antioquia | Publicado el 11 de January de 2018

Por Ayacucho fue creciendo un barrio llamado Buenos Aires

Un antes y después del corredor de Ayacucho, vía que dejó atrás los buses y carros para dar prelación a las catenarias, al tranvía y a los peatones de Medellín. FOTO Julio César Herrera y archivo

Diego Zambrano Benavides

Podría ser, según documentan varios fragmentos dispersos de historia, que Buenos Aires sea el segundo o tercer barrio más antiguo de Medellín. El escritor Reinaldo Spitaletta afirma que nació luego de San Benito, creciendo sobre la ladera de la montaña, en la ruta tradicional de los silleteros de Santa Elena y se fue poblando a lado y lado de Ayacucho.

Esta calle funciona como la columna vertebral, el eje sobre el cual se construyó todo. El progreso, pero sobre todo el comercio le cambiaron la cara a esta zona. Ya no hay buses ni carros, solo se cuelan algunas motocicletas a lado y lado de las catenarias de un moderno tranvía, en cuyo trayecto predomina la gente recorriendo el barrio a pie.

“Un sector con casas amplias, de clase media y media alta que empezó a construirse a finales del siglo XIX. Muy habitacional hasta la llegada del primer tranvía, entre 1921 y 1951. Luego en Ayacucho fueron apareciendo algunos cafés y bares y de residencial pasó a ser más comercial”, relata Spitaletta.

Lo viejo y lo nuevo

En el barrio predominaba la arquitectura republicana cuando comenzaron a llegar los cafés y las tabernas, con sus aires de tangos y boleros. Se recuerdan algunos como el Sol de Oriente o el Astral.

Otros, como el Pompi Bar, que por 80 años fue propiedad de la familia de Pompilio Serna, quien lo vendió cuando se estaba construyendo el nuevo tranvía a Ramiro Bedoya, sobrevivieron y se han acomodado a las nuevas dinámicas comerciales.

“Tengo seis años de tener este café, por la tradición quise conservar su nombre, que sigue teniendo la misma clientela de siempre, gente de edad. Resulta que el nuevo corredor tranviario atrajo muchos turistas que vienen acá a tomarse sus aguardientes y a escuchar música vieja”, comenta Ramiro.

A un costado del local está el granero de don Mario, que es una de esas viejas tiendas de barrio donde todavía se lleva la cuenta con lapicero y cuaderno. Blanca Inés Rendón, una de las pocas habitantes de las viejas casonas de Buenos Aires, aún compra y le fían allí.

“Tengo 82 años y aunque no nací aquí puedo decir que este ha sido mi barrio toda la vida. No me hace falta nada, porque se consigue todo muy cerca. Tengo la misma tienda de siempre a dos cuadras, una clínica y la iglesia al frente. Vivo feliz”, cuenta.

Blanca Inés también montó en el antiguo tranvía, estudió en el colegio salesiano de la zona y también le tuvo que ver cómo reventaban piedras en el lote de al lado de su casa para levantar un nuevo edificio.

Dice que antes a Ayacucho se la llamaba la Calle de la Amargura, porque por allí desfilaban las marchas fúnebres; también fue testigo de la llegada del comercio y de cómo la vía se convirtió en un corredor de gran cantidad de rutas de buses y carros que, apenas hace dos años, fueron desplazados por el sistema tranviario.

“Ahora todo se mantiene muy limpio, muy frecuentado por mucha gente y muy bonito. La cosa sí ha cambiado mucho, pero yo sigo queriendo a mi barrio”, expresa.

Entre las estaciones Bicentenario y Buenos Aires del tranvía, parte central de este sector, también se pueden apreciar las galerías de arte a cielo abierto (murales, grafitis y esculturas) que hacen parte de la intervención del Metro de Medellín en la zona.

Juan Correa, jefe de Gestión Social de esta entidad, explica que no solo se trató de llevar un sistema de transporte innovador, sino de restaurar el patrimonio y transformar los espacios en sitios agradables donde la gente pueda disfrutar.

