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Lluvia de plomo y de letras

ElColombiano
ilustración archivo ec

La Violencia, ese fenómeno que en Colombia marca una época histórica sucedida en la segunda mitad del siglo XX, produjo, en lo literario, una cosecha abundante.

La novela que contó este episodio histórico es la que se produjo como consecuencia de las disputas partidistas entre conservadores y liberales en ciudades y, más aún, en campos, desde el decenio de 1940 hasta el Frente Nacional (1958-1974), que estableció la alternancia de ambas colectividades en el poder.

Según el escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal, en Colombia se publicaron más de 70 novelas sobre esta época entre 1948-1968. Él, que se graduó en literatura en la Universidad del Valle con una tesis sobre este tema en 1970, dice que la cantidad de obras literarias se debe a que en ese tiempo existía la censura en la prensa.

“Los medios no podían acoger las verdades, las noticias ni las denuncias”, entonces muchas personas escribían novelas, “así no supieran cómo hacerlo”.

Si bien al principio, algunos de los autores no supieran cómo hacerlo, como dice Álvarez Gardeazábal, conforme iba transcurriendo ese período, escritores que sí conocían las técnicas narrativas, se fueron vinculando con piezas de valor estético.

Ese estudio lo hizo hace 50 años. Por eso los recuerdos de esos libros no son tan vívidos. Sin embargo, destaca Viento seco, de Daniel Caicedo, y Lo que el viento no perdona, una narración testimonial del sacerdote Fidel Blandón Berrío, en el occidente antioqueño sobre guerrillas liberales.

Para el autor de Cóndores no entierran todos los días, una de las obras fundamentales de esta época en Colombia, las características de la novela de la Violencia, son, fundamentalmente, contar lo vivido, denunciar lo que la ley y el Estado no protegen y desquitarse de esas injusticias mediante la denuncia.

Jaime Alejandro Rodríguez, profesor de la Universidad Javeriana, explica que a medida que el tiempo pasaba, plumas de más talla se lanzaron a la escritura acerca de este tópico. Menciona, entre estos casos El Cristo de espaldas (1952) y Siervo sin tierra (1954), de Eduardo Caballero Calderón; El día del odio (1951), de José Osorio Lizarazo; El gran Burundú-Burundá (1952), de Jorge Zalamea Borda; Marea de ratas (1960), de Arturo Echeverry Mejía, La Hojarasca (1955), El coronel no tiene quien le escriba (1958) y La mala hora (1962) de Gabriel García Márquez; El día señalado (1964), de Manuel Mejía Vallejo, y La Casa Grande (1962), de Álvaro Cepeda Samudio, “para citar las más destacables”.

El profesor de la Javeriana dice que la resonancia de la violencia trasciende el período de tiempo mencionado y, después de eso se escribieron obras que “giran alrededor de esta temática, con mayor o menor fortuna. Para recordar dos novelas que han trascendido: Cóndores no entierran todos los días (1972) de Gustavo Alvarez Gardeazábal y Años de fuga (1979) de Plinio Apuleyo Mendoza”.

De las listas de Rodríguez, el tulueño, también se detiene en las de García Márquez, y sintetiza: “Casi todo escritor colombiano de entonces retrató esa época”.

Y ahora que mencionan a Gabo, en la literatura del cataquero, la violencia es más telón de fondo que hechos de primer plano.

“Eso es porque García Márquez vivía en la Costa —explica el tulueño—. Y a esa región no llegó la violencia. Esta fue un fenómeno andino”.

Sobre Cóndores no entierran todos los días, que se convirtió en clásico colombiano, su autor señala que la escribió gracias a esa tesis de grado. “Con ella me di cuenta de la novela que hacía falta en este país”. Su asesor, William Langford, profesor de la Universidad de Notre Dame en Indiana, le sugirió la lectura de más de 200 obras de la Revolución Mexicana para que entendiera cómo hicieron allá para contar esa historia.

¿Por qué que Cóndores... se convirtió en la más importante de las novelas colombianas en esta categoría, con más de 120 ediciones legales y muchas más piratas? Basada en hechos reales sucedidos en Tuluá y pueblos del valle del Cauca en el decenio de 1550, relata con detalle las luchas sangrientas entre los grupos liberales y conservadores. Y las costumbres de las familias de una y otra ideología

La novela de la Violencia, la que alude a ese período de la historia de Colombia, tuvo entre sus autores importantes a un antioqueño: Manuel Mejía Vallejo, con su obra El día señalado.

Contexto de la Noticia

Jaime Alejandro Rodríguez, profesor de la Universidad Javeriana, dice que entre 1946 y 1966, se pueden considerar tres etapas de violencia: la oficial de origen conservador entre 1946 y 1953; la militar de tendencia conservadora entre 1953 y 1958; y la frentenacionalista de alternancia de los dos partidos tradicionales, desde 1958. En ese tiempo “surgió en la literatura colombiana una tradición de escritura que se inicia como puro testimonio y logra con el tiempo afianzarse como una opción estética en la que la fuerza de lo temático va dando paso a la elaboración de obras de gran alcance y valor artísticos”.


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