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Quinta generación de “la Oficina” llega a su fin

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FOTOilustración juan antonio sánchez
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El aislamiento en prisión y posible extradición de Juan Carlos Mesa Vallejo, alias “Tom”, podría significar el final de la quinta generación de la cúpula de la agrupación mafiosa “la Oficina” y el ascenso de nuevos cabecillas del crimen organizado en las calles del Valle de Aburrá.

Esta estructura mafiosa delinque desde el 2000, funciona como una confederación que agrupa a las demás bandas del área metropolitana y dicta pautas para el manejo de los negocios ilícitos. Tiene redes transnacionales, funcionarios corruptos a su disposición y ofrece servicios de narcotráfico, sicariato, cobro de deudas, extorsión, secuestro y lavado de activos, entre otros.

Su primer jefe fue el narcoparamilitar Diego Murillo Bejarano (“don Berna”), hasta 2007. La segunda cúpula la lideraron Carlos Aguilar (“Rogelio”) y Mauricio López (“Yiyo”), quienes en 2008 y 2009 se entregaron a la DEA.

En la transición a la tercera cúpula hubo una guerra interna. Maximiliano Bonilla (“Valenciano”) se enfrentó a Ericson Vargas (“Sebastián”) por el trono de “la Oficina”, y en el pleito que se prolongó de mediados de 2008 hasta finales de 2011 se extinguió la tercera generación de cabecillas. Unos fueron detenidos (“Riñón”, “Douglas”, “Duncan”) y otros murieron (“Nito”, “Job”, “Negro Elkin”, “Esneider”).

Al final de la confrontación, que según la Policía produjo el 80% de los 6.932 homicidios perpetrados en Medellín entre 2008 y 2011, surgió una cuarta cúpula, comandada por “Sebastián” y Félix Isaza (“Beto”), pero duró poco.

El “reinado” de alias “Tom”, de 50 años y criado en el municipio de Bello, comenzó a finales de 2012, cuando la Policía arrestó a “Sebastián”.

La cúpula de esa quinta generación se caracterizó porque ninguno de sus integrantes era más poderoso que el otro. La relación entre ellos, más que una jerarquía vertical, fue una sociedad horizontal, donde cada quien defendía sus intereses, había alianzas y oposiciones. El mando nunca estuvo unificado.

Los miembros de esa especie de mesa rectora han sido arrestados uno por uno en este lustro: alias “Pichi Gordo”, “Barny”, “Carlos Pesebre”, “Adiel”, “don Pepe”, “Tuto”, “Diego Chamizo” y “Soto”.

El último que quedaba era “Tom”, quien fue detenido el pasado 9 de diciembre en El Peñol. Los que han sido máximo jefes de “la Oficina”, en sus respectivas generaciones, terminaron encerrados en prisiones estadounidenses, por lo que tal es el destino que se cierne sobre “Tom”.

Nueva generación

A juicio de los investigadores de la Policía y la Fiscalía consultados por EL COLOMBIANO, la experiencia ha demostrado que encarcelar a toda una cúpula no significa el final de “la Oficina”.

Estas son las razones: 1). La capacidad de renovación de la estructura, que reemplaza con rapidez a los cabecillas faltantes; 2). Que su aparato financiero no ha sido debilitado y el dinero sigue fluyendo; 3) Las falencias del sistema penitenciario, que permite que los delincuentes sigan controlando el bajo mundo tras las rejas; 4). La existencia clandestina de una estructura mafiosa superior (consejo directivo), conformada por algunos narcos de antaño, políticos y empresarios de doble faz, que desde las sombras conspiran para que “la Oficina” siga operando, en beneficio de sus intereses.

A pesar de esto, cada vez que hay un cambio generacional, la estructura pierde influencia. Mientras estuvo “don Berna”, controlaba el 100% de los 350 combos del Aburrá; en tiempos de “Tom”, la hegemonía bajó al 65%.

Las pugnas internas y la acción de las autoridades atomizaron su control ilegal. A esto se sumaron la entrada en escena del cartel de “los Urabeños”, que formó alianzas con el 25% de las otras bandas, y el empoderamiento del restante 10% de los grupos locales, que ya se independizaron.

El secretario de Seguridad de Medellín, Andrés Tobón, opina que “la Oficina” de hoy tiene dos componentes: “uno es una especie de agremiación de bandas que se creó para buscar un pacto de sometimiento con el Gobierno; y el otro es una suerte de espacio de articulación, que permite a las bandas coordinar actividades en el Valle de Aburrá y por fuera, como Urabá o Cauca”.

