cultura | Publicado el 25 de julio de 2016

El olvido que ya somos

Germán EspinosaUn libro: La tejedora de coronas

Gustavo Arango

Para nadie es un secreto que la industria editorial está dominada por mercachifles. El gusto general y –cosa triste- hasta la misma academia suelen obnubilarse con las novedades y el espectáculo. Lo que no pasa por la televisión, por los premios que se reparten entre amigotes o por los festivales, organizados por y para las grandes editoriales, simplemente no existe. Con la fascinación por las novedades ocurre que la vida de cualquier libro –su disponibilidad en librerías– suele no pasar de los tres meses. Si el libro no “pegó”, como se dice en el argot del gremio, regresa a las bodegas, a las ventas de saldo y, en el peor de los casos, termina en papel picado.

Una lamentable consecuencia de que la literatura se conciba como fenómeno de masas es el insultante olvido al que sometemos a escritores valiosos. Se diría que es natural que las voces nuevas ocupen la atención de los lectores, y que es lógico que el paso de siglos y decenios extiendan una sombra sobre los que ya no están, pero lo grave es que el olvido también alcanza a los que murieron hace poco y a muchos otros que todavía siguen vivos.

La misma expectativa de advenedizos que tenemos en el deporte –donde sólo nos sirve ganar un Tour de Francia– la tenemos en las letras. Solo un premio sonoro y extranjero consigue que las mayorías consideren admitir los méritos de un autor. Esa especie de maldición hizo que muchos autores contemporáneos y posteriores a García Márquez se quedaran sin ser valorados y apreciados en su justa dimensión. Que el lector vaya a una librería y pregunte por los libros de Héctor Rojas Herazo, Germán Espinosa, Rafael Humberto Moreno Durán, Manuel Zapata Olivella o Arnoldo Palacios, y verá que no encuentra casi nada. Resulta mejor la suerte de la obra de los que murieron jóvenes –Andrés Caicedo y Marvel Moreno, por ejemplo–, quizá porque es más fácil reconocer los méritos de aquellos cuya suerte no hay que envidiar.

Todo grupo de elegidos es injusto, pues siempre hay riesgo de que no estén todos los que son ni sean todos los que están. En el caso de la literatura los riesgos de equivocarse son más grandes, porque es imposible marcar diferencias entre un autor y otro. Todo depende del gusto, del concepto que cada uno tenga del mérito literario y de las mismas circunstancias que hacen que unos sean más visibles que otros. Pero, con todo y esas limitaciones, hay nombres en nuestra literatura que están sumidos en un olvido que resulta inaceptable.

A la ausencia en librerías de autores que murieron hace poco podemos sumarle la de aquellos que siguen vivos: Fanny Buitrago, Alba Lucía Ángel (la reedición de su Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón ha pasado inadvertida), Darío Ruiz Gómez, Humberto Espinosa, Fernando Cruz Kronfly, Julio Olaciregui, Ramón Illán Bacca, José Luis Garcés o Marco Tulio Aguilera Garramuño. Algunos de ellos se resisten al ostracismo publicando en editoriales independientes o universitarias. Cuando mueran se les harán obituarios laudatorios y se les devolverá al olvido en que ya están. Entonces las hordas volverán la atención a esos globos inflados con que los mercachifles las siguen engatusando.

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