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Esos señores narizones que dibuja Tute

ElColombiano
A Tute le interesa qué dicen sus lectores en redes sociales. En Twitter lo siguen 53.400 usuarios. Publica todo los días sus viñetas. Le hicimos cinco preguntas para que las respondiera con ellas. ilustraciones Tute

Se llama Juan Matías Loiseau, pero así solo le dice su vieja. De resto es Tute, que viene de Matute. Fue en la escuela cuando un compañero le cambió el nombre.

Es viernes. En Argentina son las 8:00 de la noche. En Colombia son las 6:00. En la viñeta de ese día hay un señor acostado en un diván. A la psicoanalista no se le ve la cara, solo los pies y la libreta. Él tiene los ojos abiertos, mira al techo. Nada me alcanza, dice.

–En la biografía de Twitter aparece que es humorista gráfico, etcétera. ¿Qué es el etcétera –le pregunto.

–Todo lo que ha ido apareciendo en mi vida y lo que seguramente aparecerá. Eso incluye la poesía, que en un momento escribí y edité unos libros. Después dirigí dos cortometrajes, también me puse el traje de conductor en televisión e hice un programa de entrevistas a artistas que me interesaban, ahora hago música. Así que he hecho un montón de cosas que exceden al humorista gráfico y que me van sorprendiendo. No me hubiera imaginado un disco de tangos o hacer mis canciones. Por eso el etcétera.

Dice que se siente un artista libre. Sus inquietudes son diversas y no es que todas las haga bien, pero las quiere hacer, como esa vez que se le ocurrió un guion para un cortometraje, no sabía cómo se filmaba y estudió cine.

–Siempre había sido espectador –sigue él–, me gusta mucho, pero nunca me había puesto detrás de una cámara. Fui el mejor alumno durante un año, no quería faltar, me sentaba de primero, miré como nunca cine, pero con un ojo de análisis, y cuando sentí que más o menos tenía los rudimentos básicos para llevar adelante esta peliculita, armé un equipo de filmación.

–¿Cada idea necesita un formato?

–En realidad uno siente y necesita decir las mismas cosas siempre, lo que cambia es el vehículo, el soporte de esa expresión. Yo lo que tenía para esa película era para una película, pero el contenido seguramente tiene muchos puntos de contacto con el humor que hago, con las historietas, con las canciones, con los poemas.

–¿En eso de decir las mismas cosas está que haga tantas viñetas de amor?

–Inclusive más atrás. La relación de pareja es un tipo de vínculo que me interesa, que además es muy proclive para el humor, pero antes que eso y como cosa más general me interesan las relaciones humanas, en todas sus facetas y aristas: los vínculos filiales, la amistad, el trabajo, las circunstancias de poder.

–Y ahí está analizar la cotidianidad...

–Como bien decís, el humor es una herramienta de análisis. Es la que encontré que se ajusta bien a mi mano para analizar las cosas que me interesan, y esto es conductas humanas propias y ajenas. Si vamos un poco más atrás, se trata de esa herida desde la que el artista produce y que es el motor de todo: las preguntas existenciales.

Esas maneras de decir

De Tute hay un dibujo diario, que puede explicar cada cosa. ¿El amor? Abajo hay una ciudad y una señora narizona (narizones son casi todos sus dibujos) está colgada de un globo que es un corazón. Tranquilo, amor, todo saldrá bien, grita (imagina uno que grita ella). ¿El trabajo? Un señor le pregunta al jefe por un salario digno y el jefe responde: No sea estrafalario, Galíndez. ¿La tecnología? Un limosnero (aunque no lo parezca) le pide a alguien que pasa no monedas sino wifi. Etcétera.

–Con un dibujo diario, ¿cómo llegan esas preguntas?

–Esas ya están y previo al trabajo lo que hay es un ojo observador, que es lo primero. Después uno se siente a pensar y a dibujar, pero la arcilla con la que uno labura es esa observación previa que es inconsciente. No es que yo vaya y diga quizá en esta esquina encuentre la inspiración o escuche algún diálogo, no, no funciona de esa manera. El ojo observador está inquieto por naturaleza y se detiene en cosas que son de su interés y eso es inconsciente.

–¿Sus amigos se tienen que preocupar de que los observe?

–Yo estoy siempre observando, me gusta mucho. Soy una especie de voyeur profesional. Me gusta escuchar a la gente, mirarla. Me encanta conocer ciudades y todas esas cosas, pero el paisaje que más me gusta es el humano.

–¿Cuánto se demora dibujando?

–Depende. Ahora estuve dos meses encerrado trabajando en un libro que acabo de terminar. Es especial porque por primera vez hago autobiografía y no se publicó nada previamente. Cuento la relación con mi papá desde mi nacimiento hasta su muerte. Se va a llamar Diario de un hijo, saldrá en Argentina en junio o julio por Suramericana. Ahí dibujé largas horas. No fue rápido, no tuve la intención de que lo fuera. A medida que iba dibujando iba escuchando gente que me interesa, charlas de psicoanalistas o filósofas. Me enganché por ejemplo con una filósofa impresionante. Creo que de alguna manera lo que iba escuchando iba modificando sutilmente las cosas que producía en este trabajo y en general. Todo el tiempo, yo también soy una arcilla de las cosas que vivo y escucho.

