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Farc dejan armas: ver para creer


Para las Farc las fotos de su dejación de armas significan rendición y debilidad, para la gran mayoría de los colombianos serán un documento que confirme que su desarme es real y efectivo. Por eso no deben tener justificación los recelos de esa guerrilla, si es que en verdad decidió pasar a un estado pleno e irreversible de civilidad. Si ahora, como lo aseguran sus jefes, importa más su tránsito a la legalidad y la política, no se entiende que les incomode refrendar su condición de excombatientes y que esa violencia armada que ejercieron es parte inequívoca del pasado suyo y del país.

Para decirlo más breve: a las Farc no les debe importar nunca más si pierden o ganan dejando las armas y el conflicto. Las debe ocupar, sí, que su futuro se centre en respetar la democracia y construir la paz.

Si a los colombianos no les molestaron, tanto como podía ocurrir, el retraso y la prórroga de la entrega definitiva de todas las armas del grupo subversivo, a las Farc no las debería trasnochar, tanto como parece, que los habitantes de Colombia y la audiencia planetaria constaten el embalaje de sus armas en los contenedores de la ONU, que son una especie de ataúdes en los que quedará sepultada aquella guerra que fulminó miles de vidas y prolongó 52 años de una violencia dañina, estéril, inútil.

Ayer se cumplió la entrega de otro 30 % del armamento de esa guerrilla. Ni el Gobierno ni el país ni la comunidad internacional, dudan de las bondades de que desaparezca un ejército irregular pródigo en infracciones al Derecho Internacional Humanitario y violaciones de derechos humanos. Las proyecciones advierten que desde que se anunció el cese el fuego bilateral y definitivo, en agosto de 2016, se han evitado 2.500 víctimas y millonarias pérdidas en atentados a la infraestructura pública y a bienes privados.

La presencia este martes en Buenos Aires, Cauca, en la segunda jornada de dejación de armas de los exjefes de Estado Felipe González, de España, y José Mujica, de Uruguay, más allá de ser un gesto de respaldo mundial a un proceso que muestra todavía retrasos y debilidades, debería servir para que las Farc se despojen de la vanidad que las vincula con un pasado guerrero manchado con la sangre de cientos de miles de compatriotas que las sufrieron y que, incluso así, abrieron la puerta a su desarme y desmovilización.

La persistencia y el desafío que implica construir la paz, como lo dijo ayer Jean Arnault, jefe de la Misión de la ONU en Colombia, exige de las Farc, ¡no de 44 millones de ciudadanos inermes!, mayor condescendencia para ajustarse a los reclamos de verdad, justicia y reparación de las víctimas.

Dejar las armas, por sí mismo, no es un acto que garantice la automática asimilación social y política de lo ocurrido ni mucho menos representa, por arte de birlibirloque, el desvanecimiento de semejantes huellas de atrocidades incontables y perturbadoras.

Por eso, además de que sería de gran poder simbólico e histórico, pero también un testimonio de realidad y prueba objetiva, que las Farc permitan ver la entrega del 40 % restante de sus armas, el próximo martes 20 de junio, es importante que la Misión de la ONU y el Gobierno sean mucho más explícitos en ofrecer resultados públicos de la verificación final del desarme.

Esas armas importan. Verlas entregadas y depositadas en los contenedores permitirá el duelo a la violencia que produjeron y tal vez abran algo de luz a la esperanza. En su largo camino de atropellos e incumplimientos, las Farc no deben escatimar en entregarle a Colombia señas certeras de que sus palabras son ciertas. Hechos y razones.


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