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Las últimas palabras


¿Qué se dice cuando parece que la vida cuelga de un hilo? Hay frases memorables, otras sorprendentes, otras imposibles de escuchar. Ilustración: Carolina Salazar L.

Cuentan los que saben, que Johann Wolfgang von Goethe, en su lecho de muerte, pronunció estas postreras palabras: “¡Luz, más luz!”. Lo que no saben los que cuentan es el significado de la singular expresión. Ni podrían saberlo. ¿Cómo poder descifrar si el autor de Las desventuras del joven Werther estaba ingresando —o digamos, mejor su alma estaba hundiéndose— en un abismo de oscuridad y estas palabras constituyeran un clamor desesperado por ser beneficiado —o bendecido— con la iluminación que le permitiera saber dónde estaba o adónde iba? ¿O, acaso, por el contrario, como algunos creen adivinarlo, estaba simplemente describiendo el panorama iluminado que se abría a los ojos de su alma? Nadie podrá asegurar una cosa ni otra.

Hubo un tiempo, seguramente a partir del instante en el que leí este asunto de Goethe, en el que me interesé por tales expresiones postreras de personajes famosos o no, de seres conocidos o desconocidos para mí. Me preguntaba: ¿qué raros e ignotos abismos recorren las mentes de los moribundos?, ¿qué parajes sórdidos o risueños atravesará el ser en ese trance que se llama agonía?

Lo cierto es que en esos momentos finales, la mente parece desbordante de sabiduría o de claridad. Los mensajes finales parecen resumir la vida en un aforismo. El espíritu de un ser de carácter trascendentalista, como el escritor Henry James saludó a la muerte diciendo: “Al fin, esa cosa distinguida”. Y, como era de esperarse, un héroe como Simón Bolívar dijo: “He arado en el mar”.

Frases como estas son recordadas entre los sobrevivientes como ejemplos de trascendencia. Y quedan en la posteridad como verdaderos poemas. Hay otras, de espíritus que acaso parezcan menos profundas o dicientes, pero que si se mira bien, tal vez sea que pertenecen a seres demasiado agudos en sus pensamientos, agudos en sus ideas. Otros en cambio, parecen expresar desdén o poca consciencia del momento trascendental en el que están inmersos, pues cuando sus allegados aguzan el oído para escuchar frases que habrán de inmortalizarlos en su memoria, quedan desconcertados al escuchar un hilito de voz que sale con esfuerzo supremo de un pecho agotado, quedan desconcertados al escuchar expresiones tal vez incoherentes o alusivas a una cotidianidad barata.

Dicen que el escritor Lewis Carroll, autor de Alicia en el País de las Maravillas, quien murió en su casa, en esos últimos segundos estaba enfadado con su enfermera y le dijo: “Quíteme esta almohada. Ya no la necesito”. Y doy fe de que mi abuelo, Juan El Iracundo, quien en su juventud se había dedicado al pastoreo, actividad que interrumpió abruptamente a consecuencia de un derrame cerebral que le dejó paralizada la mitad izquierda de su cuerpo cuando apenas tenía cincuenta años, justo antes de expirar dijo ante los oídos de sus hijos esforzados por escuchar la voz que, además de ser emitida sin fuerzas, salía enmarañada por la enfermedad: “¡Maldita sea: tendré que salir con el sombrero arrugado!”.

¿Acaso estaría soñando con un sábado lejano, cuando en su vida no había obstáculos para ir adonde quería y debía ir al mercado o a la misa? Tal vez su mente seguía inmersa en una rutina que su cuerpo había abandonado. En su mente, las cosas no habían cambiado como sí lo habían hecho en su organismo.

Y empecé a entender que no hay ideas más importantes que otras. ¿Cómo saber decir qué es lo trascendental y qué lo fútil? Hay trascendencia en lo fútil y futilidad en lo trascendente como hay residuos de estiércol en la flor. Comprendí que, no solo en ese aspecto, sino en todos los de la vida, todo es igual o tiene un equivalente significado. El borracho que pasa y escupe como al descuido sobre el césped y el pontífice que besa la tierra al llegar son dos asuntos que, a partir de entonces, comenzaron a resultarme desde todo punto de vista indiferenciables.

Poco tiempo después de aquel interés, esperaba la muerte de mi padre. Él yacía tendido en su lecho de hospital, agonizante, en un trance —o, mejor, en un aparente trance— de tres o cuatro días, en los cuales no solo no había pronunciado palabra ni quejido alguno. De la parquedad que lo distinguió siempre, pasó al mutismo absoluto. Parecía estar hundido en una concentración espesa. En un sueño tan parecido ya a la muerte que no podía ser otra cosa que una especie de prefacio.

