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La Feria de las Flores es de esas tradiciones que se heredan


Juan Pablo Jaramillo exhibió la bicicleta Raleigh que su padre restauró, junto con el coche, también renovado, que le dio a su hijo Nicolás cuando cumplió dos años. FOTO edwin bustamante

Uno de los primeros regalos que Juan Pablo Jaramillo le dio a su hijo Nicolás fue un carro de pedales clásico que él mismo restauró.

El niño apenas tenía dos años, pero ese obsequio también fue el pase para un plan familiar que ya se volvió tradición: restaurar bicicletas y carritos y participar en exhibiciones en la Feria de las Flores.

El pasado domingo padre e hijo fueron con el coche de Nicolás al Concours d’Elegance, en el Museo El Castillo. Nico, como le dicen, estaba muy emocionado, aunque no cumplió su sueño de ganar un premio. “Algunos amiguitos fueron a verme y vi carros muy bonitos. Mi favorito era un Buick de 1953, que es igual al carro en el que se casaron mi papá y mi mamá”, contó después el pequeño.

Su tradición se remonta varios años atrás, aunque los eventos en los que participan son recientes. Juan Pablo, diseñador industrial de la UPB, se propuso en 1999 restaurar la bicicleta Raleigh que perteneció a su tío Luis Alfonso Madrid. “Fue la bicicleta en la que él —que es como mi padre de crianza, porque mi papá murió cuando yo estaba muy pequeño— iba a estudiar. Era modelo 1955. Me sorprendió que estaba con el paquete completo: llave, placa, factura, manual, matrícula y catálogo; algo muy raro”.

El trabajo se convirtió en un hobby. Después de esa llegaron una bicicleta Humber de 1949 con batería para las luces, y una Mongus de 1982, similar a la bici en la que aprendió a montar.

Con cada proyecto, Juan Pablo y su familia se fueron acercando al Museo del Transporte, y a eventos como el Concours d’Elegance y el Desfile de Bicicletas Antiguas.

Nicolás se emociona cuando hablan de las ferias, y dice que quiere heredar las bicicletas y carros para dejárselas a sus hijos. “Es que si son antiguas, cuando yo sea grande van a ser reantiguas”, dice.

Silleteros por generaciones

Caminar por las montañas de Santa Elena significa ver a generaciones enteras separando flores, cortando tallos y revisando diseños. Incluso la posibilidad de participar en el desfile es un derecho heredado: los cupos son limitados y están asignados desde hace años a las familias.

En 2017, por ejemplo, Diego Alzate recibió el premio de mejor silleta comercial que ganó su abuelo Samuel Alzate.

Los Atehortúa, que son muchos, también han pasado la silleta de generación en generación. Martín, por ejemplo, lleva el legado y el nombre de su padre y este año espera llevar su arte para honrar a la familia.

De hecho, los más pequeños de las familias son los encargados de darle la bienvenida a la Feria con el desfile de silleteritos. Este año participaron 600. “Es una tradición con la que ellos se comprometen, porque desde ya conocen cómo se hace la silleta y cómo se vive la región”, dijo Fernando Pereira, uno de los orgullosos padres que el pasado 22 de julio acompañó a su hijo.

Porque la Feria de las Flores es para la familia.

Contexto de la Noticia

Los recuerdos de la feria de las flores tienen olor a abuela. A esa primera vez que vine desde Belmira a Medellín para visitar a la abuela, que vivía en Envigado, y ella me tomó de la mano, me puso un vestido bonito —de flores, para la ocasión— y me llevó hasta la portería de su casa para ver pasar una caravana de carros antiguos. Afuera, en el asfalto, y al frente en la canalización de la Ayurá, los vecinos también salieron arreglados y armaron picnic para disfrutar del desfile. Virgelina, la abuela, no era la más fiestera: ya los años y una enfermedad crónica le estaban pasando factura. Sin embargo, cada año disfrutaba del desfile de carros, iba a ver a sus nietas bailar en las fondas y celebraba la feria con la familia. Tal vez por eso la feria evoca amor, al menos para mí.


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