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Así es la ciénaga de Bojayá, el tesoro del río Atrato


La ciénaga Bojayá o Bellavista hace parte del complejo de humedales que, al estar en una de las zonas más biodiversas del país, la convierte en un tesoro ecológico. FOTOS JULIO CÉSAR HERRERA

Así como el más atrevido de los piratas parte a mares desconocidos para dar con su botín, los pangueros del Atrato se internan en caminos serpenteantes para dar con su tesoro: una ciénaga de cerca de 636 hectáreas, a la que la mano destructora del hombre no ha llegado y que hoy quieren convertir en refugio de vida y memoria.

La entrada a la ciénaga Bojayá o Bellavista, en la ribera chocoana del río Atrato, está custodiada por una vieja estructura de cemento que, otrora, sostuvo un puente.

Yoiner Palomeque, líder juvenil de Vigía del Fuerte, Antioquia, cuenta que desde allí fueron lanzados, el 2 de mayo de 2002, los cilindros o pipetas de gas que cayeron en el centro de salud y en la parroquia de Bojayá, un acto que según el Centro Nacional de Memoria Histórica dejó 78 víctimas fatales, aunque la cifra nunca fue precisada, si es una de las cicatrices más crueles que dejó la guerra entre guerrillas, paramilitares y fuerza pública en el Urabá colombiano.

Quizás, dice Yoiner, la violencia que subió con las aguas del río por su pueblo, por Murindó, por Bellavista (Bojayá) y demás asentamientos del afluente, “fue la misma que evitó que la deforestación llegara a la ciénaga”.

La cuna de la vida

Son las 10:00 de la mañana y el Sol pega fuerte en la piel y en las aguas del río Atrato. Desde Vigía del Fuerte son cerca de 20 minutos para llegar a la entrada, escondida entre ramales y manglares.

“Checho”, el panguero, apaga el motor ruidoso y comienza a seguir el curso del agua, que se va tornando cada vez más clara.

De las curvas laterales, sale una mujer en una pequeña panga en la que apenas le caben las piernas y entre ellas, lleva pequeños peces, que se convertirán en carnadas para la pesca del día siguiente.

“Es en esta ciénaga donde los peces de la zona hacen su proceso de reproducción, es como su cuna, para luego migrar. Y eso, en una región donde la mayoría de sus habitantes depende de la pesca, es fundamental”, explica Mauricio Jiménez, subdirector de Planeación de Codechocó.

Para William Rivas, líder comunitario y miembro de Consejo Comunitario Mayor de la Asociación Campesina Integral del Atrato, Cocomacía, la ciénaga es la despensa de las comunidades, donde la región se abastece y se integra con el territorio.

El mundo parece renacer cuando, tras 30 minutos de recorrido lento, el camino se abre paso en una inmensidad similar al mar. El Sol vuelve a arreciar y el motor se enciende de nuevo.

“Hay que atravesar la ciénaga, para llegar hasta la casa o hasta la isla del amor, si quieren”, cuenta Yoiner entre risas.

Entre los islotes que se distribuyen a lo largo de la superficie sobresalen dos: el del amor, al que las parejas recurren para reconciliarse y el de la casa. En este último lugar, los visitantes de la ciénaga construyeron una estructura de madera, en la que dejan sus cosas mientras nadan o ven pasar el tiempo.

“Este espacio se merece un proyecto de ecoturismo, en donde en cada islote haya un puerto para compartir. Todos los fines de semana llegan muchas pangas llenas de gente de varios pueblos con ánimos de nadar y cocinar acá, eso es un paseo completo. Pero es necesario tener un plan definido, pues si no llega el turismo o la industria, pero con estragos”, relata Yoiner.

Y es que los estragos ya están amenazando. Comenta Mauricio que, aunque en la zona no se hace minería a gran escala, sí llegan los efectos de los procesos similares río arriba y por eso hay sedimentación en la ciénaga, lo que afecta el fluir correcto del agua y, por ende, la vida que alberga.

“Se han realizado procesos de dragado e intervenciones para mitigar los efectos, pero el problema continúa”, precisa Mauricio.

Refugio de paz

Pero Yoiner no es el único que ha soñado con una ciénaga protegida y abierta para su contemplación.

Allí, ya se han realizado procesos de renovación de flora en al menos 50 hectáreas. Además, en julio pasado Bojayá fue seleccionada dentro del proyecto Bosques de Paz, con los que se reforestará más espacio con especies nativas, lo que busca garantizar la permanencia de la biodiversidad de la zona.

Según un informe elaborado por Codechocó, allí habitan 97 especies de vertebrados, de las cuales 47 son de aves, 28 de mamíferos, 21 de reptiles y 7 de anfibios.

Dentro del mismo proyecto de reforestación, también está diseñada una iniciativa que conectará el viejo poblado de Bellavista, hoy sumergido entre maleza, con la ciénaga y que pretende ser un homenaje a la riqueza natural y a la memoria de aquel territorio golpeado por el conflicto.

“Será una especie de museo, con un sendero que conecte y cuente la historia del lugar. El proyecto ya está diseñado y fue presentado tanto al Ministerio de Ambiente como al de Cultura. Estamos en la consecución de los recursos que son cerca 1.500 millones de pesos”, complementa el funcionario.

Y es que la ciénaga no sólo es riqueza natural, también es testigo de la historia del pueblo del medio Atrato: Chocó y Antioquia.

“Allí está la memoria viva de nuestro territorio, los acontencimientos. Transitar por la ciénaga es hacerles un homenaje a las víctimas, se recuerda aquellos momentos cuando se compartió con ellos en otros tiempos. Allí trabajaban, allí habitaban”, aseguró William.

El camino que se deja

El agua se torna fría. Es hora de marcharse. El Sol, como si se resistiera a irse, sigue reflejándose en las olas que deja la panga a su paso antes de internarse en el camino que la regresará al Atrato.

“Por ejemplo, esto con la señalización adecuada, que contenga información sobre el lugar, la historia, los animales y plantas que acá habitan, sería perfecto. Es permitirle a la comunidad que se apropie de lo que le rodea y hasta saldar las deudas históricas con lo que le pasó a nuestro pueblo”, comenta Yoiner, mientras señala las aves que comienzan a buscar refugio antes de que termine de caer la tarde .

Colectivos ambientales y líderes de los pueblos del medio Atrato sueñan con una intervención integral en la ciénaga para garantizar su protección y aprovechamiento idóneo.

Contexto de la Noticia

Tras la construcción del nuevo Bojayá o Bellavista, en 2007, unos metros más arriba y lejos de la orilla del río, el viejo poblado quedó a merced del tiempo. El sendero de entrada sigue conectando con el Atrato, mientras las ramas y enredaderas crecen cubriendo lo que quedó de la escuela, la casa cural y el centro de salud. Las paredes verdes y cremas están carcomidas por la humedad. Lo que parece no abandonar la tierra es aquel dolor y zozobra que dejó la sombra de la tragedia en mayo de 2002.


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