“Es un corredor peatonal que fue intervenido artísticamente, donde se adecuaron jardineras y se logró recuperar, no solo en Buenos Aires, sino en todo Ayacucho, cerca de 113.000 metros cuadrados de espacio público”, manifiesta Correa.

Por eso, alrededor del comercio, de una iglesia neogótica erigida desde 1931, de viejas casas coloridas y nuevos edificios, circulan a la par los vagones y los caminantes de toda Medellín.

“Ahora el barrio tiene más vocación turística, quizás con mucha más gente de afuera que de la misma zona. Se volvió una calle para recorrer a pie, que antes no lo era, y eso es algo que tenemos que celebrar”, señala Spitaletta.

¿Buenos Aires?

Ramiro se pregunta si será que se llama así porque está en las afueras de Medellín, si el nombre hará referencia a que queda en las laderas de la montaña y porque de la Placita de Flórez hacia arriba se sienten los buenos aires.

Blanca Inés cree que es por el clima, porque para ella no hay nada más reconfortante y agradable que el lugar donde creció. Pero ninguno de los dos, que llevan décadas viviendo allí, conocen la explicación más cercana a la realidad.

Dentro de la obra de Tomás Carrasquilla, menciona Spitaletta, hay referencias acerca de un granero en el barrio, al que su dueño le puso Buenos Aires, el cual terminaría por ser el nombre de todo lo que se construyó alrededor.

“Antes las tiendas eran claves, referentes históricos y culturales, no tiene nada que ver con la capital de Argentina, a menos que el propietario de ese granero le haya puesto así porque le gustaba dicha ciudad”, comenta Spitaletta.

Aunque del sur del continente sí llegaron luego a frecuentar los bares del barrio. En los recuerdos de sus moradores hay imágenes de futbolistas argentinos que jugaban en Nacional o en Medellín, de artistas de la talla de Óscar la Roca o Pepe Sánchez, que departían entre tragos en el Buenos Aires de la capital antioqueña.

Corredor gastronómico

Ayacucho también era conocida como la calle de la chunchurria, pero con el tranvía fueron sacados de las aceras y aún esperan que se aprueben los diseños de una nueva plazoleta gastronómica que estaría ubicada al lado de la estación Buenos Aires.

Los vecinos recuerdan que durante 30 años el olor de las frituras era característico de un sector del barrio. Incluso recuerdan el puesto más conocido entre residentes y visitantes de otras partes de la ciudad: la chunchurria del Mocho.

No obstante, entre las nuevas construcciones surgió una nueva alternativa, quizás menos popular pero no por eso menos atractiva. Se trata de el Mercado del Tranvía, una bodega donde se instalaron 21 marcas de diferentes tipos de comida que apunta a convertirse en un referente en el barrio.

“Sabíamos que era un sector histórico, pero el tranvía le abrió las puertas a muchísima más gente. Vinimos a hacer una instalación y luego de conocer el lugar y la zona no dudamos en abrir un local propio”, expresa Jhon Bedoya, propietario de un restaurante.

Dice que lo más interesante es cuando la gente sale de misa, y como en una procesión desfila por Ayacucho a los costados de las catenarias del tranvía. Muchos se quedan en el mercado, otros siguen su rumbo hacia la parte más alta de Buenos Aires.

Alrededor de una calle, Ayacucho, se formó el barrio Buenos Aires por donde hoy pasa un tranvía que le abrió las puertas al turismo en esta zona. La gastronomía, otro de sus atractivos.

Contexto de la Noticia

Caminar por Buenos Aires es ver lo viejo y lo nuevo de Medellín. Una ciudad con un transporte innovador pero que guarda la nostalgia de los bares y cantinas de antaño. Aunque son pocos los cafés que conservan su estilo del siglo pasado, en los que hay es atractivo observar las viejas barras donde se sirven copas de aguardiente junto a rocolas y billares, mientras por fuera pasan los vagones de un moderno tranvía. También sorprende, sobre todo en Ayacucho, que algunas personas como Blanca Inés Rendón, convivan en sus viejas casonas en medio de tantos edificios. La mezcla es curiosa. Y que por el corredor tranviario se pueda caminar, con bastante sensación de seguridad, se agradece en una ciudad a la que le falta espacio público.

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