Teresa Arcila no se repone en ningún sentido de la chivabomba que hace un año destruyó su casa en Toribío, por cuarta vez desde 2002. FOTO MANUEL SALDARRIAGA
Conflicto | Publicado el

A Teresa la guerra le tumbó la casa cuatro veces en Toribío

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La dura historia de una caucana y sus hijos que cuatro veces vieron su hogar en ruinas. La última hace un año.
De las casas que conformaban el barrio La Unión de Toribío (Cauca), solo quedan tapias derruidas, lotes invadidos por la maleza y soldados que los usan como refugios contra las balas enemigas. Hace un año un carrobomba, las pipetas con explosivos y los tatucos de la guerrilla demolieron por cuarta vez, en 10 años, el hogar de una familia inocente atormentada por la guerra.

Teresa Arcila Alzate es una sobreviviente. Nació hace 59 años y creció en ese barrio convertido en escombros por los enfrentamientos armados. Mientras camina las calles solitarias, la mirada de esta mujer trigueña, delgada, de 1,65 metros de estatura y cabeza de familia, se vuelve nostálgica al recordar que "esta es la cuadra donde nací y me crié. En esa casa, -hoy de nuevo en ruinas-, nacieron mis hijos. El barrio se llama La Unión, pero como ya no queda nada ni nadie debería llamarse desunión".

Ha sido muy trabajadora pero hoy es poco lo que tiene. Todos sus enseres y pertenencias que logró como vendedora de arepas, carbón o lavando ropa, se perdieron por la guerra del Cauca. Como muchos otros habitantes de Toribío, Teresa y sus hijos naufragan en una región devastada por los asaltos directos y los más de 610 hostigamientos perpetrados contra la Policía y el Ejército por las Farc desde 1983.

Si bien las gruesas tapias y otras estructuras del barrio La Unión habían sido destruidas por partes en asalto tras asalto, la explosión de la chivabomba con la que las Farc querían demoler la estación de policía fue la estocada final. Al explotar, el carrobomba destruyó tres cuadras a la redonda. Fue el más reciente de 14 atentados que casi acaba con este pueblo de 26 mil habitantes.

Teresa dice que siempre pagó el precio de vivir al lado del comando. Diez años atrás era una casa común que servía de estación. Ahora es un búnker amurallado, rodeado de trincheras y es la única edificación en pie en tres cuadras. Los habitantes que transitan por este sector son esporádicos. Si lo hacen, se mueven con cautela. Los soldados y los policías que vigilan la zona y el comando van y vienen con sus armas empuñadas, alertas y a la sombra de los muros que siguen en pie.

Teresa, como la mayoría de habitantes de Toribío, prefiere mantenerse alejada de los uniformados. "Es por miedo a una bala perdida. Muchas personas han muerto o resultaron heridas así", explica. Su memoria ya perdió la cuenta de la cantidad de balaceras que ha soportado.

La chivabomba
Ocurrió el sábado 9 de julio de 2011. Era un día de mercado y Teresa asaba arepas en la cocina de su casa. Su hija Yadith y su nieta jugaban en una habitación. En los días previos se escucharon rumores de un ataque, como de costumbre.

A las 10:10 a.m. los guerrilleros interceptaron una chiva y entre racimos de plátano y jaulas con gallinas escondieron 14 pipetas repletas con 100 kilos de explosivo. En el pueblo desengranaron el carro y lo direccionaron, por una calle empinada, rumbo al comando de Policía.

La explosión estremeció el pueblo. Yadith recuerda que la tierra tembló y que la humareda que se formó no la dejaba ver ni respirar. "El bombazo arrojó a mi mamá por los aires hacia la sala-comedor. Yo estaba con los niños en una pieza y el techo y las paredes se nos vinieron encima. Nos salvó la vida que la casa tenía machimbre y eso atajó el material caído".

El ataque no terminó con el carrobomba. Los habitantes no pudieron salir de sus casas voladas en mil pedazos por fuego de disparos y granadas que siguió tras la explosión. Los policías y los soldados respondieron desde sus trincheras y la balacera continuó por dos horas. "Nos sacaron a la 1:30 de la tarde, mi mamá salió muy golpeada y a mí se me reventó el oído izquierdo por la explosión tan fuerte", relata Yadith.

Por la bomba tres personas murieron, 103 resultaron heridas y 460 viviendas quedaron averiadas. "La estación resistió las bombas, en cambio a nosotros se nos cayó la casita encima y otra vez nos tocó empezar de cero", se lamenta Teresa.

La vivienda fue una de las 160 casas arrasadas. De la casa de Teresa solo quedan la fachada y varios muros despintados que amenazan con irse al piso. Del techo y la baldosa no hay rastros. Es inhabitable, pero aún así sirve de trinchera a los soldados que llegaron a reforzar la seguridad hace 20 días.

Antes de la chivabomba, desde hacía cinco meses, la familia había retornado a su hogar, luego de que en octubre de 2009 resultara dañada por otro ataque con pipetas y tatucos.

