editorial | Publicado el

Alberto Velásquez Martínez


Alfonso Llano

El jesuita Alfonso Llano llegó a sus 93 años. Y en una bella columna, llena de fe, hace un apretado recuento de lo que ha sido su ejemplarizante vida de sacerdote convencido de su misión evangélica. Se intuye en su escrito, el inminente viaje al mundo de la luz, de su luz, para los que como él creen.

Conocimos hace buen tiempo al padre Llano. En diciembre éramos invitados a la casa de campo de sus hermanos, Luis Alfonso Quijano y Luz Helena Llano, admirable pareja, a conversar con este orfebre de la palabra y del raciocinio. Tratábamos temas sociales y religiosos. Desprevenidos, dejando de lado cualquier posición dogmática, practicábamos el libre examen sin retenes pero con respeto. A veces abusando de su tolerancia, nos arriesgábamos a lanzar algún juicio de valor audaz, que podrían reñir de otras posiciones de rancia tradición religiosa sostenidas por otros contertulios. Era un deleite escuchar el pensamiento concordante o discrepante del padre Llano, siempre ilustrado, abierto, comprensivo. No pocas veces hablamos de historia colombiana y su gran condimento, las pasiones políticas de muchos báculos que en no pocas ocasiones se situaron en contravía de las enseñanzas evangélicas.

En un diciembre lo notamos taciturno. El entonces arzobispo de Bogotá le censuró su columna dominical en El Tiempo. No aceptaba que el padre Llano comentara libremente algunas tesis de Teilhard de Chardin y Hans Küng. Eso era inadmisible para la interpretación que el mitrado hacía de la ortodoxia inquisidora. Recibió Llano con gran dignidad pero con inmenso dolor la mordaza, la que años después le irían desprendiendo para volver a expresar conceptos, quizá ya menos controvertibles y audaces que los que sostenía basados en su fe de acerado combatiente de Loyola.

Estando nosotros en Chile nos visitó. Llegaba a ese país a dictar un seminario sobre bioética, materia en la que ha sido una autoridad. Nos contó que estaba preparando un libro sobre el motor que ha movido su fe, el Nazareno. Nos adelantó conceptos que iba a sostener en su obra. Le expresamos algunas opiniones personales sobre lecturas nuestras alrededor de aquella figura irrepetible cuyo mensaje no pocas veces sus discípulos distorsionan. El libro nos lo enviaría con la siguiente dedicatoria: “A un quijote de otro quijote”.

Hace pocos años vino a Medellín. Lo tuvimos en nuestro apartamento. Volvimos a retomar el grato palique. Le mostramos unos textos sobre Jesús que tenemos en nuestra biblioteca. Siempre docto, documentado, brillante, sin ostentar vanidades a pesar de su talento en materia teológica y doctrinaria, los ojeó, los comentó. Algunos de ellos los conocía, como brillante exégeta de aquella doctrina cristiana, sin fetichismos, sin anatemas. Es decir, de la auténtica evangélica.

Se podrá ir apagando su vida física. Pero transcienden su ejemplo, sus libros, su vida. La misma existencia que alentó a muchos espíritus, llenos de dudas e incertidumbres, para que persistieran en la búsqueda de respuestas.

Leyendo su impactante página –un canto a la vida en su exaltación cristiana– recordamos los versos del poeta Jorge Manrique –enterrado allá en Ocaña, inicio de la ruta manchega quijotesca–: “Recuerde el alma dormida/avive el seso y despierte/contemplando/como se pasa la vida/como nos llega la muerte/tan callando”....


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