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Entre hilos: el origen de la industria textil


Para darle las propiedades al hilo, cada uno debe envolverse a velocidades desde los 180 km por hora. FOTO: MARIO VALENCIA

Hace más de 100 años se inició la revolución textil en Colombia. Las telas que se fabricaban para entonces eran de pésima calidad, lo que obligó a que muchos industriales optaran por la importación, hasta la llegada y ascenso de Coltejer. Diez obreros y cuatro telares eran lo único que tenía la pequeña empresa de los hermanos Echavarría; años después esos telares pasaron a ser 150, y la Compañía Colombiana de Tejidos ya era pionera y símbolo textil en el país.

Hoy, Antioquia sigue siendo líder en la creación de filamentos gracias al desarrollo de otras compañías y nuevas formas de trabajar las hebras.

Es ancestral el arte de hilar fibras (de lino, cáñamo, seda o algodón) para crear hilos. Algunos pueblos de la edad de piedra formaron telas tejiendo fibras de hierba. Se dice que el hombre aprendió primero a tejer antes que a hilar, era muchísimo más sencillo para ellos, sin embargo, aprendieron con el tiempo a procesar las telas y crear prendas para cubrir sus cuerpos.

El proceso se ha transformado, grandes fábricas se dedican hoy con sus máquinas al trabajo de químicos que se convierten en miles de filamentos, para finalmente entregar a los compradores bobinas cargadas con hilos, en todos los colores y características, según sea su destino final. José Gallego, jefe de calidad en Enka de Colombia explica que “en las máquinas se trabajan los filamentos pensando en el uso que tendrán. Todos los hilos son completamente diferentes”.

Desde sus inicios en 1964, Enka de Colombia orientó una de sus líneas de producción hacia la creación de filamentos exclusivos para la industria textil.

El paso de los años y el desarrollo de nuevas tecnologías le ha permitido valerse de distintos recursos ecológicos, sin abandonar su línea corporativa. El centro de este desarrollo es la manipulación de botellas de PET recicladas.

Después de un exhaustivo proceso de limpieza, cada botella se transforma en pequeños trozos de plástico, que luego son utilizados para crear filamentos de nylon y poliéster. “Las personas no son conscientes de lo que llevan puesto, tampoco saben de dónde provienen los materiales con los que se crea cada atuendo. Vestidos, pantalones, prendas en denim, un gran porcentaje de lo que hay en el mercado está tejido con nuestros hilos”, cuenta Pablo Marín, jefe de División y Operaciones en Enka.

La otra cara de la moneda está representada por una mujer en Medellín que abraza la nostalgia, Rosa Escobar, fundadora del taller Tejemaneje y Teje. Lleva más de 40 años creando verdaderas obras de arte —cortinas, objetos, telas, prendas de vestir— de la mano de jóvenes antioqueñas que aprendieron a coser con sus madres y abuelas. Estas mujeres llevaron sus habilidades al taller cuando apenas abría sus puertas. Décadas después, su fidelidad permanece.

En el taller no hay máquinas grandes, químicos o procesos complejos de ingeniería. Rosa conserva los grandes telares que hilaron la historia de su trabajo. “Mis amigas me dicen que trabajar con telares en pleno siglo XXI es una quijotada, también pienso lo mismo. Sin embargo, no los abandono. Hacen parte del encanto”.

Los hilos son el corazón de cada atuendo. Cada fibra proporciona versatilidad y funcionalidad, también da ese toque extraordinario que se busca al palpar la prenda y la apariencia que la industria textil moderna exige.


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