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El rostro del hambre y la situación carcelaria en Venezuela


Imagen de archivo. Presos en la cárcel San Fernando. FOTO: CORTESÍA

Hurtar dos yogures y dos paquetes de galletas, ese fue el motivo por el que los hermanos José y Edwin León, de 27 y 39 años, respectivamente, fueron enviados a prisión el pasado 25 de enero de este año. Robaron, no porque se dedicaran a eso, sino porque tenían hambre. Hambre debido a la escasez de su país, Venezuela. Hambre, porque pertenecen a una familia de escasos recursos a la que la crisis ha afectado en mayor medida. Ahora están libres y esta es su historia.

Ese jueves no lo olvidarán. Fueron llevados a un módulo de policía en el municipio de Valencia, en el estado de Carabobo, y a los cuantos días, el 2 de febrero, comenzó lo que ellos recuerdan como un infierno.

Cuando José de León cuenta su historia parece que su voz se perdiera en el teléfono. Respira en medio de las palabras y la conversación se llena de pausas de dolor. Dolor físico y psicológico. Físico, porque los golpes que sufrió mientras estaba recluido dejaron su cuerpo sin ni la fuerza necesaria para caminar. Psicológico, porque en las noches recuerda eso que sufrió mientras estaba en prisión.

“Fue una tortura de verdad, no se lo deseo a nadie”. En sus manos está la marca visible de su tragedia, llagas y quemaduras que dejan ver detrás de la piel, seguidas por un brazo que acentúa los huesos y las articulaciones.

“Me daban golpes, patadas, muchas patadas en los testículos, en las costillas, en la espalda”. Tanto él como su hermano Edwin aseguran haber sufrido ese maltrato mientras estuvieron recluidos junto a otros reos que, a diferencia de ellos, habían sido capturados por crímenes más graves que robar dos yogures y dos paquetes de galletas.

De esos casi cinco meses de prisión, no solo les quedó el dolor en todo su cuerpo, sino una desnutrición severa. Su mamá, Yuraima de León, cuenta que todos los días les llevaba algo de comer, pero que muy tarde se enteró de que los encargados del centro penitenciario no los estaban alimentando.

Explica que les entregaban el alimento cuando ya estaba podrido y solo les daban una porción para compartir.

Los posibles culpables

“Los presos nos torturaban, los que estaban ahí, pero los policías les pagaban para que lo hicieran”, asegura José, con una voz débil y entrecortada. Él y su hermano jamás fueron trasladados a la cárcel porque, según cifras del Observatorio Venezolano de Prisiones, el hacinamiento supera el 54%, y no había espacio para ellos.

El resultado de esos meses de tortura, sin comer bien y sufriendo un martirio diario que iba desde un golpe en las costillas, pasando por agujas enterradas en sus uñas, hasta patadas en los testículos, detonó en una desnutrición severa y un agotamiento físico tan grande que ahora escasamente pueden caminar.

El diputado del estado de Carabobo, Carlos Lozano, conoció su caso y comenzó un proceso para que les dieran la boleta de salida de la cárcel. Lozano asegura que estaban recluidos junto a un reo “de alta peligrosidad” y que su caso es un ejemplo de que “el sistema carcelario en Venezuela es violatorio de todas las normativas de derechos humanos”.

Consiguieron la libertad el pasado 11 de junio. “Sentí la alegría más grande cuando los vi salir de un sitio en el que los maltrataban. Están en las condiciones que están, pero libres”, cuenta su madre, Yuraima de León, una mujer que sufrió el dolor de sus dos hijos y que, en medio de la sorpresa de verlos decaídos, se alegra de que estén junto a ella.

El desenlace

Días después de salir de prisión los hermanos Edwin y José fueron diagnosticados con desnutrición, deshidratación, descalificación en los huesos, problemas en las articulaciones, gástricos y respiratorios y enfermedades de la piel. Su familia está recogiendo ayudas para poder pagar su tratamiento.

José cuenta que le duele caminar y otras personas aseguraron a EL COLOMBIANO que él y su hermano escasamente pueden ponerse de pie y andar. Yuraima de León asegura que en medio de la noche sus hijos se despiertan gritando “no me pegues, no me maltrates”.

José y Edwin León decidieron contar su historia, a pesar de las posibles represalias, como un deseo de que “ los centros penitenciarios y las estaciones de Policía sean como deben ser. Rectas, firmes y correctas”.

Ahora su familia espera conseguir los recursos necesarios para que se puedan recuperar.


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