Lo expresaré de otro modo: el poeta Darío Lemos escribió en el poema número siete de Sinfonías para máquina de escribir: “Nadie llorará mi embarazo de Dios”. Si dijo que estaba en embarazo de Dios por la proximidad de su muerte, aquejado, como mi padre, de una gangrena, entonces mi padre estaba a punto de parirlo. De parir a Dios o de parirse a la nueva vida en Dios, lo que sea que haya querido decir el poeta. Moriría en cualquier momento. El siguiente segundo, el próximo y el otro y otro más... ¿Cuántos? No serían muchos los que quedaban por delante.

Hacía semana y media lo habían trasladado al pabellón de los moribundos: el piso ocho del hospital León XIII. Los que llevaban allí no salían vivos. Monjas y enfermeras nos lo habían anunciado. Esporádicas eran las visitas de los médicos, por resultarles, tal vez, innecesarias.

Me parece aún estar viendo a ese hombre a quien siempre admiré por ser fuerte como un roble, ahora con el aspecto de un roble atravesado por la plaga. Derrumbado como una catedral que un terremoto ha echado al suelo tras siglos de imponente esplendor.

La gangrena le había devorado una pierna y ahora prometía clavarle una dentellada en la otra y quemar de fiebre el enrojecido cuerpo. En la tarde de un domingo, mi madre y los hijos cumplíamos con el deber de estar allí, sumidos en la tristeza sin lágrimas que nos ha caracterizado. En la espera. Y entre un tic y un tac del reloj paralítico, una apenas perceptible señal del moribundo hizo que me llamasen.

—¡Tu padre! Te necesita. ¡Corre!

Siempre habían dicho, tal vez sin celos, que yo había sido su hijo favorito. Y debo confesar que desde niño, él había demostrado, pero no expresado, un goce especial en estar conmigo. No sé si presumo, pero siendo apenas un mocoso que a duras penas sabía leer, lo acompañaba a apostar a los caballos, él una carrera y yo la otra; a tomarse sus aguardientes; a caminar sin rumbo en sus días de descanso; a comprar algún libro ilustrado para mí; al estadio de fútbol a ver el juego del Independiente Medellín... Era yo quien lustraba sus zapatos y traía sus encargos de la tienda, cuando no quería salir. Y él era quien firmaba mi libreta de calificaciones, cuando alguna nota en rojo hubiera hecho enrojecer de ira a mi madre.

Vi sus ojos medio abiertos y arrimé el oído a su boca. Escuché su respiración difícil y sentí el cosquilleo en mi oreja y en el cuello por la corriente de aire caliente y húmedo, y percibí el olor de las cobijas sudadas. Me llamó a darme la más trascendental de las recomendaciones. El consejo de oro. Me revelará un secreto formidable, el extraño caso que cambiará la historia de la familia o, por lo menos, la mía. ¿Será, acaso que tiene la deferencia de despedirse de mí? Pero nada decía. Cuando creí que no diría nada, que todo no había sido más que una falsa alarma o que el viejo no tenía fuerza alguna para emitir sonido, él, que había sido dueño de un vozarrón tal que hacía pensar que los demás estaban escuchando un trueno, me pareció más débil que el sonido del rayo que cae demasiado lejos:

—Cómo quedó el Medellín...

¿Fue esta la frase que escuchó mi oído? ¿Mi padre ha hecho acopio de la estentórea energía vital para averiguar semejante información?, me preguntaba. ¿Su mente, que desde hace unos días ha adoptado su papel de alma y volará o flotará liviana en algunos minutos, ha sentido la necesidad de enterarse de tal nimiedad?

Desconfié de lo que había escuchado. Estuve tentado a pedirle que repitiera la inquietud, pero me detuve. Hubiera sido un bárbaro haberle impuesto semejante sacrificio. Nunca me he considerado un tipo cruel. Vi el rostro de Esther, mi compañera, quien una hora antes, como si fuera la más cercana de las hijas o simplemente inspirada por el altruismo de la monja que algún día quiso ser, había limpiado sus excrecencias ante el fastidio expresado por mis hermanas... y por mí. Entonces no me quedó duda del mensaje porque ella me hacía señales con su rostro para que no le dijera la verdad. No lo dejes morir con esa frustración. Al menos no con esa. Estuve a punto de hacerlo, pero no sé qué impulso de franqueza me impidió hacerlo.

—Perdimos por 2-1.

En su rostro enrojecido por la fiebre, inmutable, me pareció percibir una expresión de contrariedad. Y lo vi hundirse nuevamente a ese estado de semiinconsciencia en que estaba antes. A ese prefacio de la muerte del que había salido por un momento, como quien logra asomar su cabeza por una ventana fuertemente cerrada.

¿La verdad? De qué vale la verdad en un momento así. Y creí que en efecto yo sí era un tipo cruel. Debí haberle mentido. Haberle despedido con una satisfacción. Para intentar mejorar las cosas, le grité en su oído:

—¡Pero jugamos muy bien!

No creo que haya alcanzado a oír este comentario. Horas después, el prefacio se unió con el tratado del libro con un simple punto seguido: mi padre parió a Dios en la madrugada.


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