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El hombre que encontró, entre libros, su lugar en el mundo

ElColombiano
Álvaro Castillo Granada es el autor de Un librero. También es editor y librero. ILUSTRACIÓN sstock

Un librero es muchas cosas a la vez. “Es la mano que se da para que el libro y su lector hallen su destino. Es parte del acto de la lectura. Con él la lectura avanza un paso más hacia su posibilidad. Es, también, un compañero, un mago, un confesor, un asesor. En resumidas cuentas: un cómplice”.

Así, con notable afecto, habla Álvaro Castillo Granada de un librero. Él lo es por vocación. Y es el autor de la obra Un librero, novedad de Random House.

Usted hizo de su pasión por los libros un oficio. ¿Cómo surgió la idea de hacer de ese oficio un libro?

“Soy una persona que siente, de cuando en cuando, la necesidad de escribir. Me gusta hacerlo y es un placer para mí. Una urgencia que solo encuentra sosiego cuando hallo la frase inicial. A partir de ese momento el texto se desencadena. Con el paso del tiempo me di cuenta de que algunos de esos textos tenían una unidad temática: mi oficio”.

Los géneros se desdibujan, Un librero puede tal vez clasificarse como novela.

“Yo llamo a lo que escribo ‘textos’. Mezcla de ficción, crónica, reflexión y autobiografía. Me gusta muchísimo ese mestizaje que los habita”.

Más que el librero, los personajes centrales son los libros. ¿Cómo se planteó la obra?

“Los textos de Un librero nacieron de experiencias personales que necesitaron transformarse en escritura. Misterios a los que les inventé una posible respuesta. Leo sin parar: soy un lector voraz. De alguna manera todo va a parar a una olla donde se cuecen los textos. La Victoria, por ejemplo, surge de la necesidad de encontrarle explicación a un hecho histórico que encontré en un periódico durante una investigación que hice en la Biblioteca Nacional de Chile. ¿Quién arrojó la botella? ¿Por qué lo hizo? Detrás de la ficción hay una documentación inmensa. Lo real se convirtió en un pretexto para inventar.

¿Cómo surgió en usted la pasión por los libros?

“Desde niño empecé a leer. Era tímido y los libros fueron el lugar ideal para esconderme. Hay varios libros que acompañaron al niño que fui: Corazón, de Edmundo de Amicis; Las mil y una noches; Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain, y tres novelas de Julio Verne: Viaje al centro de la tierra, De la tierra a la luna y Miguel Strogoff. Desafortunadamente esos ejemplares ya no los conservo. Los regalé. Fui un comprador precoz de libros usados, a mediados de la década de los ochenta, en la calle 19. Ir ahí, a buscar con mis amigos del colegio, era toda una aventura. Una expedición asombrosa. De esos libros, de ese lugar, comenzó a crearse y nacer mi biblioteca”.

¿Es usted animista? Cree que los libros tienen vida? En el nombre de su librería, San Librario, le otorga carácter religioso y poderes de santo.

“Nunca me he planteado esa posibilidad. Creo que todo pasa o sucede por algo. Que los seres estamos destinados a encontrarnos y desencontrarnos. Los libros, la lectura, hacen parte de la vida cotidiana. De esa manera creo que el libro busca a su lector. A sus lectores. Y viceversa. Lo experimento todo el tiempo. Es una sensación muy extraña. Es (siguiendo a Julio Cortázar) una figura que se va formando y solo encuentra su definición cuando el libro y su lector se tropiezan y reconocen”.

Las dedicatorias abundan. ¿Por qué son tan significativas para usted?

“Para mí la escritura es, también, una manera de encontrarse con el otro y no dejar que se olvide. Que se borre. Que se desvanezca. En ese sentido casi siempre escribo para alguien. Con alguien. ‘Honrar, honra’, dice el refrán. Creo en esto siempre”.

En el libro hay personajes libreros, lectores, autores... ¿Cuáles le han enseñado en sus oficios de lector, editor y librero?

“Cada encuentro con una persona (sea, en este caso, librero, lector o autor) es una de las cosas más grandes que nos pueda pasar. De todos aprendemos. Gracias a esto somos más. Gracias a mi oficio he conocido a seres extraordinarios, que me han abierto los ojos y mostrado el mundo. Esto no puedo olvidarlo ni dejar de reconocerlo. El librero que yo quiero ser, también, es el que me gustaría encontrarme. A partir de ese anhelo he intentado crear al que soy”.

La obra se puede leer con la idea de que el autor es librero o de que el personaje es librero. En este caso, se convierte en novela.

“Todo lo que se cuenta es cierto. Hasta lo que se inventa. El librero es el narrador. No soy yo, aunque lo sea”.

Álvaro Castillo Granada es autor de Un librero. En esta obra, los textos son relatos en los que cuenta cómo encuentra algunos libros. Historias que no solo suceden en Colombia.

Contexto de la Noticia

Leí por ahí que le consiguió libros o datos a Gabriel García Márquez. ¿Qué era?

“Tuve el honor de servirle como librero. Algo que jamás me imaginé ni en la más delirante de mis fantasías. Le serví como “datero” en Vivir para contarla. Me ponía tareas que parecían imposibles. El primer libro que le encontré fue ¿Arde París?, de Dominique Lapierre y Larry Collins”.

¿Cuáles libros le ha dado más placer al obtenerlos?

“A todos los quiero por igual. Todos han sido aventuras y alegrías infinitas. Siempre estoy orgulloso del último y a la espera del que va a venir”.

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álvaro Castillo granada
Escritor
Álvaro Castillo Granada nació en Bucaramanga, en 1969. Está radicado en Bogotá desde hace años. Allí fundó, con otras personas, la librería San Librario, dedicada a la compra y venta de libros de segunda —ojalá leídos—. Ha publicado El libro (recuerdos de un lector), 2004; Julio Cortázar. Una lectura permutante del capítulo 7 de Rayuela, 2005; En viaje, 2007; De cuando Pablo Neruda plagió a Miguel Ángel Macau, 2008, y Encuentros con Paco Ignacio Taibo II.

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