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En Siria, los champiñones remplazaron a la carne


FOTOS AFP

En una habitación húmeda donde bolsas de plástico llenas de paja cuelgan del techo, Abu Nabil examina minuciosamente los champiñones de un blanco anacarado que cultiva para alimentar a los habitantes de la ciudad siria asediada de Duma.

Estos “pleurotus” se convirtieron en un sustituto de la carne en este feudo rebelde al este de Damasco, donde muchos alimentos ya no son accesibles al común de los mortales debido al asedio impuesto por las fuerzas leales al régimen desde 2013.

En toda la región de Duma, Guta Oriental, los habitantes ya solo pueden contar con la comida producida localmente o introducida a escondidas por los túneles o los puestos de control.

Para responder a sus necesidades nutricionales, especialmente en proteínas y en sales minerales, la Fundación Adala, una oenegé local, buscó cultivos alternativos.

“Nos decantamos por los champiñones porque tienen importantes aportes nutricionales, similares a la carne, y pueden cultivarse en el interior de las casas o en los sótanos”, explica Abu Nabil.

Concienzudamente, este ingeniero controla las mezclas de champiñones que se forman y comprueba la temperatura de cada bolsa para asegurarse de que las condiciones son óptimas para producir este alimento.

“Este cultivo era totalmente desconocido aquí antes de la guerra”, explica el director de Adala, Muayad Mohieddine. “Fue buscando en internet lugares que estaban en la misma situación [de guerra] que encontramos esta solución”.

Adala comprendió que este tipo de cultivo no requería mucho espacio ni mayores inversiones, haciendo de los champiñones un producto ideal.

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Distribución gratuita

El proceso de cultivo empieza por el corte en finas rodajas de champiñones de alta calidad que se intercalan entre las pequeñas piezas de cartón, colocando después todo en cajas de plástico estériles.

Después de 15 o 25 días, estos fragmentos de champiñones se mezclan con granos de cebada esterilizados para crear “semillas”.

Paralelamente, se extiende paja, hervida y a continuación secada, sobre una mesa y se mezcla con un poco de yeso. Las semillas se dispersan sobre la paja mientras que se introduce en las bolsas de plástico.

Estas bolsas se cuelgan entre 25 y 45 días en una habitación que sirve de incubadora. Los champiñones empiezan a crecer a través de pequeños agujeros, y cada bolsa produce entre 4 o 5 cosechas antes de ser remplazada.

Unos generadores de electricidad mantienen unas condiciones permanentemente de 25º C y 80% de humedad. Debido a la escasez de fuel, son alimentados por un carburante casero hecho de plástico.

Tres meses después del lanzamiento del proyecto, “distribuimos casi 1.300 kilos de champiñones por semana a 600 personas”, indica Abu Nabil.

“Esta distribución es gratuita para las familias más pobres, como para los que padecen malnutrición o heridas en la médula espinal”, dice.

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¿Una flor?

Estos hongos son una suerte para gente como Um Mohammed, una madre de cuatro hijos para la que la carne, a 10 dólares el kilo, ya solo es un sueño.

“Es una bendición poder obtenerlos”, señala esta mujer de 50 años, vestida de negro y con fular, cocinando en su modesta casa. “Es como si comiese un plato de carne o pescado”.

Antes de obtenerlos a través de Adala, Abu Adnane Al Sidaui no había comido nunca champiñones.

“Recibí un bol hace tres o cuatro semanas”, dice este hombre de 30 años, víctima de fracturas en una pierna y en la espalda durante un bombardeo aéreo.

“No sabía lo que era, aprendí a cocinarlos mirando en internet”, confiesa, tumbado en una cama de su casa. “El primer día, los freí con cebolla y el segundo, los cociné en una salsa de yogur”.

“Nos encantaron en la salsa de yogur”, dice sonriendo.

Los niños de Douma tampoco estaban familiarizados con los champiñones.

En un centro de apoyo psicológico, este alimento fue distribuido entre los niños por primera vez durante el ramadán, el mes sagrado de ayuno musulmán, cuenta una empleada.

“Hicimos un pequeño taller para enseñarles lo que es y cómo se cocinan”, explica esta mujer, que pidió ser identificada como Rasha. “Cuando se los enseñé, los niños me preguntaron: ‘¿qué es eso? ¿Una flor?’”, recuerda.


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