–¿Contar en un libro a su papá es traerlo de alguna manera?

–Sin duda. Incluso hasta cuando lo dibujaba sentía que estaba compartiendo un rato más con él. Por otro, fue una idea que tuve un año después de su muerte, en 2012. Se me ocurrió este libro y no lo pude hacer hasta el año pasado. No estaba preparado para bucear en esas aguas. Una vez que me puse a dibujarlo pasé por distintos estados. Fue un libro muy particular, que no creo que se repita. Muy vertiginoso, en muchos sentidos, no solo por la temática que ya produce un vértigo importante, sino por la factura: dibujar en tres registros distintos, por primera vez me hice a mi mismo y a mi papá y a mi vieja y eso era un desafío desde el punto de vista artístico.

–¿Cómo se dibujó?

–Quedé parecido, pero no igual. Pasó a ser como un personaje, me gusta, y de hecho es como si hubiera habilitado una nueva herramienta para mi cajita. Ahora me puedo dibujar a mí y al resto. Dibujé al Negro Fontanarrosa, a Quino, a otra gente y puedo hacerlo, es un descubrimiento tardío.

–Porque Batu, el niño que dibuja, tiene cosas suyas, pero no es usted...

–Todo el resto de mi producción es sutilmente autobiográfica si querés, en cambio este libro lo es ciento por ciento, aunque hay que decir que toda autobiografía es en algún punto ficcional.

Así pasó

Nació el 21 de mayo de 1974, en Buenos Aires. Es hijo del historietista Caloi, muy conocido en Argentina. De niño se quejaba de dibujar y que nadie le pagara. Desde hace 20 años y un poco más vive de eso. Ya no es un temor, como lo fue al principio: pensar en gastar su tiempo en cosas que no le interesaban. Lo hizo muy poco.

El primer dibujo salió en una revista de medicina prepagada. Fueron treinta, gratis, solo por la felicidad de publicar. Después se ganó un concurso en el diario La Prensa y ese fue el principio. A los dos años pasó a La Nación, uno de los más importantes de Latinoamérica, y ahí está todavía.

Todo sentimiento es dibujable, dice, y lo lindo del humor, dice también, es que solo necesita de él, de un papel y un marcador. Se pueden pintar tantas cosas, hasta el silencio incluso, sigue diciendo. Dibuja a mano, escanea y aplica el color en el computador. La mitad es artesanal, la otra digital.

–De niño plagiaba a su papá y firmaba como si fuera él, ¿cómo es eso?

–Yo dibujaba desde muy chico. Mi vieja escribió un libro con las cosas que decíamos mis hermanos y yo desde que nacimos hasta la adolescencia. Se llama Niños y solo tiene cinco ejemplares: uno lo tenía mi papá, uno mi vieja y los otros tres mis dos hermanos y yo. Además de escribir y poder conocerse o reconocerse a uno en esas distintas etapas, también recopiló los dibujos. Ahí se ve un Clemente que hice con dos años y medio. Era el personaje más popular de él y me salía muy bien. Bueno, lo seguí dibujando toda la vida. En la escuela me pedían Clementes todo el tiempo y mi viejo no alcanzaba a producir la cantidad entonces empecé a hacerlos yo y nadie notaba la diferencia.

–Uno supone la influencia de su papá, pero cuál fue la de su mamá.

–Muy grande, no solo desde el punto de vista del dibujo, por ser artista plástica y por sus talleres, en los que dictaba cursos de pintura, alfarería, de grabado, y yo estaba anotado en todos, sino que además es una gran lectora de poesía y compartí mucho con ella. Eso fue muy estimulante para mí.

–¿Qué decía de sus dibujos Caloi?

–Mi viejo tuvo una actitud muy sabia de qué decirme y qué callar. Nunca me hizo una crítica ni me dijo lo tenés que hacer así. Me dio libertad para que mis dibujos se parecieran a los suyos y también, y esto es más difícil todavía, para que dejaran de parecerse. Un maestro que nunca me dio una sola clase formal.

–Con sus obras le interesa cuestionar, más que causar risa.

–Me interesan las dos cosas. Que la pasen bien, que les cause gracia, que sientan identificación, que funcione como una suerte de espejo y que se queden pensando. El arte que produce identificación, creo que naturalmente es un arte que te deja pensando. De alguna manera te cuestiona.

–¿Identificación?

–Sí, y también que tenga para cada uno resonancias distintas. No es que aspire a que todos entiendan lo mismo. Me interesa que quede bien expresada mi idea, lo mejor posible, y después que sea tomada caprichosamente por cada lector como le venga en gana.

Entonces, al lector (usted quizá) le parece que ese cuadro, que esta vez tiene fondo verde, le queda perfecto. Así lo siente. Usted es el señor narizón esta vez. Es 21 de febrero. Él la mira (usted la mira), tranquilo, y le dice, hagamos mejor las cosas... Empecemos de nuevo, July. Ella lo mira, fastidiosa. Le responde: Dale, vos pasá caminando que, esta vez, ni loca te miro .

Le hicimos cinco preguntas a Tute, para que respondiera con sus ilustraciones. Así fue:

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