Literatura | Publicado el

El fuego del amor se aviva con las cartas


ilustración Elena ospina

Rezo cada día para que tu esposo fallezca. Con estas palabras el compositor Joseph Haydn le declaró su amor a la cantante Luigia Polzelli.

Así son las cartas de los amantes, tórridas. Bajo el influjo de sus pasiones, parece que a algunos escritores los inspira Erato, la musa de la poesía amorosa.

Porque, ¿de qué otro modo se explica que unas “simples” cartas consigan instalar su amor en la memoria y lo pongan a salvo del polvo y las cenizas del olvido?

Célebres y muy citadas son las que Napoleón le enviaba a Josefina. Ante ella, él dejaba de ser emperador. En el libro Los grandes hombres también hablan de amor, de Planeta, Úrsula Doyle muestra una misiva en la que él, aún poderoso, le hace un pueril reproche:

“No le amo, en absoluto; por el contrario, le detesto, usted es una sin importancia, desgarbada, tonta Cenicienta. Usted nunca me escribe; usted no ama a su propio marido; usted sabe qué placeres sus letras le dan, pero ¡aun así, usted no le ha escrito seis líneas, informales, a las corridas!”.

Quienes escriben cartas de amor tienen trucos —literarios, no en los sentimientos—. Unos muestran incapacidad para describir lo que sienten: Ernest Hemingway le dice a su amada, la actriz berlinesa Marlene Dietrich: “No puedo explicar por qué cada vez que te he rodeado en mis brazos me he sentido como en casa”.

Otros se aseguran de expresar que no solo se trata de un amor platónico. James Joyce pasaba del amor al erotismo con facilidad. Aquí se queda en el umbral de ambos espacios: “Querida Nora, ¿estarás ‘libre’ esta noche a las ocho y media? Espero que así sea, porque he tenido tantas preocupaciones que necesito olvidarlo todo en tus brazos”.

Estos fragmentos de cartas de amor trascendieron su tiempo, para coleccionar.

Los cartas, y en especial las de amor, constituyen un género llamativo de la literatura. Expresan hondos sentimientos al acudir a metáforas y descripciones cargadas de lirismo.

Contexto de la Noticia

“Mi amado ángel,

Estoy loco por ti: no puedo unir dos ideas sin que tú te interpongas entre ellas. Ya no puedo pensar en nada diferente a ti. A pesar de mí, mi imaginación me lleva a pensar en ti. Te agarro, te beso, te acaricio, mil de las más amorosas caricias se apoderan de mí.

En cuanto a mi corazón, ahí estarás muy presente. Tengo una deliciosa sensación de ti allí. Pero mi Dios, ¿qué será de mí ahora que me has privado de la razón? Esta es una manía que, esta mañana, me aterroriza.

Me pongo de pie y me digo a mí mismo: “Me voy para allá”. Luego me siento de nuevo, movido por la responsabilidad. Ahí hay un conflicto miedoso. Esto no es vida. Nunca antes había sido así. Tú lo has devorado todo.

Me siento tonto y feliz tan pronto pienso en ti. Giro en un sueño delicioso en el que en un instante se viven mil años. ¡Qué situación tan horrible!

Estoy abrumado por el amor, sintiendo amor en cada poro, viviendo solo por amor, y viendo cómo me consumen los sufrimientos, atrapado en mil hilos de telaraña.

O, mi querida Eva, no lo sabías. Levanté tu carta. Está frente a mí y te hablo como si estuvieras acá. Te veo, como te vi ayer, hermosa, asombrosamente hermosa.

Ayer, durante toda la tarde, me dije a mí mismo: ‘¡Es mía!’. Ah, ¡los ángeles no están tan felices en el paraíso como yo lo estaba ayer!”.

“(...) Tu amor me ha hecho el más feliz y el más infeliz de los mortales. A mi edad necesito estabilidad y regularidad en mi vida. ¿Puede esto coexistir con nuestra relación? Ángel, acabo de oír que va el correo cada día, y por lo tanto debo cerrar esta, de modo que puedas recibirla inmediatamente. Manténte tranquila; solamente al considerar tranquilamente nuestras vidas podremos alcanzar nuestro propósito de vivir juntos. Manténte tranquila, ámame, hoy, ayer. Qué nostalgia llena de lágrimas por ti, por ti, por ti, mi vida, mi todo. Todos los buenos deseos a ti. Oh, continúa amándome, nunca juzgues mal el corazón fiel de tu amado. Siempre tuyo. Siempre mía. Siempre de ambos”.

