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Hacia otro capítulo de transfuguismo


De forma silenciosa pero no por ello desconocida por buena parte de los parlamentarios, congresistas del partido de la U promueven un proyecto de acto legislativo para permitir que, antes de las elecciones del año entrante, los candidatos puedan cambiar de partido, sin riesgo de incurrir en doble militancia ni ser despojados de su investidura, que serían las consecuencias legales según las normas hoy vigentes.

La razón política parece clara: en momentos en que la vida política de los parlamentarios depende de la popularidad de quien los patrocina, deben tomar medidas para no quemarse política ni electoralmente con el Gobierno que termina el año entrante y que no goza de aprecio ni de credibilidad popular. Les urge subirse a otros vagones electorales con mayor aceptación y posibilidades de triunfo.

El partido de la U ha sido desde sus inicios un partido instrumental, que flota sobre la estela de beneficios que los Gobiernos desde 2006 le han repartido para asegurar apoyos en el parlamento y en las demás corporaciones de elección popular. Nació ese partido con la inicial del apellido del entonces presidente Álvaro Uribe y promovido por su aliado de ese momento, Juan Manuel Santos, y de animar y defender la política de Seguridad Democrática pasaron sus miembros, sin solución de continuidad, a ser los mayores aliados de la política de negociación con las guerrillas ejecutada por la Administración Santos en su doble mandato.

Comparte La U la ausencia de definición ideológica con otros partidos, pero también comparte la concepción de que su razón de ser es la obtención de parcelas de la burocracia estatal como mecanismo de supervivencia. El ejemplo actual es claro: los inquieta tremendamente la posibilidad de perder un Ministerio, antes que la suerte de la política pública en materia agrícola, por ejemplo.

Si de habilitar el transfuguismo se trata, no es, sin embargo, la primera vez que se aprueba un proyecto legislativo en este sentido. Y no es Colombia el único país donde aquel opera como método de reacomodo político-electoral. En Estados Unidos ha habido casos célebres de cambio de camiseta entre republicanos y demócratas. Pero en Colombia ocurre la mayoría de las veces por motivos meramente tácticos, no tanto por coherencia ideológica o doctrinaria.

Después de la entrada en vigencia de la Constitución de 1991 han ingresado al “mercado electoral” decenas de partidos y movimientos políticos, muchos de ellos de efímera vida, pues existen en tanto sirven a los dueños de sus marcas a elegirse en diversos cargos. No asumen programas definidos ni establecen compromisos de gobierno, sino los atinentes a obtención de cupos burocráticos y de asignación de porciones de contratación pública.

Si este proyecto que abre paso a un nuevo espectáculo de transfuguismo prospera, como en efecto puede prosperar, el mensaje que se da a la ciudadanía no hará sino ratificar que el sistema de partidos colombianos es endeble, muy poco fiable, carente de cualquier coherencia política, y que la representación encomendada en las urnas al personaje elegido es asumida por este como esencialmente personal, sin deberes con sus partidos ni con los supuestos programas que dicen defender.


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