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Adoptar escritores y las historias de sus libros

ElColombiano
ilustración sstock

Toparse con una historia que engancha es uno de los mayores placeres de un lector. Poder viajar rápido entre las páginas y sentir que cada segundo que corre es una valiosa inversión. Al leer un libro saltan a la cabeza decenas de preguntas. Para muchos, sería un privilegio charlar con un autor para consultarle cómo unió cada fragmento.

Por ese motivo, la Secretaría de Cultura Ciudadana de Medellín, a través de los Eventos del Libro, ideó la estrategia Adopta a un Autor en 2013, un proyecto que tiene como fin unir a escritores con jóvenes lectores bajo un plan de apoyo que se desarrolla con diversas instituciones educativas.

Solo este año, 11.000 muchachos se vieron beneficiados, y en los últimos cinco años, 459 autores han llegado a diversos colegios y otras entidades educativas y culturales para compartir con sus lectores, quienes se preparan para recibirlos. “Es un modelo que se ha vivido en varias ferias del mundo. Se hicieron un par de modificaciones y se adaptó a nuestro contexto”, contó Diego Aristizábal, director de los Eventos del Libro.

Este miércoles se cierra en el Teatro Parque Explora la edición de este año. Será un agradecimiento a los maestros que la han desarrollado de manera creativa en sus salones de clase, que han hecho posible, finalmente, que sus alumnos adopten a un escritor, como a estos tres que comparten su experiencia.

ALBERTO SALCEDO RAMOS

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Fue la primera adopción de este cronista y también la primera oportunidad en la que los talleres de Prensa Escuela, de EL COLOMBIANO, acogían a un autor y lo analizaban a fondo.

Decenas de colegios en la ciudad ya habían tenido escritores en sus aulas, hablando de cerca con ellos, pero Prensa Escuela no es un colegio y sus participantes no están divididos en salones de clase. Se trata de un proyecto que busca que jóvenes de grados sexto a undécimo se acerquen a su realidad por medio del periodismo, pero no necesariamente con el propósito de que se vuelvan escritores o reporteros.

Por eso, Clara Tamayo, coordinadora de Prensa Escuela, tenía la idea de que el autor que adoptaran fuera también un periodista: que los jóvenes aprendieran al leer sus crónicas, por ejemplo, y se dieran cuenta de cómo las letras y las verdades se unen de maneras que a veces parecen salidas de la imaginación.

Fue así como se expidió el certificado de adopción: el barranquillero Salcedo Ramos fue el elegido y quien se los comunicó en video a los estudiantes. Los jóvenes le enviaron mensajes de vuelta y mientras tanto se reunían un viernes cada dos semanas para leer tres de sus crónicas.

Fueron de lo más sencillo a lo más complejo, de acuerdo con Tamayo. Leyeron primero la historia que hablaba de la insoportable Socorrito Pino en La niña más odiosa del mundo. Luego se adentraron en La Travesía de Wikdi, un recorrido por los trayectos eternos y peligrosos que un niño tiene que atravesar todos los días con el único propósito de ir a estudiar. Finalmente, llegaron a Lazos de Sangre, uno de sus relatos más complejos: el de dos hermanos divididos por bandos enemigos en la guerra más larga que enfrentó el país.

Fue hasta el 14 de septiembre, durante la Fiesta del Libro y la Cultura, que el autor y los jóvenes se encontraron. Tuvieron una charla larga que duró un poco más de dos horas y en la que Salcedo contestó cada una de sus inquietudes.

“El valor (de la propuesta) es múltiple. Por un lado, saca las letras de los libros y les da vida. Las pone en contacto con los niños y jóvenes. Ellos tienen, entonces, una posibilidad de usar las palabras de un modo distinto. Pueden interpretar, narrar, hacer memoria – dice el escritor –, contar historias los estimula. No es que necesariamente se vayan a volver periodistas o escritores, pero sí pueden aprender a leer la realidad de una manera distinta. Pueden aprender algo que es fundamental: hacer preguntas”. Al terminar, el grupo de muchachos le entregó al autor un cuaderno lleno de cartas sobre las sensaciones que les generaron las crónicas. Fue un acto que conmovió tanto a Salcedo, que él compartió algunas de ellas en sus redes sociales. “Fue una experiencia tan bella como enriquecedora. Los muchachos tienen chispa y sensibilidad”, dice el cronista. Después de esta experiencia, ¿habría algún ídolo del pasado con quien a él le hubiera gustado compartir de esa manera? “¿Si yo hubiese podido adoptar a un autor cuando era pequeño? No sé. Más bien te digo que me habría gustado tener esa oportunidad cuando era chico”.