“Usted estará apesadumbrada, sorprendida, y desconcertada, al oír la extraña enfermedad que tengo desde que usted se fuera. Mandé buscar al doctor, y dije, ‘Deme alguna medicina porque me siento cansado’. Él dijo, ‘¡Estupideces sin sentido! Usted no necesita la medicina: ¡vaya a la cama!’

Dije, ‘No; no es la clase de cansancio que pide la cama. Mi rostro trasunta cansancio’. Él se veía con expresión grave, y dijo, ‘Oh, es su nariz la que está cansada: una persona habla a menudo demasiado cuando piensa que tiene todo claro’. Dije, ‘No, no es la nariz. Quizás sea el pelo’. Entonces él se vio algo serio, y dijo, ‘Ahora sí entiendo: usted estuvo peinando el pianoforte’.

‘No –dije-, de hecho no lo he hecho, y no es exactamente el pelo: más bien sobre la nariz y el mentón’. Entonces él serio durante largo rato, y dijo, ‘¿Ha estado usted caminando mucho con la barbilla?’. Dije, ‘No’. ‘Bien’, dijo él, ‘esto me desconcierta mucho. ¿Usted cree que el problema estará en los labios?’ preguntó.

‘Por supuesto’, dije. ‘¿Qué es exactamente?’.

Entonces el se vio muy serio, por cierto, y dijo, ‘Yo creo que ha estado dando demasiados besos...’

‘Bueno’, dije: ‘Le di un beso a una niña, una pequeña amiga mía’.

‘Piense otra vez’. Dijo él: ‘¿está seguro de que haya sido solo uno?’.

Pensé otra vez, y dije: ‘puede que hayan sido
once veces’.

Entonces el doctor dijo: ‘Usted no debe darle ni uno más hasta que sus labios se hayan recuperado’.

‘Pero ¿cómo hago?’, le dije, ‘¡le debo ciento ochenta y dos besos más!’.

Entonces se vio tan serio que las lágrimas corrían por sus mejillas y me dijo: ‘Mándeselos en una caja’.

Entonces recordé una pequeña caja que compré una vez en Dover, pensando que podría regalarla alguna vez a alguna niña u otra persona. Así que los empaqué bien cuidadosamente.

Dígame si le llegan bien o si alguno se pierde en el camino”.

Desde que te conozco, hay un eco en cada rama que repite tu nombre; en las ramas altas, lejanas; en las ramas que están junto a nosotros, se oye.

Se oye como si despertáramos de un sueño en el alba.

Se respira en las hojas, se mueve como se mueven las gotas del agua.

Clara: corazón, rosa, amor...

Junto a tu nombre el dolor es una cosa extraña.

Es una cosa que nos mira y se va, como se va la sangre de una herida; como se va la muerte de la vida.

Y la vida se llena con tu nombre: Clara, claridad esclarecida.

Yo pondría mi corazón entre tus manos sin que él se rebelara.

No tendría ni así de miedo, porque sabría quién lo tomaba.

Y un corazón que sabe y que presiente cuál es la mano amiga, manejada por otro corazón, no teme nada.

¿Y qué mejor amparo tendría él, que esas tus manos, Clara?

He aprendido a decir tu nombre mientras duermo. Lo he aprendido a decir entre la noche iluminada.

Lo han aprendido ya el árbol y la tarde...

Y el viento lo ha llevado hasta los montes y lo ha puesto en las espigas de los trigales. Y lo murmura el río...

Clara: Hoy he sembrado un hueso de durazno en tu nombre.

Amor Mío:... En cuanto nos separa un espacio, me convenzo enseguida de que el tiempo es para mi amor como el sol y la lluvia para una planta: lo hace crecer. Apenas te alejas, mi amor por ti se me presenta tal y como es en realidad: gigantesco; en él se concentran toda mi energía espiritual y toda la fuerza de mis sentidos....

Sonreirás, mi amor, y te preguntarás que por qué he caído en la retórica. Pero si yo pudiera apretar contra mi corazón el tuyo, puro y delicado, guardaría silencio y

no dejaría escapar ni una sola palabra./ Karl.


Powered by