opinión | Publicado el

David Santos Gómez


A la sombra de los exgobernantes

En América Latina los expresidentes no mueren. Políticamente, quiero decir. Cuando un revés electoral los dibuja con una lápida a sus espaldas, ellos aguardan cautelosos, agazapados, a que la historia voltee la siguiente esquina para aparecer fortalecidos y reclamar lo que alguna vez fue suyo. En algunas ocasiones lo hacen en cuerpo propio y en otras prefieren manipular desde las sombras.

La presencia de aquellos que manejaron el Ejecutivo y se niegan a reconocer su fin se intensificó en nuestro continente en este siglo XXI. Personajes como Álvaro Uribe, Luis Inacio Lula da Silva, Rafael Correa, Cristina Fernández de Kirchner y la chilena Michelle Bachellet; construyeron una nueva etapa en la que sus nombres están vinculados al día a día político.

Si bien se despiden con euforia y nostalgia, a la mínima oportunidad retornan en medio de denuncias de traiciones y caos. Solo ellos saben cómo debe guiarse un país. Toman el megáfono para dar consejos. Que así no se hacen las cosas, que ese no es el camino, que los impuestos no se suben, que los salarios no se bajan. Todo un manual de lecciones que es dechado de incoherencias pues, la mayoría de las veces, es justo lo contrario a todo lo que alguna vez ellos hicieron en el poder.

Así se ha anunciado el fin de la era de Uribe o de Lula o de Cristina tantas veces. Así se acaba de anunciar el cierre del ciclo de Correa en Ecuador por el triunfo en las urnas del referendo contrario a sus políticas.

Pero en estas naciones de leyes maleables en las que el equilibro de poderes es un desbalance jalonado desde el sillón del primer mandatario, solo hay que esperar un nuevo giro electoral para que los difuntos renazcan.

Y como las ramas del poder se entremezclan, siempre bajo la tutela del Palacio presidencial, un cambio en su silla reparte la baraja de nuevo. El acusado por la justicia, entonces, verá borradas sus causas y el ministro en el ostracismo caminará con una nueva estrella.

Ni siquiera se tiene que pertenecer a la oposición para perder los afectos de los nuevos huéspedes. También caerá la maldición sobre aquellos que en algún momento posaron de no ortodoxos.

La alternativa es esperar cuatro años a que se dé un nuevo giro de tómbola o, en los casos de mayor premura, jugar al adulador advenedizo. Siempre hay un espacio para ellos.


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