editorial | Publicado el

Juan José Hoyos


LAS CUATRO PUERTAS

Las canciones recogen de los hombres más sabiduría de la que, en principio, logramos presagiar. Sobre todo, las llamadas canciones populares.

Pienso esto porque estoy en un café oyendo un bolero de Daniel Santos con la Sonora Matancera que dice: Cuatro puertas hay abiertas / para el que no tiene dinero: / El hospital y la cárcel / la iglesia y el cementerio.

Parece solo una canción triste. Pero para el que se ha jugado hasta los restos en el juego de la vida, esa canción es mucho más. En mi barrio, hace tiempos, la escuchábamos como un himno, como una especie de oración.

Pervivencia y sabiduría del bolero que encarna en su música y en su letra las cosas tan largamente aprendidas por la gente en el oficio de vivir.

El bolero es una canción que tiene tal vez más años que el tango, la otra oración popular que ha acompañado nuestras vidas, y está tan llena de sabiduría y de belleza como él. Por eso ―y porque todavía se niega a morir― se ha convertido, creo yo, en la música clásica de América Latina. ¿Acaso no ha cumplido ya más de un siglo?

Durante este largo tiempo, en países tan diversos como Cuba, México, Puerto Rico, Brasil, Colombia y Argentina, el bolero ha nacido y crecido con la fuerza de lo propio, con un lenguaje solo suyo, sin más límites estéticos que los de la vida, incluso bordeando el abismo del melodrama. ¿Pero qué historia de amor ―tema casi único de su música y de sus letras― no bordea siempre el melodrama?

Singular y plural, tan mexicano, caribeño, colombiano, brasileño o argentino como Los Panchos o Javier Solís, Johnny Albino y su Trío San Juan, Omara Portuondo o Bienvenido Granda, José Barros o Mario Clavel... y al mismo tiempo tan universal.

En el juego de la vida / juega el grande y juega el chico / juega el blanco y juega el negro / juega el pobre y juega el rico...

La voz de Daniel Santos va y viene, viene y se va... A medida que pasa la vida se la escucha en un viejo disco de vinilo de 33 revoluciones, en un CD, en una novela de Luis Rafael Sánchez o en un cuento de Salvador Garmendia o de Umberto Valverde, en una tarde de diciembre llena de alegría o en un enero malogrado por la lluvia y la tristeza.

En el Juego de la vida / nada te vale la suerte / porque al fin de la partida / gana el albur de la muerte...

La voz de “El Jefe” sigue ahí, en la emisora que uno sintonizó en la radio por azar, en la rocola del bar por cuya acera uno deshace sus pasos. Y pensar que ese nombre se lo pusieron en el bar Perro Negro, en Guayaquil, donde su retrato colgaba de una pared como si fuera la foto de un presidente de la república... o la del propio padre.

El viejo Daniel Santos: su vida era como su voz... Rendida ante la belleza pálida de una virgen de media noche. Donde se enamoraba se quedaba. Dicen que tuvo doce hijos con distintas mujeres. Se consumió como una llama. Fue soldado a las malas en un país ajeno y patriota a las buenas en su Puerto Rico del alma. Le bastaba una ilusión para darle coraje.

Daniel Doroteo Santos Betancourt, Santurce, San Juan, Puerto Rico, 1916. + Ocala, Florida, Estados Unidos, 1992. Hijo de un carpintero y una costurera. Compositor de más de 400 canciones que nos contaron su vida.

¿Por qué seguimos oyendo sus boleros? Tal vez porque las verdades de la vida son tan simples como las verdades que cantan sus canciones.


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