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Los desaparecidos más famosos del mundo


ILUSTRACIÓN ESTEBAN PARÍS

El soldado chino Wang Qi, como Mambrú, fue a la guerra. Pero el soldado chino Wang Qi, a diferencia de Mambrú, volvió a casa. Tardó 54 años en regresar a Xuezhai, su pueblo natal.

Se perdió justo después de terminada la guerra que, entre octubre y noviembre de 1962, libraron China e India, opacada para occidente que estaba a la espera de ver quién, entre John F. Kennedy y Nikita Jrushchov, oprimía primero el botón rojo que daría inicio a uno de los tantos apocalipsis que se anuncian pero no llegan.

En enero de 1963, el soldado chino Wang Qi, encargado de construir carreteras en los límites de su país con el enemigo, decidió salir a dar un paseo... y se perdió. Terminó en manos del ejército indio, se le juzgó, se le encontró culpable y acabó preso. Duró siete años tras las rejas.

Al abandonar la prisión, al soldado chino Wang Qi le prohibieron retornar a su hogar. Lo instalaron en un pueblo llamado Tirodi, aprendió indi, consiguió trabajo, se casó, tuvo cuatro hijos. Solo en 2017, después de que la BBC publicara su caso y su historia se hiciera viral, logró volver a su casa, leer el mensaje “Bienvenido soldado, ha sido un largo viaje” que colgaron sus vecinos, abrazar a sus hermanos y visitar la tumba de su madre. Entendió que la vida sigue con o sin uno, lo mismo en China que en India, donde el soldado Wang Qi, sospechoso de espionaje, dejó esposa, hijos y nietos.

Siempre volver

Regresar no es fácil, lo saben Odiseo, Penélope y Telémaco. Y también Martin, el marinero de El regreso, el cuento de Maupassant, que tras más de una década de su naufragio retornó a su pueblo para encontrar que en la casa que le heredó su padre vivía su mujer, que se casó con otro; sus hijas, que llaman padre a alguien más; y Lévesque, el nuevo esposo, pescador con mala fortuna, como él mismo.

Perderse del mundo parece ser más sencillo. Le pasó, también al sargento japonés Shoichi Yokoi, quien pasó casi tres décadas en una cueva de Guam, resistiendo al enemigo. Se enteró tarde de las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki, leyó en panfletos arrojados desde el aire que su emperador, Hiroito, se había rendido, pero no les dio crédito.

En enero de 1972, 27 años después de terminada la Segunda Guerra Mundial, unos campesinos de Guam se toparon con el sargento japonés, que había sobrevivido de la caza, que aún esperaba que le llegaran órdenes de sus superiores. Este Robinson Crusoe oriental volvió a Japón, lo condecoraron, lloró, dijo sentir vergüenza de regresar vivo, conoció al emperador Akihito en 1991 y murió en 1998.

En 1974 aparecieron dos soldados japoneses más: el teniente Hiro Onoda, que se escondió en Filipinas adelantando una imposible guerra de guerrillas; y Teruo Nakamura, quien sobrevivió a la Batalla de Morotai y se escondió en la pequeña isla hasta que un avión avistó la cabaña que había construido como refugio.

Desaparecer por gusto

El año pasado, el canal History Channel (el de las subastas y los marcianos), emitió su documental Amelia Earhart: The Lost Evidence y especuló sobre la verdadera suerte de la aviadora.

En una foto tomada en el muelle del Atolón de Jaluit, en las Islas Marshall, se podía ver a Amelia junto a Freed Noonan, quien volaba con ella el 2 de julio de 1937, el último día que se supo de ella. Pero, ¡pamplinas!, digamos que gritaron varios expertos, para no usar malas palabras.

Más aún, hace poco otra investigación, esta vez del Centro de Antropología Forense de la Universidad de Tennessee y publicados por la revista Forensic Anthropology, afirmó que unos restos encontrados en la isla de Nikumaroro, en 1940, son los de Earhart.

Imaginarla viviendo otra vida, lejos de todo, como a la patinadora sobre el hielo aquella que imaginó Fontanarrosa en su historieta Juegos Olímpicos de Calgary incluida en Semblanzas deportivas, que se escapó durante su presentación y, quizá, terminó sus días en una aldea esquimal, feliz sin las presiones de la alta competencia.

Sin rastro

Irse, cambiar de vida, ser otro, como Santiago en Confesión a Laura, la película de Jaime Osorio. O desaparecerse como John Anglin, Clarence Anglin y Frank Morris, célebres fugados de Alcatraz. Las autoridades los dieron siempre por muertos, ante la imposibilidad de sobrevivir a las frías aguas de la bahía de San Francisco, las corrientes del mar y hasta los tiburones.

Aunque nunca los encontraron, ni vivos ni sus restos. La fuga ocurrió en junio de 1962 y en 2013, sin embargo, la policía de la ciudad recibió una carta firmada por el propio John Anglin, según reveló a principios del año la cadena CBS de San Francisco.

Que vivió Seattle, en Dakota del Norte y en el sur de California, dice John en su carta, donde asegura que Frank Morris falleció en 2008 y que su hermano, Clarence Anglin, dejó el mundo en 2011. Ambos murieron viejos, en todo caso.

En 2005, History Channel (sí, otra vez History) emitió un documental con las familia Anglin, donde aseguraban que el par de hermanos habían vivido en Brasil una temporada tras el escape. Si todo es cierto, pues resulta que anduvieron por ahí, llamándose tal vez Charlie, Dylan o James, quizá sin asaltar bancos, que era lo de ellos. O quizá sí, pero con más tino, para no volver a prisión y tener que abandonar sus nuevas vidas.

Aunque para desaparecidos no hay ninguno como Charles Augustus Lindbergh Jr., el hijo del aviador Charles Lindbergh, secuestrado el 1 de marzo de 1932 cuando tenía 20 meses de nacido. Aunque, en honor a la verdad, la voz popular “más perdido que el hijo de Lindbergh” falta a la verdad. El cadáver apareció el 12 de mayo de ese mismo año.

Perderse puede ser una opción, como la de ciertos personajes literarios (y reales), regresar será siempre complicado. Desaparecerse alimenta la leyenda de ciertas personas.

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