero de todos. Están ahí para que algún día los miremos con las yemas de los dedos o con nuestros ojos de tierra.


Powered by