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Recuerdos a la vuelta de la esquina

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Las letras han sido guardianas de la memoria de Medellín a través del tiempo. Foto: Andrés Camilo Suárez Echeverry
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Las imágenes del pasado, como los actores en una obra teatral, necesitan su escenario. Están sujetos a una época y a un momento que, entre tantos otros, se aferra a las paredes de la memoria.

Medellín ha sido el tablado de millones de historias, unas alegres, otras con una particular dosis de amargura, que regresan cada tanto para unirse a la memoria colectiva. Aunque devolverse en el tiempo es pensar en varios temas, no solo en la violencia, si bien ese es común y llega casi de primero: como cuando no habían tantos edificios ni estaba el metro o todavía se podía jugar en la calle con el balón. Cada quién va construyendo la ciudad en la que creció, en la que se enamoró, en la que todavía habita. Esos años que saben a nostalgia y a amores perdidos, como el de Frankestein que esta semana anda por la Fiesta del Libro buscando novia entre los edificios anaranjados.

Recuerdos desde la cuadra

Gilmer Mesa, el escritor y filósofo, se animó a narrar su parte de la historia desde su cuadra en Aranjuez, en la comuna 4. No vivió una infancia desdichada, de hecho la gozó cuanto más pudo. Sus primeras impresiones del mundo, y del barrio, se desplegaron con cierta luminosidad. Las recibía en la calle y en la casa, junto a sus amigos, sus padres y sus hermanos.

Pero el reloj corría, la inocencia menguaba, esos amigos crecieron y cuando el conflicto empezó a asomarse “ya todo se empezó a ir al carajo. Hubo un cambio en las actitudes de los pelados porque había cercanía con la gente de la esquina y con el hampa (bandas delictivas). Y ahí es donde uno empieza a tener un temor real de que las cosas puedan dañarse. Hasta que suceden”.

Mesa hace parte de esos que esquivó los golpes, pero la violencia se le puso en frente y movió su mundo. “Todos los que tenemos hoy alrededor de 40 años, o más, somos sobrevivientes de esta ciudad y de los barrios populares. Medellín era muy peligrosa, eso era verdad, y a vos te podía pasar cualquier cosa. En serio explotaban bombas y había balas perdidas”.

El autor de La Cuadra (2016) vio caer a muchos en esa época transitoria entre los 80 y los 90. Uno de ellos fue su hermano mayor, a quien le quitaron la vida en 1991.

Sin embargo, Gilmer Mes sigue orgulloso del lugar del que proviene. “Yo soy antes que nada habitante de Aranjuez, pero tampoco en una suerte de nacionalismo estúpido (como son todos los nacionalismos) sino que es una cuestión de pertenencia. Yo me siento bien estando allí, me siento seguro pese a ser un barrio tan jodido”.

El prefacio de su novela incluye un fragmento de Las Calles, una canción de Rubén Blades que pertenece a su álbum Cantares del Subdesarrollo (2009): “En mi calle la vida y la muerte bailan con la cerveza en la mano. Soy de aquí, de los que sobrevivieron, soy de aquí”. Ahora el escritor reside a diez cuadras de distancia de la cuadra original, en la que creció. Mirar atrás es doloroso y aunque quisiera que muchas cosas fueran distintas, ama la ciudad con todo y sus peores defectos.

Medellín desde fuera

La narración de la violencia es la de los rezagos que dejó. El escritor y filósofo paisa David Gil se propuso crear una ficción llamada Colección de tragedias y una mujer, que relata una historia cuyo detonante es la herencia del narcotráfico.

Gil vivió su infancia en Medellín entre 1986 y 1995, una de las épocas más duras, aunque siente que solo lo tocó de manera tangencial. Cuando era niño era como si la realidad de Colombia le pasara por el lado. En ese tiempo convulso, se daba el lujo de ser muy arriesgado y andar por la calle con sus amigos.

Solo una vez, acampando en una zona cerca a El Retiro, sintió la amenaza de cerca cuando escuchó balas. “No nos pasó nada, pero después me enteré de que ese día mataron a 15 personas con un fusil”, contó.

En su libro, el autor le dedica un capítulo a la muerte de Pablo Escobar. Según él, los escritores paisas siguen tratando ese tema porque sienten que Medellín no ha entendido realmente el fenómeno de ese personaje.

“Ese es un peso que no nos hemos podido quitar de encima porque creo que hemos tendido a echarle la culpa de todo a Escobar. Aquí echamos la culpa con mucha frecuencia, pero muchas veces no somos responsables de nuestros deberes morales y de nuestras obligaciones con el otro y con la ciudad”.

Nos devolvimos a hacer memoria con tres escritores locales, y encontramos estos tres recuerdos

La memoria de la ciudad sigue siendo un proceso en construcción. Escritores han hecho el esfuerzo por narrar sus versiones de la violencia en sus libros, pero hay muchos más.
Recuerdos a la vuelta de la esquina

Contexto de la Noticia

El escritor Gilmer Mesa admira la manera en la que grupos como Alcolírykoz se han dado a la tarea de narrar su propia historia y la de su barrio. “Ellos dignifican lo que cantan sin hacer énfasis innecesarios. Hacen un retrato muy íntimo, personal y a la vez muy universal”. Un ejemplo, Gambeta: Yo quiero volver a la agri-dulzura del noventa y siete,/ mi pupitre una escultura, baños empapados de grafiti,/ tu cara descolorida ya fue pintada,/ mi cara desconocida, mi firma la más buscada”.

“Todas las cuadras y todos los barrios son muy particulares, cada uno tiene sus idiosincrasias, pero en el fondo todos somos muy parecidos. Las personas que nacimos en un barrio popular tenemos cierto aire de bacanería que no tiene otra gente. Disfrutamos con cosas muy simples y tenemos un orgullo muy poderoso por el lugar en el que nacimos y el espacio en donde vivimos. En eso nos parecemos, pero hay pequeñas diferencias que definen a cada uno. No es lo mismo la gente de la cuadra de enseguida, que jugaban fútbol en una loma, a nosotros que cuando niños jugábamos fútbol en lo plano”.

“Yo crecí en el barrio Simón Bolívar, al occidente de la ciudad. Vivía al frente de un parquecito, empecé a hacer amigos, éramos como 20 niños. Nos la pasábamos en la calle, éramos muy temerarios y nos alejábamos mucho de la casa. Mis papás me tenían mucha confianza y me permitían hacerlo. Yo fui un niño scout y era muy arriesgado, tomaba la iniciativa de que camináramos por la ciudad con los demás niños. Al principio íbamos hasta Laureles, pero después caminábamos más lejos, hasta el Cerro Nutibara a pie por toda la 33. Fue caminando como todos fuimos ampliando la cartografía de la ciudad”.

“Yo crecí toda mi vida en un pueblo en Chigorodó y cuando llegué a Medellín cuando tenía unos 20 años, en 2004, fue una experiencia aterradora. No me imaginé nunca cuando estaba en Urabá que viviría en una ciudad tan grande. Ahora sé que no lo es tanto y que hay cosas más monstruosas, pero para mí siempre implicó lidiar con el miedo.

El primer recuerdo que tengo de Medellín es de 1997, cuando era muy pequeño, está relacionado con una urgencia médica porque sufrí un accidente. Mi primera relación con esta urbe me remonta a un hospital y a una cirugía, y creo que el terror en la ciudad en parte viene de ahí. De ese principio”.


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