MARIO ALBERTO DUQUE

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“Que te lean. ¡Para qué más! En el fondo —aunque habrá quién diga que no—, todo aquel que escribe busca eso: lectores. Publiqué hace poco, con la editorial Frailejón, un libro de cuentos. Nueve en total. Se titula Pudo ser así, una mezcla entre noticias y ficción, unas recientes, otras de hechos ocurridos en Medellín el 9 de abril de 1948, el día que mataron a Jorge Eliécer Gaitán.

Y en la Institución Educativa Progresar, en El Picacho, donde algún día llegará un metrocable y desde donde Medellín se ve pequeña y larga, los leyeron. Me adoptaron, sería lo correcto. Pudo ser así llegó a aquellas aulas como parte del programa Adopta un autor.

En grupo y en voz alta, como se hacía en los antiguos salones de lectura, los profes de Español, Marcela Correa y Jonatan Vargas, leyeron a sus estudiantes de 9, 10 y 11 Tablas, Hatton Garden, Ankor, Para Pierre, de Pablo, No, señor juez, Uppercut para un tal Jack London, A mano armada, Vuelve y Akimotos.

Ellos escucharon, preguntaron, investigaron. Esculcaron en internet la historia de Yiyo, el torero; se metieron a ver si era cierto eso de unos viejos ladrones en Londres y se angustiaron con los finales de algunos de los cuentos. Y luego, me invitaron a ir.

Fui a la Institución Educativa Progresar con una emoción contenida desde el día que me invitaron a nhacer parte del programa, con una angustia, con la duda (perdón, muchachos) sobre si sí se habrían leído los cuentos. Todos los colegios se parecen unos a otros: los corredores, el patio que es a la vez cancha, la cafetería, el rumor de los salones, el olor... No puedo evitar entrar a un colegio sin que se me altere la memoria olfativa de aquellos donde estudié.

Llegamos al colegio en hora de clase, porque los corredores estaban vacíos. Me recibió el profesor Jonatan y la alumna Yéssica Ramírez, quien me dio la bienvenida. Los seguí al segundo piso, por un corredor hasta el auditorio donde me recibieron con una lluvia de aplausos totalmente inmerecida, pero gratificante.

En las paredes había carteleras con los nombres de los cuentos. Los estudiantes Juan Manuel Mesa y Laura Narváez convirtieron en cómic la historia de los ladrones de Hatton, dibujado en un pliego de cartulina.

Hablé un rato, no sé bien de qué. De lo que hago, del oficio de periodista, de mis gustos, de lo que leo, del proceso tras Pudo ser así... Y luego preguntaron ellos, de todo: por los nombres de los cuentos, por el origen de ellos, por asuntos que ni siquiera había pensado sobre las historias que escribí, quisieron saber hasta sobre el porqué de un par de groserías que hay en los relatos que los asombraron al oírlas en boca de sus profes. Otro estudiante, Felipe Naranjo, se adueñó de las palabras y me preguntó un montón de cosas que llevaba anotadas en una libreta, entre ellas algo bellísimo a lo que aún le busco respuesta: que si he tenido algún amor platónico literario.

Hubo, además, una obra de teatro. La profesora Sulma Muñoz seleccionó Vuelve y lo puso en escena con las actuaciones de Jeremy Rengifo, Juan Pablo Eusse, Yulieth Montoya, Franklin García, Kimberly Ariza y Miguel Arroyave.

Uno de ellos dijo que Pudo ser así era el único libro que se había leído y yo espero que sea, apenas, el primero de una larga lista. “Es una estrategia maravillosa que involucra a los estudiantes en la lectura”, me dijo el profe Jonatan. Pero no sabe él lo maravilloso que es ese encuentro con quienes te leen”.

ALFONSO BUITRAGO

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“–¿Y todos esos hijos de dónde los sacaste? –me preguntó una colega periodista al ver una foto mía en Instagram donde aparezco junto a tres niños disfrazados y rodeado de otros tantos con uniforme de colegio.