La Fuerza Pública no tiene claro quién es el sucesor de “Tom”, mas todo indica que la sexta generación tendrá un poder inferior, aunque no por eso será menos peligrosa.

Observando el organigrama de la estructura, elaborado con base en análisis de Inteligencia y expedientes judiciales (ver gráfico), se nota que muchos de los cabecillas en ascenso, a diferencia de los predecesores, no fueron discípulos de “don Berna”.

Tampoco participaron en la guerra de “los Pepes” contra el cartel de Medellín o en la del bloque Cacique Nutibara de las Auc contra el bloque Metro, que en los años 90 y hasta 2004 perfilaron el círculo de confianza de “la Oficina”.

Se trata de personas con experiencia criminal, como “Cataño”, “Vallejo”, “Colmillo”, “Pichi Castro” y “Mauricio el Grande”, entre otros, cuya influencia no abarca toda el área metropolitana, sino sectores y negocios específicos. Al menos hasta ahora.

Para Tobón, “hemos ido desmontando esa macroarticulación de ‘la Oficina’, esa especie de mesa central. Falta desarticular de ahí para abajo, esos grupos asociados que son menos organizados y con tendencia a ser más violentos”.

La escena criminal de 2018
Las principales bandas orgánicas de “la Oficina” están divididas en dos tendencias: la de “Tom”, que formalizó una sociedad con “los Urabeños”; y la de “Douglas”, que ha buscado acuerdos de sometimiento con el Gobierno, sin éxito.

Estas dos alas de la misma facción riñen entre sí, pero no han llegado al punto de desatar una batalla abierta.

Otra característica del escenario criminal del próximo año es la inquietante excarcelación de cabecillas de generaciones pasadas, que gracias a preacuerdos con la justicia pagaron sentencias cortas.

Alias “el Indio” (banda “Trianón”), “el Ronco” (de “la Unión”), “Mario Chiquito” (“los Triana”), “Chicho” (“la Terraza”), “Alber” (“Pachelly”), “Víctor Colas” (“Caicedo”), y “Chichón” (“los Mondongueros”) volvieron a la calle, lo que podría influir en un nuevo mapa del crimen.

A ellos se adhieren narcos que regresaron al país tras pagar sus penas en EE.UU. como “Percherón” y “Botija”, quien justamente estaba con “Tom” el día de su captura.

Claudia Carrasquilla, jefa de la Dirección contra la Criminalidad Organizada de la Fiscalía, cree que para acabar con “la Oficina” hay que perseguir su dinero, “que es lo que le permite afianzar su poder, obtener armas, pagar nóminas y comprar droga”.

La búsqueda del lucro, más que el dominio territorial, parece ser una tendencia para la próxima generación de esta empresa del mal, por lo que rastrear la plata deber ser una prioridad para las autoridades.

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millones de dólares ofrecía el Gobierno de EE.UU. por datos para capturar a “Tom”.

La organización criminal “la Oficina” entró en una etapa de transición, de la quinta a la sexta generación de su cúpula. Cada vez que esto sucede, pierde influencia y poder ilegal.
Quinta generación de “la Oficina” llega a su fin

Contexto de la Noticia

Hay bandas que sobreviven con sus propios recursos en el Valle de Aburrá, sin necesidad de tener una relación de dependencia con organizaciones de mayor peso, como “la Oficina” o “los Urabeños”.

Entre esas bandas independientes,
destacan por su peligrosidad: “los Triana”, “los Mondongueros”, “los Chivos”, “Pachelly” y “el Mesa”.

Este último grupo ha ganado relevancia desde 2013, cuando salió de la cárcel su máximo líder, apodado “el Montañero. “El Mesa” tiene su base de operaciones en la comuna 4 (Suárez) de Bello y
redes instaladas para el narcotráfico
en Bogotá y San Andrés. Se dedica también al sicariato, extorsiones, secuestros, lavado de activos, usurpación de lotes, desapariciones
y desplazamientos forzados.

Investigaciones de la Policía señalan que “el Mesa” tendría por los menos 300 integrantes. La estructura de mando, después de “el Montañero”, la conforman alias “Peluche”, “Piolo”, “Gordo Willington”,
“el Ruñido”, “Malacate” y “Magandy”.


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