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Ya no hay capos en las calles del Aburrá

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PABLO ESCOBAR ALIAS EL PATRÓN
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El 2018 pasará a la historia del crimen del Valle de Aburrá como el primer año en el que no hubo un “patrón de patrones” en la calle, rigiendo a todas las bandas y dictando con mano férrea las normas del bajo mundo.

A diferencia de las décadas del 80, 90 y 2000, cuando había capos que dominaban la voluntad de los combos, la mafia actual se caracteriza por un mayor grado de autosuficiencia de sus redes, siendo las alianzas estratégicas, y no la subordinación, la principal forma de consolidación de los grupos ilegales en el área metropolitana.

El primer patrón de las bandas fue Pablo Escobar, articulando a sus cabecillas con el cartel de Medellín; “la Ramada” (Bello), “los Priscos” (Aranjuez) y “la Kika” (Castilla) fueros algunas de las más notorias.

Esta estructura reinó de 1983 a 1992 y luego dio paso al imperio narcoparamilitar de Diego Murillo (“don Berna”). Con grupos de autodefensa y confederaciones de combos, como “la Terraza” y “la Oficina”, integró criminalmente todas las comunas de Medellín con los municipios del Sur y el Norte del Aburrá, hasta 2007.

Con su extradición al año siguiente, la línea de mando se fracturó entre dos sucesores: Maximiliano Bonilla (“Valenciano”) y Ericson Vargas (“Sebastián”). Los combos de “la Oficina”, que “Berna” dejó instalada, tuvieron que elegir bando y se produjo una guerra cuadra a cuadra, con miles de bajas.

Con las extradiciones de esos príncipes del crimen, en 2013 heredó las cenizas de la organización Juan Carlos Mesa (“Tom”). Su grupo, “los Chatas”, tenía control en Bello y sus vecinos del Norte, pero tuvo que tejer alianzas con otras estructuras para sobresalir entre los peces gordos, pues ya no representaba a todas las facciones y encontró resistencia en Manrique, Robledo y San Javier.

Fue capturado en diciembre de 2017 y enviado a la cárcel La Picota de Bogotá, con la presión de que la DEA está trabajando para ordenar su extradición.

“Tom” quiso dejar encargado de sus asuntos en la calle a Juan Carlos Castro (“Pichi Belén”), el líder de la banda “San Bernardo”, mas la designación no cayó bien en el mundo del hampa y pocos le obedecieron, ya que no tenía la influencia de los patrones de antaño.

El encargo de Castro apenas duró hasta agosto pasado (ocho meses), cuando la Policía lo apresó. Su captura fue presentada con rimbombancia, en parte porque algunos funcionarios exageraron su importancia para impresionar a sus superiores, pero entre los combos se sabía que no era un cacique.

Las causas

Hace un mes, tal cual informó EL COLOMBIANO, la Fiscalía publicó una interceptación telefónica a un coordinador de “la Terraza”, apodado “Bambam”, en la que alguien le preguntaba quién iba a ser el nuevo jefe de “la Oficina”, la confederación que lucha por conservar su influencia en las demás. Su respuesta fue: “no, a todo mundo le está dando güevonada, no ve que todo el que se mete allá se cae (...). Ya les da miedo”.

El mapa que presentamos (ver infografía) muestra la forma paulatina en que se ha reducido el control territorial de los líderes de la mafia. Junto a ese fenómeno, también han mermado los homicidios en cuatro décadas, pues las confrontaciones entre combos se dan en áreas más reducidas y tienen menor duración.

Frente al vacío de mando en el trono de estos grupos, Boris Castaño, analista (r) de Inteligencia, opina: “ocurrió algo sin precedentes, la incapacidad de control criminal. Los bandidos estaban controlados más por un poder sicológico que criminal, y se empezaron a dar cuenta que pueden independizarse sin que esa ‘Oficina’ los afecte. El mito ha caído, eso atomizará más al crimen organizado, generando guerras internas”.

El secretario de Seguridad de Medellín, Andrés Tobón, dice que tras las reiteradas capturas de jefes y coordinadores (van 122 en dos años), ya no queda nadie en libertad que tenga “la capacidad de controlar las dinámicas de todas las bandas”.

“La Oficina” de hoy tiene dos características esenciales: sus máximos líderes están en la cárcel y desde allí regulan lo que sucede afuera; y está dividida entre las huestes de “Tom” y las de José Muñoz (“Douglas”).

Claudia Carrasquilla, directora de la Fiscalía contra el Crimen Organizado, señala que “ellos tienen miedo, ya que cada que comienza a hacerse visible un sucesor, es judicializado al poco tiempo. Gracias a la contextualización que tenemos de las organizaciones, ya sabemos cómo están conformadas, lo que nos permite saber quién podría suceder al cabecilla capturado”.

La situación no quiere decir que la mafia de Medellín sea menos peligrosa, sino que su modelo de funcionamiento cambió. Los nexos son más horizontales entre los clanes, aumentó el número de los que proclaman independencia financiera e impera la necesidad del bajo perfil, lejos de ostentaciones y excesos de violencia que atraigan a las autoridades.

La tensión que se vive entre los socios de “Tom” y los de “Douglas” impide que alguien asome la cabeza, pues nadie quiere quedar como un traidor ni tiene el respaldo suficiente para arrebatarles a ellos lo que les queda, según investigadores consultados por este diario.

Sin embargo, comentan que es probable que un día no lejano emerja otro capo. Nadie sabe si tendrá el poder para reinar sobre la jauría de combos del Valle de Aburrá o será apenas el títere de otros, que a la sombra seguirán moviendo los hilos del crimen.

Las capturas, extradiciones y guerras internas a lo largo de cuatro décadas, transformaron el modelo de jerarquías de la mafia.
Ya no hay capos en las calles del Aburrá

Contexto de la Noticia

Si bien no hay un gran jefe, en el crimen organizado del Aburrá hay cabecillas que, si no son capturados a tiempo, podrían ascender a la cúpula. Según la Policía y la Fiscalía, ellos son: “Adobe” (Sabaneta), “Beto” y “el Indio” (Envigado), “Chicho” y “la Teta” (Manrique y Aranjuez), el Clan Osorio y “Clemente” (Barrio Antioquia), “Colmillo” (Buenos Aires), “Toño” (Robledo), “Barbosa” y “el Montañero” (Bello).


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