En realidad, yo no me los había “sacado” de ninguna parte. Más bien al contrario, ellos me habían sacado a mí de la rutina de un día cualquiera. Eran estudiantes de la Institución Educativa Cristo Rey. Y yo estaba allí invitado por el programa Adopta un autor, que promueve la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín.

–He oído lo de adopta un autor y me parece de una belleza subida –continúo la colega.

–No te imaginás. Los niños son de lágrima –le dije.

–Los neuróticos escritores necesitan que los chiquilines los adopten. La orfandad de la escritura es imposible.

Escribir es un acto tan egoísta y tan altruista al mismo tiempo que uno no sabe si pasarse a vivir a un sótano solitario para tener el mínimo contacto con la gente o pararse en la mitad de una plaza pública a suplicar por que alguien te oiga.

Ante semejante “orfandad” no hay nada tan humano, tan generoso y genuino, como que a uno lo adopte un grupo de niños. Y si es toda una institución educativa, con sus muchachos de bachillerato, maestros y directivas, ya uno se siente poco digno de semejante acogida. Pero las necesidades del ego al fin y al cabo triunfan y uno se deja contemplar.

Mi orfandad debe haberse propagado por la ciudad, porque he sido adoptado varias veces, en instituciones educativas de Aranjuez, Castilla, Palmitas y Cristo Rey. Quizás sea porque al leer el título del libro por el que lo han hecho: El hombre que no quería ser padre, los lectores piensen que deben darme un poco de abrigo.

En mi primera vez, en Aranjuez, aparte de ver mi cara y la carátula de mi libro en las carteleras del colegio, y del recibimiento en una aula-biblioteca con la muchachada de pie y aplaudiendo, me sorprendió el interés del promotor de lectura por mi libro. Era un hombre de mi edad, moreno y acuerpado, que me decía que él era de Aranjuez, como lo había sido mi padre. Luego del agasajo y las preguntas de los estudiantes, el promotor me dijo que se llamaba Gílmer Mesa y me entregó un manuscrito en un sobre de manila. Más tarde, con esa historia de La cuadra de su barrio, Gílmer consiguió convertirse en escritor y, por tanto, inició su propio camino de orfandad y así la oportunidad de ser adoptado.

También he pasado por momentos inverosímiles, en los que niños que todavía no saben leer recitan fragmentos de mi libro, como me ocurrió en mi última adopción en la I.E. Cristo Rey. El entusiasmo de sus maestros y estudiantes fue tal, que no pude contener las lágrimas. Me recibieron con una representación en la que tres niños de unos cinco años, vestidos como personajes de mi libro, recitaban una escena familiar.

Nunca me imaginé que la historia de mi padre fuera apta para menores. Es posible incluso que los adolescentes requieran acompañamiento de un promotor de lectura, ojalá uno de lujo, como lo fue Gílmer en Aranjuez. Pero la generosidad de la maestra de preescolar de Cristo Rey con mi historia, quizás incluso su valentía de compartirla con sus niños, había conseguido interesarlos y llevarlos a crear su propia versión.

Después del acto teatral varios niños más grandecitos, increíblemente despiertos, me tuvieron ocupado respondiendo a por qué había escrito una historia sobre mi padre, y me hicieron esforzar para convencerlos de que la lectura es una forma de compañía. Al final, uno de ellos, un pequeño de esos que nunca conocerán la vergüenza ni se intimidarán fácilmente, me dijo que ya no quería soldado, sino escritor. Si después de todo lograba quitarle un par de manos a un fusil, algo real y concreto había conseguido con mi historia.

Los de bachillerato, aunque un poco más tímidos, continuaron con preguntas aún más difícil. Preguntas que me hicieron pensar por primera vez en todo lo que había dejado de decir en mi libro. Me contaron que tenían un club de lectura y una de las estudiantes me entregó un poema escrito en un pedacito de hoja cuadriculada de cuaderno: “Tantos fenómenos en el mundo, mortales, grandes, una total catástrofe, pero nada se compara con nuestro amor, hermoso y tosco”, firmado por Laura Sofía Galvis.

Al final del evento, como homenaje a mi libro, me regalaron un taxi de cartón de mi tamaño, un libro hecho a mano con fotos mías y fragmentos de la historia y en el patio desplegaron unos tres metros de papel kraft con el dibujo de mi rostro y una camisa estampada con edificios de Medellín. El acto de adoptar un autor se puede convertir en un pequeño culto escolar a la vanidad del adoptado. Un afectuoso antídoto en caso de orfandad”.


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