Literatura | Publicado el

Hay escritores que se desnuda en su querido diario


ilustración Elena ospina

Tal vez no lo comienzan con la cursilería de “Querido diario...”, palabras con las que lo empiezan las quinceañeras, pero cuando los escritores emprenden la tarea de anotar en un cuaderno lo que les acontece, el espíritu que los impulsa es el mismo.

¿Cuál? Poner la vida en perspectiva. Y como esos capitanes que escriben al final del día su bitácora, con los incidentes notables, los escritores registran las lecturas que hicieron, las personas con las que hablaron, los temas que abordaron. Y, claro, también sus pensamientos y sentimientos.

No todos los escritores se ocupan de tales cuadernos, sin embargo. Para algunos de ellos se trata de una herramienta de trabajo para tomar apuntes de lo que ven, oyen y piensan. Para otros, es la base de obras que luego publicarán ellos o quienes, después de su muerte, los encuentren por ahí limpiando su armario.

Esto decían

Franz Kafka expresó en ellos sus pensamientos sobre sus amigos, el sexo, la literatura; Cesare Pavese consignó en El oficio de vivir reflexiones profundas sobre la época; Alejandra Pizarnik, descarnada y palpitante, hablaba de vida y muerte; León Tolstoi es entretenido si se quiere: un día está en la Guerra de Crimea, luego cortando hierba con los campesinos, después aprendiendo zapatería y, más tarde, griego para leer a Homero; Virginia Woolf plasmaba en ellos vivencias, intimidades y reseñas de sus lecturas; el poeta Fernando Pessoa registraba las lecturas y escrituras que adelantaba, lo mismo que la sensación de aislamiento de su familia, amigos y mujeres, e incluía fragmentos de trabajos periodísticos y asuntos personales como las dificultades económicas; Anaïs Nin escandalizó a los de su época con confesiones eróticas, no pocas de ellas incestuosas y un largo etcétera.

Kazuo Ishiguro, el más reciente Nobel de Literatura, los usa para que los personajes de Los restos del día y Nunca me abandonen hagan memoria.

Documentos valiosos

Elkin Obregón, que además de dibujante es librero y editor, llega oportuno al tema:

“Acabo de leer uno muy bonito. El de Jules Renard, el mismo autor de Pelo de zanahoria. Me encantó por sincero, cosa que se cuestiona mucho, especialmente si se trata de un diario”.

Recuerda que entre estos documentos los hay que los autores escriben con el propósito de que los lean; otros no porque, de verdad, son íntimos. Estos, aunque consignen cosas sencillas, aparentemente sin importancia, son valiosos, “porque uno en ellos encuentra la evolución del pensamiento del autor”.

Cuenta que leyó el diario de Gustave Flaubert en una edición muy fragmentada y, a los días, vio en la televisión francesa un especial sobre ese documento completo y quedó con “envidia” de quienes lo habían leído en forma íntegra.

El escritor Memo Ánjel también es seguidor de los diarios. Destaca entre estos los de Franz Kafka, porque plasma sus pensamientos, que se notan en su literatura y porque “es observador y describe, por ejemplo, a la gente que va en los trenes”.

El de Sándor Márai, dice el escritor, le generó una gran impresión por sus reflexiones fuertes sobre la vejez. Robert Musil escribió El hombre sin atributos, novela en la que examina la existencia sin objetivos de su antihéroe Ulrich. Esta obra, como se sabe, quedó incompleta, “pero se termina en los diarios”.

Estos cuadernos íntimos, incluso los que parecen anodinos, añade Ánjel, son importantes para quienes los escriben y también para quienes los leen. “Estos se apropian de ellos porque entran muy fácilmente a través de la primera persona” y, además, se convierten en guías de lecturas.

Hay diarios de viajes y los hay de campo. Estos son los que llevan los antropólogos sobre sus observaciones. Los hay reales y también ficticios.

Así, son documentos interesantes que ayudan a entender el pensamiento de los autores.

Contexto de la Noticia

Hay escritores que recurren al modelo del diario para estructurar sus novelas. Son ficticios. No son del autor, son de un personaje. Entre estos, hay algunos títulos publicados en los últimos meses. Destacamos dos:

Los cuadernos del agente secreto, de Antonio Muñoz Molina (Seix Barral). La estructura más visible de esta novela es el diario personal, el cuaderno de campo donde el antropólogo registra lo que ve, escucha y piensa.

Clavícula, de Marta Sanz (Anagrama). La narradora escribe un diario de su mal. Porque es, a la vez, una novela de terror con el cuerpo como casa encantada, que se convierte en un complejo objeto de consumos y afectos. Es una de las invitadas a la Fiesta del Libro en septiembre.

“24 de marzo.

Esta espera inenarrable, esta tensión de todo el ser, este viejo hábito de esperar a quien sé que no va a venir. De esto moriré, de espera oxidada, de polvo aguardador. Y cuando lleve un gran tiempo muerta, sé que mis huesos aún estarán erguidos, esperando: mis huesos serán a la manera de perros fieles, sumamente tristes en la cima del abandono”.

“11 de mayo de 1906.

Empecé a leer seriamente todos los libros que leí, sin demasiado provecho, durante la niñez y la adolescencia. Leí Las peregrinaciones de Childe Harold y los Cantos I y II de las Melodías hebreas de Byron; La víspera de Santa Agnes de Keats, los primeros capítulos de Hombre criminal de Lombroso y un pequeño poema de Shiller (traducido con dificultad, porque apenas estoy empezando a aprender alemán)”.

“17 de octubre.

Habiendo recomenzado esta mañana y terminado el poema de la liebre, del cual, justamente por culpa de la liebre, desesperaba, siento cierta osadía para perseverar en el oscuro esfuerzo. Me parece haber conquistado de veras tal instinto técnico que, sin pensar deliberadamente en ellas, mis fantasías me brotan ya imaginadas de acuerdo con esa fantástica ley que mencionaba ello de octubre”.

“Domingo, 15 de abril, 1962.

Cuando me disponía a partir, decidí preguntarle una vez más por los enemigos de un hombre de conocimiento (...). Titubeó un rato, pero luego comenzó a hablar.

-Cuando un hombre empieza a aprender, nunca sabe lo que va a encontrar. Su propósito es deficiente; su intención es vaga. Espera recompensas que nunca llegarán, pues no sabe nada de los trabajos que cuesta aprender”.

“(...) Si me pongo a pensarlo, tengo que decir, que, en muchos sentidos, mi educación me ha perjudicado mucho. Este reproche afecta a una serie de gente: a mis padres, a unos cuantos parientes, a determinados visitantes de nuestra casa, a diversos escritores, a cierta cocinera que me acompañó a la escuela un año seguido, a un montón de maestros (que debo comprimir estrechamente en mi memoria”.

“Hay una fisura en mi visión, en mi cuerpo, en mis deseos, una fisura permanente, y la locura la empuja adentro y afuera, adentro y afuera. Los libros están sumergidos, las páginas arrugadas; cada perfección piramidal arde totalmente al impulso de la sangre.

El esfuerzo que hago para perfilar, cincelar, demarcar, separar y simplificar es una idiotez. Debo dejarme fluir multilateralmente”.


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