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Roberto Burgos Cantor, el señor de las letras

ElColombiano
El autor había recibido este año el Premio Nacional de Novela por Ver lo que veo. Era director del Departamento de Creación Literaria de la Universidad Central. FOTO Colprensa

Maestro. Esa es la palabra en la que coinciden varios amigos que recuerdan la persona que era el escritor cartagenero Roberto Burgos Cantor.

Era sencillo, tranquilo y brillante. No alcanzan los adjetivos. Se desempeñó hasta el último día de su vida como director del Departamento de Escrituras Creativas de la Universidad Central en Bogotá y además era un autor generoso con sus letras, que iba adoptando talentos como un padre literario en su camino.

Ver lo que Veo (2017) fue su última obra, reconocida con el Premio Nacional de Novela del Ministerio de Cultura. Allí retomó su origen y su caribe, y quedará como un testimonio de lo que fue la vida a través de los ojos del maestro.

Tres amigos lo recuerdan, un día después de que se fuera, a los 71 años, muy de repente. Al parecer por problemas cardiacos.

Miguel Ángel Manrique, escritor y profesor

“Era un cartagenero de buenas maneras, de habla pausada, supremamente disciplinado en su trabajo y en su vida personal. Le gustaba escribir en las mañanas y en las tardes se iba a trabajar”.

Era un cuentista, claro, pero también están sus grandes novelas. Entre ellas El vuelo de la paloma (1992), Pavana del ángel (1995), Ese silencio (2010) y La Ceiba de la Memoria (2007). “Esa es una obra total (Ceiba). Fue una de esas piezas hechas a la manera clásica, robusta tanto en el estilo como en la historia. Eso era parte de lo que Roberto significaba para mí y para muchos que seguimos la literatura colombiana”.

En ese relato conjugó episodios históricos que pertenecen de manera permanente en la memoria, que hablan de un origen y que indagan en lo más hondo de una cadena de sucesos que pudo tener como resultado este momento en el tiempo. Ese texto lo hizo merecedor del Premio de Narrativa de Casa de las Américas de la Habana en 2009 y finalista del Rómulo Gallegos un año más tarde.

“Creo que era uno de los últimos clásicos de la literatura colombiana. Con él y su muerte se cierra una época importante de quienes fueron nuestros grandes escritores: los de obras sólidas, duraderas, maduradas y pensadas. Cuidaba mucho el estilo de sus textos”.

Guido Tamayo, escritor y profesor

“Roberto era un personaje muy especial, del caribe transplantado a Bogotá, que siempre conservó su calor caribeño e hizo un aporte a la identidad de su región. Roberto con esa manera de ser tan calmada, con esa forma pausada de reflexionar y con ese gran conocimiento de la literatura y de la cultura, siempre te dejaba alguna lección”.

Aunque era abogado y politólogo de profesión, siempre tuvo una fascinación por las letras y los libros. Se lanzó a escribir y empezó con un libro de cuentos, Lo Amador (1980). “Allí va construyendo su universo caribe, trabajador y de la vida cotidiana. Pequeños relatos que describen diversos barrios de la costa desde la perspectiva de personajes diferentes”.

Juliana Muñoz, escritora

“Era un hombre que tenía la cultura en su cabeza”. Lo conoció con motivo de una entrevista. Se encontraron en Casa Tomada, una librería que Burgos frecuentaba en Teusaquillo, un barrio tradicional de Bogotá. “Siempre saludaba y se despedía con dos besos como los europeos. La idea era que él hiciera un recorrido conmigo por la librería. Él hablaba de la importancia de esos espacios, de las conversaciones, de los cafés. Hablamos de libros, de poetas.

Era un hombre sumamente elegante, absolutamente humilde. Se ganó el Premio Nacional de Novela este año y nunca lo mencionó. No hablaba de él, le preguntaba a uno cómo estaba. No alardeaba de sus éxitos aunque tenía de donde porque era un gran escritor”.

Roberto Burgos Cantor redactó cuentos, novelas y textos periodísticos pero una de sus grandes vocaciones fue la de maestro. Fue un escritor que compartió sus letras de manera generosa.

Contexto de la Noticia

Fue su primer libro de cuentos donde, desde una perspectiva muy costeña, narró la vida de personajes que la habitaban. Se unían y formaban una radiografía regional.

“Pareciera continuar, como si fuera un solo libro o un solo conjunto, con esos personajes que había nombrado en Lo Amador”, señala el escritor Guido Tamayo.

El libro fue finalista del Premio Rómulo Gallegos en 2010. “Es muy propicio para el momento. Si en la memoria tenemos a los que se fueron, no se van”, dijo Muñoz Toro.


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