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Escritores que estuvieron en la cárcel y no dejaron de escribir


Narradores y poetas de todos los tiempos han pisado cárceles y manicomios que luego los inspiraron. En la foto, Álvaro Mutis. FOTO COLPRENSA

El poeta español Miguel Hernández murió en prisión con los ojos abiertos. Por más que los enfermeros y guardianes intentaron cerrárselos, no lo consiguieron. Así quedó consignado en su acta de defunción.

Hernández no es el único escritor que pasó tiempo encerrado en prisión. Otros terminaron en manicomios, pero estos sitios de reclusión, lejos de apartarlos de las letras, les sirvieron para crear nuevas obras. Novelas, reflexiones, poemas.

Uno de esos autores lo tenemos cerca: Epifanio Mejía. El “poeta loco”, como apodaban a uno de los grandes escritores antioqueños del siglo XIX. El yarumaleño nacido en 1838, después de los 32 años de edad presentó los síntomas que hicieron decir a muchos que estaba desconectado de lo que se ha llamado la realidad. El médico le recomendó volver a su pueblo: se la pasaba ensimismado, caminando delirante por calles y campos.

Se fue a Yarumal y su mente pareció tranquilizarse estando cerca de El Caunce, la finca donde nació y pasó los primeros años. Hasta ocupó un cargo público.

Sin embargo, según cuenta Humberto Roselli en su libro La locura de Epifanio y otros ensayos, a finales de 1876, a los seis años de estar allá, los familiares lo veían “jugando con la espuma del río y dirigiéndole tiernas palabras de amor”. Los campesinos de la región aseguraban que “el poeta había sido hechizado por una sirena”.

Regresó a Medellín y en esta aumentaron sus melancolías, autismos y desperfectos. Fue recluido en el manicomio de Bermejal, de Aranjuez —donde hoy está el centro de servicios Comfama—.

El sacerdote jesuíta Félix Restrepo, en un discurso titulado Epifanio Mejía y su obra, pronunciado en el colegio de San Ignacio de Medellín con motivo del centenario del nacimiento del poeta, cuenta que un poeta amigo, B. Jaramillo Meza, refiere que en una de sus visitas al manicomio, “preguntándole él en una ocasión, en su celda, por el origen de su poema Amelia, Epifanio guardó silencio y se quedó mirándolo fijamente con bondadosa expresión en el semblante. Por fin le dijo: ‘¿Amelia? Sí, aquí está. Vive conmigo, íntimamente. Solo yo puedo verla. Es invisible para los demás. ¿O acaso la ve usted en este instante aquí a mi lado en este sillón? ¿La ve usted? Mírela bien. ¿Ve usted sus cabellos en rizadas trenzas, sus ojos que me contemplan con dulzura? ¿Ha visto un cuerpo más esbelto? ¿Qué dice usted del traje azul pálido que lleva ceñido?’.

Diciendo esto se levantó del sillón, alzó las manos a sus sienes, se paseó inquieto por la celda; de pronto clavó la mirada en un punto fijo de la pared, y con un lápiz escribió:

Amelía era sencilla, dulce y buena;/ murió, pero aquí vive, en mi consuelo;/ y dicen que estoy loco... Esa es mi pena”.

Gómez Jattin

Otro de los cercanos es Raúl Gómez Jattin. El poeta caribeño, quien pasó temporadas en hospitales mentales, en los años ochenta estuvo en el de Bello.

Nacido en Cartagena en 1945, seguía escuchando a la musa en sus encierros. Uno de los poemas más bellos del poeta, Pájaro, lo escribió en el sanatorio antioqueño:

En la clínica mental vivo

un pedazo de mi vida.

Allí me levanto con el sol

y entre tanto escribo

mi dolor y mi angustia.

Sin angustias ni dolores

ataraxia del espíritu

en que mi corazón

como una mariposa

brilla con la luz

y se opaca como un pájaro

al darse cuenta

de los barrotes que lo encierran.

Y a la mente llega otro encerrado: Gonzalo Arango. Pero los suyos eran “canazos” breves, ocasionados por sus escándalos. Nada grave que no pudieran solucionar su hermano Jaime o el periodista Alberto Aguirre.

Los escritores también han caído presos. La lista es larga: Cervantes, Marqués de Sade, Epifanio Mejía. En estas líneas recordamos algunos de aquí y de allá. Las letras los liberaron.

Contexto de la Noticia

Muchos afirman que los cinco años de prisón inspiraron a Cervantes a escribir el Quijote. Así lo asegura el periodista José F. Leal, que lo escribió en El País, en 2015: el autor de La Galatea iba en barco con su hermano Rodrigo tras varios años de servicio militar. La nave cae en manos de un pirata, que lo manda a Argel. Allí, Miguel trata de escapar cuatro veces, sin éxito, hasta que pagan su liberación.

La toma de la mítica prisión de La Bastilla fue el 14 de julio de 1789. El Marqués de Sade había sido trasladado allí pocos días antes y tras las revueltas se quejó de la pérdida de 15 volúmenes manuscritos listos para pasar a la editorial. Los 120 días de Sodoma, uno de esos textos, apareció en el siglo XX. El Marqués de Sade estuvo preso por sus actos y sus libros. Terminó en la miseria. Fue mendigo. Por eso, la reclusión en los últimos años en el sanatorio de Charenton fue un descanso. Su familia pagó para que allí tuviera dos cuartos con sus libros y pudiera estar tranquilo.

Y sin embargo, sepan todos,/ cada hombre mata lo que ama./ Los unos matan con su odio,/ los otros con palabras blandas;/ el que es cobarde, con un beso,/ y el de valor, con una espada!

Son versos de la Balada de la cárcel de Reading, donde fue a parar Oscar Wilde acusado de “sodomía y grave indecencia” por el papá de Lord Alfred Bosie Douglas, el joven con quien tenía un romance.

En prisión escribió De profundis.

“La hospitalaria cárcel de Blackwell le había servido de casa para sus vacaciones de invierno. Así como sus conciudadanos más afortunados sacaban boleto para Palm Beach o la Riviera, así Soapy efectuaba sus humildes arreglos para una escapada anual a la Isla”. Esto es parte del cuento El policía y el himno, de O. Henry. A este autor norteamericano lo acusaron de robarse un dinero en un banco en el que trabajaba. Estuvo 3 años preso. Nunca dejó de escribir.

Tu risa me hace libre,/ me pone alas./ Soledades me quita,/ cárcel me arranca. Es parte de una estrofa de Nanas de la cebolla, de este poeta español que pasó años en el Reformatorio de Adultos de Alicante, donde murió.

Fue tomado prisionero durante la Guerra Civil Española. La causa 21001 cambió la pena de muerte que pesaba sobre él por 30 años de prisión.

Pablo Neruda dijo alguna vez que hizo gestiones para su liberación, pero está claro que no dieron resultado.

“En medio de la niebla caliente de los baños de vapor, entre los cuerpos lastimados y desnudos, envuelto en el perfume barato de los jabones y las cremas para rasurar, entre gritos y risas anónimos, ensordecido por el ruido del agua que cae y corre por el piso y ruge en los tubos, se recobra la libertad; una libertad aparente, falsa, es cierto, pero que renueva y fortalece nuestras fuerzas para resistir el peso de la prisión”. Álvaro Mutis estuvo preso en una cárcel de México. Ahí escribió Diario de Lecumberri. Después diría que si no hubiera estado allí por 15 meses, “jamás hubiera conseguido escribir una sola línea sobre las andanzas de Maqroll el Gaviero”.


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