Ese año la tragedia también tocó a la puerta de Teresa Arcila. La noche del 31 de octubre, mientras los pequeños celebraban el día de los niños en el parque principal, una granada lanzada a los policías explotó cerca de la casa donde Edinson Gallo (hijo de Teresa) y su hijo de cuatro años pedían dulces.

El atentado dejó seis personas heridas, pero Edinson perdió el riñón derecho y sufrió heridas de esquirlas y el niño resultó lesionado en la cabeza. "Mi hermano no puede trabajar, quedó casi discapacitado y mi sobrino sufre de dolores de cabeza y ojos por la esquirla que se le enterró en el cráneo y los médicos dijeron que era riesgoso quitarle", dice Yadith.

Otra vez desplazados
En agosto de 2006, la guerra dejó a la familia sin hogar por tercera vez en cinco años. En la memoria de Teresa quedó plasmado que "era de noche y dormíamos cuando atacaron desde la montaña y cayó un cilindro bomba en el patio que nos tumbó la mitad de la casa. Salimos corriendo en plena balacera para salvar la vida".

En esa ocasión las siete personas de esta familia se acomodaron en un cuarto en arriendo. Durante un año y medio vivieron amontonados y durmieron en colchonetas, mientras reconstruían la casa con bahareque, guaduas y techo de zinc. Se cansaron de esperar las ayudas prometidas. "Recibimos unos mercados y después de la chivabomba un millón de pesos, nada más", reitera Teresa.

La segunda ocasión que creyeron que morirían bajo las ráfagas de fusil fue en la madrugada del 14 de abril de 2005. La casa fue una de las 17 edificaciones demolidas por el fuego pesado y otras 120 fueron averiadas. Cuatro personas murieron y 32 quedaron heridas.

La pesadilla que persigue a la familia comenzó en julio de 2002. Unos 300 guerrilleros lanzaron un ataque contra 14 policías que cuidaban la población. Durante 20 horas Toribío fue bombardeado. Al final los policías se quedaron sin munición y se rindieron, pero la comunidad, indignada y conmovida por el valor de los agentes, se enfrentó a los guerrilleros y evitó que los secuestraran.

Hasta ese año, fue el ataque más devastador en la historia del pueblo. En escombros quedaron 30 viviendas. "Fue la primera vez que nos tumbaron la casa, alcanzamos a salir al comienzo del ataque y al otro día encontramos ruinas y todo saqueado".

"Presidente, soy víctima"
Han pasado 10 años de tragedias ininterrumpidas y la familia, como muchas otras, aún espera de una reparación. Ya no tienen dinero ni ánimo para levantar una vez más su casa. Un ruido fuerte que suena a lo lejos estremece los cuerpos de Teresa y su hija. Sus miradas se dirigen a las montañas, de donde provienen los ataques siempre. Falsa alarma.

El miedo retornó con los hostigamientos de las Farc en las últimas semanas, que dejaron personas heridas y mutiladas, y las violentas protestas indígenas.

¿Por qué siguen aquí si viven con miedo? "Porque no tenemos adonde ir ni las condiciones para dejar el pueblo", responde Yadith. Cuenta que dos veces se desplazaron a Santander de Quilichao y a Popayán "pero siempre tuvimos que retornar porque nos fuimos sin nada y no recibimos ayudas". El año pasado, tras sobrevivir a la chivabomba, Teresa solicitó reubicación en otra vivienda.

La respuesta por escrito de la Alcaldía, con el argumento de que no tiene recursos, le dolió tanto como las bombas que demolieron su casa. "El día 13 de agosto se le entregaron 20 hojas de zinc para que pueda adecuar su vivienda y pernoctar en condiciones humanas", señala el documento del 29 de septiembre, que anunció la reconstrucción de las casas 15 días después. Otra promesa incumplida.

Por eso el pasado 11 de julio Teresa se abrió paso entre la muchedumbre que abucheó al presidente Juan Manuel Santos a su llegada a Toribío para un consejo de seguridad.

"Presidente, soy víctima, cuatro veces me tumbaron la casa en esta guerra y nunca recibí ayuda", le reclamó la mujer. La respuesta del mandatario fue prometerle una vivienda y le dio un número telefónico para comunicarse con Presidencia. Llamó varias veces pero no le contestaron. Al tercer día sonó el teléfono y un funcionario le pidió sus datos para incluirla en un plan de vivienda.

"Esa es la única esperanza que me queda de volver a tener mi casa propia", dice con la tristeza y el cansancio reflejados en sus ojos y de frente a las ruinas de su casa.
PROBLEMA
CAUCA, EPICENTRO DEL CONFLICTO
Cauca es la región más afectada por el conflicto armado, donde este año se intensificaron los ataques de las Farc contra la Fuerza Pública y la población civil. Los indígenas protestan e intentan expulsar al Ejército, la Policía y la guerrilla.

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