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Pintura y poesía, dos historias de resistencia en Venezuela


José Vivenes, pintor. FOTO Carlos becerra

Que Venezuela está inmersa en una crisis es una realidad de la que dan testimonio los millones de venezolanos que dejaron el país por la escasez de medicamentos, el poco abastecimiento en los supermercados, la represión que silencia a la oposición e, incluso, la falta de combustible que vive el país con mayor cantidad de petróleo del continente.

Solo en Perú, dos mil venezolanos cruzan cada día la frontera, según reseñó La República de Perú. Para el caso de Colombia, Juan Manuel Santos aseguró en abril de este año que al país llegaron cerca de un millón de personas. Sin embargo, en muchos casos estas naciones son lugares de paso para quienes van a Argentina, Chile, Ecuador y Estados Unidos. En total, durante 2017 más de 1,6 millones venezolanos dejaron el país, según la Organización Internacional de Migraciones.

Aunque cada día más personas dejan esa nación, algunos decidieron quedarse. Combinan su descontento con el gobierno de Nicolás Maduro con el deseo de cambio y un convencimiento de que en algún momento la situación mejorará.

Protesta a través del arte

Pero, ¿por qué artistas? Nydia Gutiérrez, directora artística del Museo de Antioquia, comenta que el arte como denuncia política es absolutamente contundente. Y, en el caso de Venezuela, “el tipo de resistencia va más allá del producto poético”.

EL COLOMBIANO habló con dos artistas venezolanos quienes decidieron quedarse en Caracas a pesar de la crisis.

Willy Mckey, poeta, explica que las circunstancias políticas hacen que la posibilidad de desplazamiento se reduzca a dos opciones aparentes: quienes se fueron y quienes se quedaron, pero lamenta ese “espejismo” que ignora otros factores. Por su parte, José Vivenes, pintor, también está en la ciudad dejando el retrato del país en su arte.

Necesidades anticuadas. Obra de José Vivenes creada en 2017
Necesidades anticuadas. Obra de José Vivenes creada en 2017

Contexto de la Noticia

La llegada de Nicolás Maduro, en 2013, agravó la situación de Venezuela. La caída del bolívar, los primeros brotes de escasez de alimentos de la canasta familiar y el aumento del desempleo fueron las primeras señales del deterioro de la situación del vecino país. La OEA ha hecho constantes llamados al presidente venezolano sobre la situación, pero estos no han sido atendidos por el país. Además, la ONU ha alertado sobre las constantes violaciones a los derechos humanos y la represión. Políticos opositores como Leopoldo López fueron callados y llevados a prisión.

Nació en Maturín, pero vive en Caracas. Llegó a la pintura por inquietudes que tenía de niño. Un curso corto lo llevó a un taller y terminó convirtiendo este oficio en su carrera universitaria. Aunque sus creaciones podrían clasificarse dentro del expresionismo, no le gusta que su trabajo sea catalogado solo en esta etiqueta porque le apuesta a plasmar esta tendencia “de una manera diferente a los demás”, centrándose en el drama y la narrativa de las realidades.

En sus creaciones trata de reflexionar el presente, “evocar un reflejo del momento” actual. No lo considera como una forma propia de reflexionar sobre un contexto social, sino que recuerda que a lo largo de la historia el arte – en su caso la pintura – ha permitido contextualizar las injusticias y necesidades de una comunidad.

Por esto, cuando alguien se encuentra con animales en sus creaciones, estos son un retrato de personajes paradójicos de la sociedad. Burros, cerdos o ratas que no trata de especificar como el presidente o el vicepresidente, pero que se convierten en una metáfora abierta de la clase diligente: “Son reflexiones a partir de todas estas catástrofes sociales”.

Vivenes se quedó en Caracas porque se reconoce a sí mismo como parte de una sociedad, pero para sobrevivir allí necesita vender sus obras a galerías en el exterior a precios que le cuesta calcular porque la inflación cambia cada día.

No se siente cómodo con la delincuencia, la constante inflación y lo que para él ha sido la etapa más difícil de la crisis: vivir la escasez, los problemas en la salud pública y la falta de medicamentos porque “de la inseguridad uno se puede cuidar, pero la salud es un tema más complejo”.

Conserva la esperanza de que llegue una salida a la crisis que dejó a los ciudadanos en un “limbo” porque “sacaron provecho de nosotros en momentos sociales y en circunstancias de calle”, pero lamenta que “mientras existan vicios en la institucionalidad la salida no será democrática”. Desde su taller pide que el mundo se interese por lo que sucede en el arte, en el que creadores se quedaron al margen por haber criticado lo que sucede en el país.

Es un poeta venezolano que convirtió su seudónimo en su nombre real. A ese “otro yo”, como él le llama, no lo usa porque lo considera como propiedad del Estado (Venezuela) para los impuestos y documentos de identidad. Nació en Caracas y cuando tenía ocho años su padre lo dejó al cuidado de un grupo de amigos que le enseñaron a hacer décimas. Desde entonces se dejó envolver por la palabra.

Como venezolano, la crisis del país no pasó desapercibida en su trabajo. Cuenta que “sobrevive en Caracas” y no se ha ido de allí porque es ese el lugar en el que se considera útil. Para su pesar, “la crisis generada desde las políticas públicas aisló la literatura local” ya que comprar la edición digital de un libro equivale al dinero que podría mantener a una familia durante un mes. Y es que para vivir durante un mes, por lo menos para junio de este año, podría necesitar 150 millones de bolívares, suma que consigue trabajando en otros países con talleres online y presentaciones.

Para Mckey la poesía es eficaz para mostrar lo que sucede en Venezuela y por eso la convirtió en su artefacto expresivo: un poema sobre el estallido de la refinería de Amuay o sobre los náufragos que murieron intentando llegar a Curazao que le dejan “decir cosas que el periodismo no puede decir”.

Lucha desde las letras, ese territorio donde las ideas consiguen forma y en el que se siente más cómodo.

Esos juegos de palabras que le enseñaron los amigos de su padre cuando tenía ocho años se convirtieron en el oficio de su vida. Escribe, crea. A veces es poeta u otras cronista, articulista, dramaturgo o hasta guionista, todo alrededor de ese artefacto de expresión suyo que nació de la poesía popular y le permite hablar de la cotidianidad de su país, por tan cruel que parezca.

“Mi poesía no es una poesía de la belleza. Ni siquiera lo pretendo”. Sus versos los escribe desde Caracas y asegura se quedará, por ahora, para luchar a través de la palabra desde aquel que es su territorio.

Un poeta inquieto, un “agitador cultural, un crítico del gobierno. Ese es Willy Mckey, un escritor premiado en Venezuela desde 2008 y que seguirá allí, sobreviviendo en Caracas, haciendo crítica a través de sus relatos, por lo menos, por ahora.

El tiempo ya espesó los hermosos cadáveres que han sido refinados por mis hermanos vivos.

Desde temprano inhalamos las aromáticas de benceno contra el ayuno crudo de voz.

“Respira” ordena la madre camino a la escuela. “Desrespira” dice el hombre sucio de la bomba.

El tiempo ya espesó los hermosos cadáveres

que serán coloreados por mis hermanos vivos.

En su contra van el olor a viruta de lápices y su espiral sostenido de luz que se afila.

Justo cuando tuvimos que aprender a morir la niña descubre un libro que nos confiesa.

“Relee” ordena la maestra antes del timbre. “Deslee” dice el teléfono antes de irse a casa.

(...)

El tiempo ya espesó los hermosos cadáveres: en su contra van el olor a viruta de lápices y la efímera verdad que hay tras lo combustible.


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