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De Pueblorrico, al Salón de la Fama


Porfirio con los alumnos de su academia. En el fondo resalta la bandera nacional. Es tanta su fama que desde Corea del Sur le consultan métodos de entrenamiento. Fotos cortesía Porfirio Álvarez

La historia de Porfirio Álvarez, uno de los dos únicos colombianos en el Salón de la Fama del taekwondo, inició en Pueblorrico, una localidad del suroeste antioqueño de unos siete mil habitantes.

El hijo de Pedro Antonio Álvarez y Ana Francisca Galvis tuvo una niñez difícil, porque hoy, a sus 60 años, recuerda que lo que más lo impulsó a meterse a las artes marciales fue el abuso que sufrió de parte de otros niños, hoy etiquetado como bullying.

“Me hicieron fuerte porque siempre quise defenderme y nunca me la dejé montar de nadie”, recuerda.

Por allá, en los años 70, encontró su inspiración en el actor y artista marcial Bruce Lee. “Empecé a notar que yo era muy hábil y elástico, me metí primero al boxeo, pero una vez que vi a Lee dije que eso era lo que me gustaba y ahí empecé, me decidí por el taekwondo. Ya llevo 45 años en este cuento”.

Su primera meta fue llegar a cinturón negro y después vinieron otros sueños, hasta hoy, todos cumplidos. “Logré todas mis metas, ser cinta negra, árbitro internacional, tener mi propia academia, estar en el Salón de la Fama y viajar por todo el mundo”.

Su travesía inició gracias a la ayuda que tuvo del señor David García, padre del humorista “Jeringa”. “Él fue un ángel porque creía en mí y cuando yo estuve trabajando bajo sus órdenes en el antiguo Cafetero, me dijo que yo podía llegar muy lejos con este deporte”.

En el Cafetero era supervisor, pero cuando iba a cumplir 10 años de labores fue despedido, y entonces el Colegio Nariño de Belén le abrió sus puertas. “Trabajé como profesor tiempo completo, dicté Inglés y Educación Física sin dejar de entrenar taekwondo”.

En su interior le surgió la necesidad de buscar nuevos horizontes y en 1988, con 30 años, viajó a Estados Unidos. Llegó como turista, pero se quedó para hacer allí su proyecto de vida.

“Cerca de donde llegué a vivir había una escuela de un señor egipcio y empecé a estudiar y a dar clases de taekwondo gratis para que las personas me conocieran. Trabajaba medio tiempo de cajero en un supermercado”.

Allá no faltaron las vicisitudes. Se venció su visa de turismo y estuvo indocumentado por varios años. Luego, conseguiría su documento de residencia.

Empezó a pelear en las calles por dinero, frente a quienes lo retaban, y fue forjando su fama. Con el dinero que ahorró abrió su academia en ese país (World Taekwondo Academy). Hasta hoy ha graduado a más de 250 cinturones negros, muchos de ellos campeones del mundo.

Esa labor lo llevó a que el presidente de la época de la Unión Panamericana de Taekwondo, Cha Sok Park, lo buscara y le ofreciera ser árbitro internacional. Al tenerlo cerca, el dirigente se dio cuenta de sus capacidades y del legado que le estaba dejando a este deporte, por lo que le ofreció inducirlo al Salón de la Fama de la disciplina.

“Tuve la fortuna de vivir del taekwondo, salir del país y hacer lo que me gusta. Es una bendición y espero haber dejado en alto a Colombia”.

Porfirio ahora es un hombre de voz y voto en el taekwondo mundial y es reconocido como una de las leyendas vivientes de esta disciplina. Su academia es una de las más famosas del mundo.

25

años lleva su academia en Nueva York y es una de las más reconocidas del mundo.


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