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Salvatore ‘Totó’ Riina, el padrino del asesinato en Europa


Riina fue uno de los capos más sanguinarios de la mafia siciliana y atacó directamente al Estado italiano en un enfrentamiento que duró más de una década. FOTOS AFP, TARTUFO12 y EFE

Corleone, una palabra tan sonora y a la vez tan bochornosa, une en el caso del criminal Salvatore Riina, fallecido de cáncer el pasado viernes, la realidad con la ficción.

La localidad que en la zaga cinematográfica El Padrino vio germinar la malvada dinastía de Vito Corleone, en la realidad vio nacer el 16 de noviembre de 1930 a Riina, que creció en un entorno de aceptación generalizada de la criminalidad.

Así se unió con facilidad en 1948 a la banda local, los Corleonesi, iniciando con un asesinato su prontuario de maldad. Un año después conoce por primera vez la cárcel y pasa en ella seis años tras ser capturado en un tiroteo entre clanes rivales.

Al salir (1954) forja una perdurable alianza con Luciano Leggio, quien para ese entonces era solo un matón a sueldo, sin ningún tipo de poder. Junto a Leggio y Bernardo Provenzano, dicha facción dentro de los Corleonesi empieza a acumular cada vez más poder, hasta que logra asesinar en 1958 a Michele Navarra, entonces capo del clan, con lo que Leggio queda a cargo de la organización criminal.

Pero los Corleonesi eran apenas un pequeño grupo dentro del complejo entramado de estructuras que conformaban por entonces la mafia siciliana. A pesar de que Leggio y Riina llevaban la banda con cada vez mayor astucia, no tenían el respeto de los capos de Palermo, la capital de la isla, que en burla los llamaban “los campesinos” (“i viddani”).

Por este motivo, mientras que la mafia siciliana se empezaba a hundir en su primera guerra (1960 - 1969), la banda de Corleone permanecía con un bajo perfil pero ganando poder entre las sombras.

En Palermo, la enconada enemistad entre Michele Cavataio “la Cobra” y Salvatore Greco empezó a dejar muertos. Cuando el primero ordenó poner un coche bomba cerca de la casa de Greco en Ciaculli, matando a siete policías y militares enviados para desactivarla, la indignación de la sociedad italiana cambió lo que hasta entonces había sido una guerra entre clanes a una guerra contra la mafia.

El poder de las facciones tradicionales del crimen organizado en Sicilia fue entonces mermando, mientras que Leggio y Riina aprovecharon la oportunidad.

“A través de su astucia criminal y de unos métodos de brutalidad y violencia desconocidos hasta el momento, él consiguió que un clan de una localidad pequeña, como Corleone, ascendiera hasta el liderazgo de la mafia siciliana en Palermo. Fue poco a poco, primero por medio de alianzas y luego eliminándolos, acabando con los líderes de otros clanes”, relató a EL COLOMBIANO Darío Menor, corresponsal del diario español La Razón en Italia.

Es por eso que los Corleonesi son ya uno de los clanes principales de Sicilia durante la década de los setenta. Tras la detención de Luciano Leggio en 1974 y su condena a cadena perpetua, Riina asume el liderazgo de la estructura criminal.

“De inmediato, la mafia se fue introduciendo en el poder político hasta que incluso logró colocar a Vito Ciancimino, que fue alcalde de Palermo pero a las ordenes de la ‘cosa nostra’ y en particular de Riina”, agregó.

A finales de los setenta y principios de los ochenta empieza el declive de Riina y su estructura criminal. Hay varios factores que desencadenan ese ocaso. En 1978 empieza la segunda guerra de la mafia, entre los Corleonesi y líderes de los debilitados clanes de Palermo (hasta el 82). Riina se impone pero tras un cruento enfrentamiento que vuelve a sacar a la luz el nivel de violencia y poder que aún acapara el crimen organizado en Sicilia.

Por ese motivo el Estado refuerza su lucha contra la mafia y, en especial desde el plano judicial, dispone todas las herramientas posibles para desmantelarla definitivamente y llevar a sus capos a prisión.

El heroico juez Giovanni Falcone recaba desde 1983 un inmenso archivo de evidencias para llevar, el 10 de febrero de 1986, con la colaboración de otros magistrados como Paolo Borsellino y Alfonso Giordano, a 475 acusados —presentes o no— al denominado Maxiproceso, en el que 360 fueron condenados. Entre los culpables se dividieron 2.665 años de prisión, pero a los considerados líderes de la mafia, quienes planearon cientos de asesinatos, se les impusieron penas de cadena perpetua. Salvatore Riina fue uno de los capos condenados en ausencia.

Evidentemente, el trabajo de Falcone y Borsellino permitió ir desmantelando no solo el entramado criminal de la mafia, sino sus tentáculos de corrupción y complicidad en las autoridades, justicia y Estado.

En 1992, tras la orden dada por Riina, mafiosos colocaron 400 kilos de explosivos debajo de una autopista que conducía de Palermo a la localidad de Capaci, y que era constantemente usada por Falcone y sus escoltas. El 23 mayo detonaron dicha carga asesinando al reconocido juez y a otras cuatro personas (ver foto).

La indignación de la sociedad italiana fue aún mayor, e impulsó la coordinación necesaria para que las autoridades capturaran por fin a Riina el 15 de enero de 1993.

Riina fue condenado a 26 cadenas perpetuas por su participación en 150 asesinatos. La justicia italiana logró comprobar que no solo ordenaba matar a sus enemigos, sino que liquidó a sus familiares, incluso si no tenían nada que ver con la mafia.

Hoy, como explicó Menor, en Italia impera un sentimiento de injusticia al saber que, a pesar de que vivió en las últimas décadas tras las rejas, este vil criminal murió de una forma mucho mejor que la que le propinó a quienes le estorbaban.

“Los familiares de las víctimas dicen que no sienten pena pero tampoco alegría. Recuerdan todas las personas que este señor asesinó, y que además tuvieron muertes terribles, mucho peores que la de Riina, precisamente tras su cumpleaños y recibiendo todo tipo de atención médica en un hospital”, afirmó.

Sin duda, a diferencia de lo que ocurre en otros países, en Italia no se está exaltando públicamente de ningún modo la figura del que es “el mayor monstruo criminal que ha tenido el país desde la Segunda Guerra Mundial”.

Si bien con la muerte de Riina, y con sus hijos Santino y Giuseppe encarcelados por seguir el mismo camino, la mafia siciliana evidencia un declive —así siga activa—, el problema del crimen organizado en Italia se mantiene con el apogeo de otros grupos como ‘Ndragheta.

Para John Marulanda, consultor internacional en seguridad y defensa, la dificultad en eliminar estas estructuras italianas reside en “sus numerosas conexiones y colaboraciones internacionales, entre las que se incluye Colombia, y fundamentalmente sus vínculos internos de sangre como herramientas para mantener unidas y secretas a estas organizaciones”.


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